Fotografía: Matías Pozzi
Rita cree. Todos creemos.
Ella, en la Iglesia Universal del Reino de Dios. Otro, en que tocar madera sin patas puede torcer el destino. Alguno cree en un título de la UBA, en pedirle deseos a una vaquita de San Antonio y en que hay que tocarse un huevo cuando alguien dice Me*em. Un camionero le reza al Gauchito Gil y una modista añora cuando cree que ve una estrella fugaz. Un pibe piensa que fumar porro le queda canchero y una tía está convencida de que puede curar el mal de ojo con agua, aceite y una cruz.
Rita sólo para de hablar para respirar. Si tan sólo tuviera branquias. Cada vez que termina de contornear un concepto dice “¿mentendés?”, arruga un poquito la nariz, entrecierra los ojos y se repasa la boca con el pintalabios rojo. Vino a la sede de Avenida Corrientes y Medrano de la Iglesia Universal porque es viernes y hay reunión de Liberación. O sea, un encuentro para darse con y de todo; creer, reventar y volver a creer. Ahora mismo, en vivo, otros tantos miles se liberan en las 452 sedes del Reino de Dios de Argentina, aunque en la Secretaría de Culto haya registradas sólo 113.
La primera vez que Rita recurrió a la Iglesia Universal fue en los ‘90. Estaba desesperada porque su nieta había nacido con problemas de salud. Como en esa época importábamos todo, en una buena noche neoliberal y brumosa nos trajimos enormes containers de espiritualidad exprés desde Brasil.
El cargamento vino repleto de respuestas y a ella le dieron la que precisaba: le dijeron que era todo culpa del infierno y que la solución era abrirle las puertas a Jesús. Le hicieron cerrar los ojos y ponerse las manos en el corazón. Le tocaron la cabeza, activaron portuñol on y dijeron: “Sai, todos los males, sai pra afora”. Era lo más parecido a un abrazo que Rita recibía en años.
—Los médicos me habían dicho que mi nieta se iba a morir, viste, que no vivía. Pero se recuperó y hoy es mamá y todo. Yo soy bisabuela pero no se me nota: acá me cambió la piel, el pelo, estoy nueva, ¿mentendés?
No hay semana en que no se acerque al Reino de Dios como fiel. Pero además trabaja como obrera, el más bajo —antes que creyente— de los rangos de la jerarquía Universal. Por encima están los pastores auxiliares, más arriba los pastores posta, después los obispos y arriba de todo Edir Macedo. Es brasileño, tiene 69 años y fundó en 1977 esto que hoy es multiplurinacional: tiene casi tres mil sedes en el mundo. Estuvo preso por fraude, tuvo denuncias por lavado de dinero y es millonario.
Rita es de La Plata, pero hoy vino a esta sucursal porque pasó por Once para comprar ropa. Es tan coqueta que inhibe: usa boina violeta, brillos y unos rulos negros dibujados con compás.
—Este blanco estaba muy en precio —dice y estira un saco de plush con botones enormes. Después lo enreda y lo vuelve a meter rápido en la bolsa debajo del asiento porque la reunión está por empezar.
Las butacas son beige y ni un chicle tienen pegado. Los cinco mil metros cuadrados que la Iglesia le compró en 2003 al Mercado de Flores están impecables, aunque haya pasado una década. Siguen blancos, limpios, puros, nuevos. En las paredes no hay historias, en los pisos no hay surcos: siempre, todos los días, parece que se inauguraron ayer.
En nombre del señor Jesús sea sanado ahora. Agáchese, muévase, levante el brazo, mueva la pierna, haga lo que usted no podía hacer.
El pastor grita aunque tenga micrófono. Y no le grita a nadie en particular, aunque use una especie de primera persona singular imperativa plural. Desde un escenario de más del doble del tamaño humano les habla a todos, pero a vos. O a tu cáncer, tu nódulo, tu marido infiel, tu hijo drogadicto. El discurso es inmediato y concreto, el idioma es castellano y el tono, cien por ciento mundial 2014.
“Filmamos las reuniones para mostrar a través de los medios el poder de Dios”, dice un cartel de la entrada. “Rapidito, rapidito, en nombre de Jesús”, tiran. Todo es veloz y dinámico: adelantan lo que está por venir, cambian el tono, suben y bajan el ánimo. Nadie se aburre. Nadie se va. Esto ya no sólo sale por la tele: esto es la tele.
¿Tenía una hernia, nódulo, quiste? Búsquelo. Cierre los ojos. Que este nódulo sai, ahora. Quiste, sai ahora. Hernia, sai. En nombre de Jesús: amén. Busca el nódulo. Busca el quiste. No está más.
La lista de reproducción del obispo está en ripit. Reitera por si no entendiste, por si no te sentiste identificado, por si no logró interpelarte en el primer intento. En algún momento va a pegar y, cuando suceda, clavará música, cortará el clima:
“El nombre de Jesús es podero-o-so. No hay quien lo pueda de-te-ner”, canta alegre el pastor mientras aplaude, agita. La canción, después de las de Cris Morena, es lo más pegadizo que se haya compuesto jamás. Imposible no cantarla en la ducha. Imposible.
Los fieles hacen clap. La música es como un manto de alivio que, sin embargo, no dura mucho tiempo. Ya hay cuarenta personas haciendo cola para contar su experiencia.
Yo tenía un dolor en los testículos por la próstata y ya no lo tengo más.
Yo vine con la columna quebrada y ahora me siento bien.
Yo tuve un quiste en el ovario y ahora toco y no lo tengo.
Yo, reuma deformante.
Yo, antibiótico en todo el bajo vientre.
Problemas a nivel renal.
Úlcera sangrante.
Suben al escenario por la izquierda, se llevan un “amén” de suvenir y bajan por la derecha. Rita asiente cuando escucha cada caso. No le llama la atención eso de poder tocarse un ovario ni lo de tener antibiótico en el vientre. Tampoco piensa en cómo llegó hasta acá un tipo con la columna quebrada. Rita está tranquila porque los ve bien, como a su nieta. Y entonces aplaude. Se levanta. Se sienta. Se acerca al escenario. Vuelve. Está contenta. Siente calma cuando está acá.
—A mi hija nunca pude traerla. Su esposo la llevaba a una bruja. Yo le dije que dejara de ir, pero no me hizo caso.
Y se murió. La hija de Rita se murió. Es lo único que no se perdona: no haber logrado que venga a la Iglesia Universal. Si hubiese venido. Si tan sólo hubiese venido.

“Ese mismo cuñado fue el que me hizo un trabajo a mí: trajo un bizcochuelo y no me di cuenta. Desde ahí te oro todo: te oro la comida, la plata, la SUBE, un caramelo, los chicles, todo te oro”, cuenta. Todo lo bueno es gracias a Dios. Lo malo, culpa del diablo, del infierno, de tortas con magia negra. Por eso la Universal te ofrece que saques al diablo para afuera, para quemarlo. A eso lo llaman manifestar y el que tiene la receta es el pastor Ángel.
Es tan joven Ángel. Es tan potro, tan canchero, tan pisacabezas que sería un gran yupi sénior de Puerto Madero. Pero no: está acá y se desgarra la garganta. Transpira, se saca la corbata, se abre la camisa:
Si usted tiene problema con las drogas, o con seu marido, o con sua mujer, si usted sufre de enfermedais, de problemas circulatois. Si usted tem problemas de visión o le dole as pernas, si vosé está triste, si usted no tiene dinieiro, no tiene trabalio. ¡Manifiesta! ¡Aquí! Levante os brazos. ¡Ahora! ¡Eso! ¡Vamos! ¡En nombre de Jesús! ¡Manifiesta ahora!
Si fuera posible leer sin mirar, lo recomendaría en este párrafo para ponerse en su lugar. Porque cáncer, enfermedad, nódulo, infidelidad, desamor, tristeza, angustia, desolación, suicidio, muerte suenan distinto cuando está todo negro. Cuando estamos solos.
Así de desprovistos escuchan ahora los fieles: tienen los ojos cerrados y arriba las manos. Cualquier tensiómetro que se precie, en este momento estaría saturado. Sesenta obreros se meten entre la gente y hacen casting. Eligen a los treinta más afectados, los suben al escenario agarrados del cuello y, ahí sí, se manifiesta fuerte. Igualito a las películas: los poseídos se ríen con carcajadas lentas, densas, crueles, huecas. O gritan como si doliera un montón. En el centro del escenario ponen a un pibe joven, el que peor está: tiene la nuca pegada al hombro y los brazos para atrás, tensos, duros, petrificados como si alguien los estuviera agarrando. El pastor dice: “Quiero entrevistar al diablo”, y se le acerca:
—¿Cuál es tu nombre?
—La muerte –contesta con voz ronca, arenosa.
—¿Qué harías, si pudieras?
—Matarte.
—¿Quién te hace estar de rodillas?
—El hijo —dice con muchas dificultades
—¿Qué hijo? Dilo. Tú sabes y vas a hablar. ¿Quién te hace estar de rodillas?
—El hijo de Dios —dice pero no quiere.
—¿Y cómo se llama?
—¡Nooooo!
—Dilo. Di el nombre. ¡Vas a hablar!
—¡Jesús!
—¡Amén! —grita con tono de gol a Suiza en el alargue.
Los fieles no aplauden: ovacionan.
“No me acuerdo nada de lo que pasó”, dice Lucas cuando baja del escenario. No recuerda que se contorsionó, que aulló, que gimió, que gritó, que tuvieron que agarrarlo a la fuerza. Tiene 16 años, campera deportiva, pelo rapado al ras.
Lucas un poco finge. Todos un poco fingimos.
Lucas se cree. Todos nos creemos.
Señores: ¿cómo vai entrar Jesús en su casa? ¿Cómo es que una persona entra en una casa? Cuando es invitado. Jesús no es maleducado. El diablo sí: rompe la puerta y entra. Pero Jesús no: para entrar tein que ser invitado.
Más de tres millones de argentinos son evangélicos, la corriente en la que se enmarca la Iglesia Universal. “Son un nueve por ciento, la primera minoría del país”, dice Marcos Carbonelli, sociólogo. Dentro del evangelismo son pentecostales, la rama que pone el foco en las expresiones de Dios sobre la Tierra. El antropólogo Pablo Semán explica por qué proliferaron: “Crecieron en los márgenes que descuidó el catolicismo al desatender la categoría de milagro: para demostrar uno tienen que llamar a científicos, expertos, hombres rana. En cambio, el Reino de Dios vehiculiza el milagro y no trata a la gente de ingenua”. Carbonelli agrega que el mundo evangélico argentino los rechaza por el lenguaje marketinero y lo literalmente que toman al diezmo.
Pero Rita no diezma. Rita es diezmista, dice. “Lo que uno pone queda entre Dios y yo, no voy a andar contando”, aclara. En las reuniones hay al menos cuatro momentos en que suben la música al palo, los obreros se paran adelante a sostener bolsones y los fieles acercan sus sobres. Es como un corte comercial, como si mandaran a la tanda pero en la vida real.
“Dios te multiplica: no tiene sentido que te quedes con toda tu plata”, explica Hermenejilda, que tiene 54 años, es de Monte Grande y viene todos los miércoles, viernes, sábados y domingos. Viaja más de una hora para llegar porque acá la curaron.
—Yo tenía cáncer de estómago. Cualquier cosa que tomaba, fushh, se me pasaba de largo como si hubiera un agujero. Vomitaba, no comía. Me querían operar y sacar todos los órganos. ¿Qué me iban a poner? —se pregunta.
Ahora se siente espléndida. Cómo no diezmar.
La plata se entrega en sobres que ellos mismos regalan, que tienen una foto impresa de Jesús desangrado y que dicen “¿fue en vano?”.
El diezmo no es el único mecanismo recaudatorio: también hay una subasta de fe.
Usted debe hacer un sacrificio. Si no le cuesta no sería un sacrificio. Aunque sea todo lo que tenga, aunque piense que se queda sin nada. ¿Quién está dispuesto a cambiar su vida?
En las dos pantallas gigantes aparece una tal Marisa contando que tiene al “marido restaurado”. Dice que los ocho mil pesos que puso hicieron que él le dejara de pegar, que en el negocio les fuera bien, que su hijo dejase las drogas y que ella no escuchase más voces, no viese más sombras y no quisiera suicidarse. Una ganga.
¿Quién está dispuesto a poner ocho mil pesos? Diga ahora. Suba ahora al escenario. Ocho mil pesos: no lo piense tanto, su vida vai cambiar. Usted se compromete y vai traer el domingo 11 de mayo, el día del sacrificio. ¿Quién es el valiente?
Algunos suben y la subasta sigue.
¿Quién no puede ocho mil pero sí puede seis mil pesos? Este domingo usted no va a faltar. Los demonios están enojados. Usted va a hacer un esfuerzo para venir aunque tenga que cruzar todo Buenos Aires: por su vida y por su familia. Valdrá la pena. ¿Amén? Amén. ¿Quién puede cuatro mil?
Y así sucesivamente. Los fieles se van con el sobre ungido y dejan a cambio un pagaré espiritual. ¿Volverían cuando haya que poner el cash o paga Dios?
Volvieron. El domingo 11 de mayo a la mañana llovió con saña y setecientas sesenta y nueve personas llevaron la plata prometida. Los pastores se guardaron diez paquetes de terciopelo bordó modelo Papá Noel llenos de guita.
—A Dios no le vas a andar con las sobras, ¿no? —dice Hermejilda.
La asociación civil —exenta de pagar IVA y ganancias— después transforma los costales de efectivo en inversiones e importaciones. Tiene plazos fijos en distintos bancos —algunos de ellos rondan los 40 millones de pesos— y en mayo declararon que importaron de Estados Unidos una avioneta y, de Brasil e Israel, metales preciosos.
Ese día lluvioso del remate del creer, si todos los que subieron al escenario pusieron el mínimo, juntaron 230 mil pesos. Si pusieron un promedio entre el máximo y el mínimo, más de 3 millones. Otra que entradera.
Seis empleados de seguridad privada vigilan la puerta de lunes a lunes, los 365 días del año. La Universal no duerme porque el mal no discrimina hora, día ni lugar para operar. Ellos, el bien, le gritan a sus fieles: “Quiero que Dios le guarde, por delante y por detrás”. Diablo, decime qué se siente.