
Por Facundo Gari
Empecé haciendo esténcils en la calle. Me gustaba tirar preguntas. Siempre dejaba espacios para que la gente complete. Había hecho uno con mucho impacto: “¿Estás donde querés estar?”, decía. Todavía paso por veredas donde lo dejé y veo algunos sin completar. En otros aparecen respuestas: sí, no, una ralladura. Los afiches ya me atraían. Buscaba una manera de industrializar su producción. Quería salir a la calle a pegarlos, sacar el mensaje, colgarlos y librarlos a la interpretación. Entonces conocí a un impresor, en Merlo, un hombre grande. Cuando entré en su taller, no sé si fue el olor a tinta o las máquinas viejas, pero me pasó algo. Hice clic. Sentí que ése era mi lugar. Estaba donde quería estar.
Al poco tiempo comencé a equiparme. Compré algunas máquinas viejas de imprentas cerradas, de tipografías de madera. La mía es a motor, va a las chapas. Puedo hacer mil postales de diez por quince en tres horas. La parte larga es la del diseño. Igual, tenés que buscar mucho para encontrar estas máquinas. La gente que te las vende te cuenta cómo funciona el sistema técnico. Luego hay que buscar lo que uno quiere hacer. Yo quería afiches porque es un formato paradigmático.
Primero, porque está muy aceptado en la cultura actual. Segundo, porque es un golpe en la pared. Generar preguntas es lo que más me interesa. Por eso creé, hace dos años, Prensa La Libertad. Hace menos de uno que trabajo cien por ciento en esto. Dejé un trabajo, fue todo un tema. Pero esto es mi vida.
Tal vez algunos no lo comprendan, pero me apasiona la idea de recuperar lo sensitivo de estas piezas. Las podés tocar y sentir la presión de la tipografía que golpeó contra el papel. Tenés otra relación con lo que creás. Ya cuando uno trabaja, la máquina tiene una sonoridad que es hipnótica. A diferencia del sistema tecnológico digital, esto plantea un juego. No ves objetos en la pantalla. Ves tipos móviles, los agarrás, sabés el peso que tienen. Tengo una relación física con mis herramientas. Juego. Siento que juego. Cuando diseño en la computadora, es todo más distante. Acá, en este cuartito que alquilamos en la Ciudad de Buenos Aires, juego con bloques. Me divierto. Sin restricciones, que son las que te pongas. Imaginate que llegué a imprimir un disco de vinilo. ¡Un disco de vinilo! Podés diseñar tu propia tipografía. Podés exceder los límites.
Por añadidura, como es mi proyecto, puedo involucrarme con la redacción. Siempre me gustó escribir. No pienso que hago poesía sino oraciones que provocan reacciones complejas. Ahora estoy bocetando un libro de pequeños párrafos. Uno dice así: “Los trenes (máquinas insensibles) se desvían surcando nuevos caminos, como lo hace el común ciudadano al perderse en los ramales de sus sueños, donde las aves migran lo suficientemente lejos para no encontrar impedimentos y así lograr su verdadera colonización personal y su progreso dentro del reino animal”. Me gusta la técnica del cadáver exquisito.
Compongo mucho cuando viajo en colectivo a la facultad. El momento es ése, en el 160. Voy con una libreta, generando uniones de palabras y, luego, de esas mini unidades. A veces selecciono palabras que veo en el recorrido del colectivo: en una publicidad, en una pintada, en una señal de tránsito. La calle amplifica todas las diferencias sociales, las tenés ahí visibles. Laburo bastante con lo que la calle me da.

Siempre busco, como lo hicieron en el Mayo Francés, detonaciones. Intento que el espectador se meta en lo retorcido. Otras veces, voy con los tapones de punta: “Atención, despierte, usted es parte de la realidad”. Directo al choque. Pero, en general, me interesa que el espectador se meta en la sopa de las redacciones. La velocidad del colectivo trasunta algo de ese remolino. Busco la pregunta. Enredar al espectador, confundirlo, es un camino. Y esto es algo que reflexiono en el contexto de la cultura de la imagen. La palabra está en un segundo plano y quiero rescatarla.
Sí, uso la imagen, me interesa como apoyo, pero sobre todo está el mensaje. Imagen es la televisión, una superposición que se anula. Vos podés tener un afiche con una frase en tu cuarto y puede decirte más, puede ser más potente que una imagen.
Estudio Diseño Gráfico en la UBA y me pasa algo llamativo: aunque allí está lleno de emprendedores, cuando cuento de qué trabajo en el ámbito académico, parece algo exótico. El diseño gráfico tuvo un desvío hacia lo digital, y lo analógico acá en la Argentina quedó muerto por la tecnología del offset. En la prensa argentina, los diseñadores gráficos no se metieron. Hay muchos en México, en cambio. Hay un taller allá que se llama Mártires del ‘68, donde hacen unas piezas de grabados increíbles. México tiene una tradición de impresores geniales, como Guadalupe Posadas. También hacen los afiches de lucha libre, con grabados de las caras de los luchadores. Acá no hubo jóvenes que se metieran en esto. En Brasil hay bastantes, pero acá quedó usado para los afiches de cumbia porque es barato. Sólo hay bibliófilos que hacen ediciones muy puntuales, que mezclan grabados con imagen en libros de artistas, camino que también quiero agarrar.
El afiche quedó marginado porque es una técnica muy barata, con muy pocos impresores que se vincularon con la técnica del grabado. Juan Carlos Romero es uno de los artistas del valor tipográfico. Su obra rompe y tiene mucho que ver su historia: era obrero telefónico y tuvo una relación inmediata con los afiches de protesta. Siento que él es una inspiración, como también lo es un impresor norteamericano llamado Amos Kennedy.
En Estados Unidos, Prensa La Libertad expuso en marzo pasado. Antes, en Londres, en una muestra de veinte impresores de todo el mundo. Mis afiches fueron los únicos de Latinoamérica. No lo podía creer. Cuando me mandaron el mail con el afiche del evento, ver el nombre ahí fue increíble. Ahora la meta es seguir bocetando mi libro de escritos, imprimirlo acá. Es que me quiero meter con eso, con libros de artistas, de grabadores. Tiradas chicas, claro, de menos de cien ejemplares. Quiero que esto sea un estudio que abarque toda relación con la impresión de papel. Y es que si todo dice algo, quiero tenerlo bajo mi órbita. Porque, aunque muchos lo ignoren, las tipografías dicen. Hay hasta tipografías nazis. Las tipografías semantizan tiempos. Es lo que se conoce como la morfología de la tipografía. Sobre esto hay varias miradas: tenés a los tipos que defienden la visión de la limpieza absoluta en pos de favorecer el mensaje. Eso al palo se vuelve un ascetismo cultural que cae en el formulismo; pero el diseño suizo no tiene nada que ver con lo que pasa en Brasil.
La tipografía es muy interesante porque es vehículo de mensaje. Y es imposible que muchos signos no traigan cuestiones previas. También se pueden resignificar. Me importa mucho la cuestión del diseño comprometido con el contexto. El diseño que no moldea condiciones de vida directas no tiene objetivo. El ejemplo es un poco tonto: una vez hice un afiche para el verdulero de mi barrio. ¿Por qué el verdulero no puede tener un afiche cuya resolución sea interesante para el espectador? ¿Por qué el diseño gráfico no se metió en eso? Por la guita, sí. Pero además porque la jerarquía del diseñador está por el piso. Cualquier persona que tiene una computadora puede usar un programa de diseño. Pero el diseño es otra cosa. La gráfica del nazismo es intimidatoria. El constructivismo ruso también. Por eso hay que tener noción de la potencia de la imagen. Por eso un afiche es un golpe en la pared.
Fuente: NaN #3 (julio-agosto 2011)
* Prensa La Libertad participará el próximo sábado desde las 14 en ODD (Castro 919, Ciudad de Buenos Aires) en el primer Combinado Gráfico, evento de exposición y venta de taller de varias experiencias del palo. Además, habrá feria (de fanzines, revistas, ilustraciones, publicaciones experimentales, libros de artistas y proyectos híbridos), conferencias, talleres, zonas de trueque y performances.