
Por Santiago Berisso
El abanico de matices que suele describir la voz humana es, más bien, acotado. La de Juan Sklar combina una rareza: trastabilla sin ser frágil. Titubea al mismo tiempo que persuade. La clásica voz cascada habla de un áspero paso por la garganta. No es el caso. Acá, su recorrido es más extenso del habitual, ya que se gesta desde más abajo. Sale del subsuelo del tórax.
El ruido de la máquina de café tapa casi por completo el “en jarrito” pedido por Juan. Las dos mozas siguen de espaldas a él, incluso tras tres intentos. Demasiado sería hablar de una conspiración pergeñada para su sola molestia. Nada que hacer. Segundos después, Juan logra que su pedido sea escuchado, mientras que la moza le muestra sin reparos la cara de culo que venía macerando: “Ahí va”.
Están aquéllos que frente a esa cara de culo se desvivirían por revertirla con tal de quitar la más mínima gota de conflicto en su existencia. Y también hay quienes que, con sumo respeto, la detectarían irrelevante. Juan Sklar es porteño, tiene treintaiún años y escribe. Se dedica a contar historias en forma de texto. Confiesa que “de repente, aparecen voces que uno quiere conformar, sobre todo después de publicar”. Sigue: “Hay algunas que enriquecen y está bueno escucharlas y algunas que no. A veces uno se encuentra queriendo conformar a voces que te llevan a decir pará, éste no soy yo”. El círculo lector deja de ser el íntimo y se abre al océano sin jeta de Internet, que —sabemos— de la pradera a la carnicería puede pasar en un estornudo. La Poesía, ubicado en la esquina de Chile y Bolívar, es el café que eligió para tomar ese jarrito. Ahí, donde se juntaba con Enrique, su abuelo del alma, fallecido meses atrás. Anteojos de marco negro, buzo gris con capucha y pelo oscuro un poco rebajado en los costados y alborotado arriba. Más allá de que la descripción se acerca, el corte no se asimila al que abunda en los futbolistas contemporáneos.
“No es fácil ser honesto porque es exponerse. Quisiera creer que nunca saqué un texto que finge.” No se queda ahí. Que el ser honesto a la hora de escribir sea casi una perogrullada no quiere decir que ello implique lo mismo en todo ámbito: “¿Pero qué honestidad? La honestidad literaria es algo muy raro. La del periodismo es contar las cosas como fueron. Ésa no es la honestidad del arte ni la literatura. La literatura dice una verdad envuelta en una fantasía o una mentira. Es otro tipo de verdad, ni mejor ni peor.” Más allá de lo que termine por volcarse, la cruel honestidad con su propia persona es el hilo que cruza transversalmente sus textos y, en definitiva, lo que atrapa al lector que se acobija un rato en la historia de un narrador al que, por falta de huevos, no podrá encarnar al salir de casa.
“La historia del Power Ranger rojo” fue el primer relato que le publicaron. Hernán Casciari decidió editar —sin aviso— el texto que Juan le había enviado por correo electrónico luego del trasnochado y trunco intento de acercárselo en bicicleta. Con la edición número nueve de la revista Orsai en mano, Juan vería que su texto comenzaría en la página siguiente y se daría cuenta de que ni el más fundado escepticismo debe estropear la ilusión de un mail. Con la primera publicación “cambia todo”. A la despreocupación inicial hay que saber supervisarla de modo que no se transforme en presión externa, ahora que uno ocupa un lugar en el mapa literario local. “Sobre todo, empezás a ganar más confianza: creo en esto que estoy haciendo. La energía de los lectores, de las críticas y la repercusión en general es una energía que si no te pasa por encima, te da mucha fuerza. Incluso —agrega— fuerza creativa”.
Por más que la cantidad de gente que ha entrado en La Poesía no sea significativa, el bullicio incrementa. La voz se esfuerza por no transformarse en grito y se cansa. La primera vez que escribió algo a conciencia fue una noche en la que no podía dormir. Tenía trece o catorce años, estaba acostado en su cama con los ojos cerrados. Y empezó a ver unas lucecitas que, quizás tan molestas como inspiradoras, lo llevaron a agarrar una hoja y contar lo que estaba pasando. “Escribí un cuento que empezaba así: unas luces blancas, al costado de la cama, me dicen que no soy lo que podría ser. Algo así”. Escribir le comenzaba a resultar interesante y lo hacía un montón, “pero uno siempre se cruza con gente que te dice cosas que no ayudan al proceso creativo: tenés quince años y no necesitás que vengan a aplastar tus ilusiones literarias.” Se remonta a la época escolar y recuerda a una profesora de literatura diciéndole algo así como que la inteligencia es una responsabilidad. “Suena a Spiderman, no lo pongas”, pide Juan. A una edad, la responsabilidad y la culpa se visten igual. Él sólo había visto lucecitas y quería escribir sobre esas lucecitas.
Tras una pausa en la que le dio “demasiada bola a pavadas, cosas que decían mis amigos del secundario”, llegó el momento en que se preguntó de qué iba a vivir. Quería vivir de escribir. Oxímoron para muchos. Para Juan: una decisión de esas que parecieran expresarse con la palma de las manos mirando al cielo y los hombros rozando, al unísono, la línea de la pera. De alguna manera, la literatura siempre estaba y tenía la certeza, al menos visceral, de que así iba a seguir siendo. En la concreta búsqueda de un ingreso que le permitiera subsistir, la primera idea que surgió fue la de ser guionista. De hecho, en eso se convirtió: “Pasé diez años escribiendo para cine y televisión, y después volví a la literatura”.
“Escribí de todo. Hice infantiles, tiras de Pol-ka. Cuando trabajás de guionista no siempre elegís lo que querés escribir —explica mientras revuelve con su cuchara el aire que supo ser café minutos atrás—. Escribís para quienes te llamen. Hice cosas que me gustan más, cosas que me gustan menos. Escribí para Campanella, escribí cuatro temporadas de Ver para leer, un ciclo de literatura de Telefe.” Sin demasiadas vueltas, reconoce que aquella escritura televisiva de la que más se jacta es El Hombre de tu vida, producción dirigida por Juan José Campanella y con Guillermo Francella, Mercedes Morán y Luis Brandoni en el reparto.
Su escritura para la televisión, el recuerdo de ella, no adopta posturas extremas. Se queda en los tonos más grises. Ese tono de quien se sabe afortunado y agradecido con esa persona a la que, de cualquier modo, ya no le pediría ni una pastilla de menta. “Escribiría para televisión, si me dijeran hacé lo que quieras —explica con más descreimiento que otra cosa—. No quiero volver a escribir por encargo. Es decir, con pautas y reglas exteriores”. Más allá de que le permitió comprarse una bicicleta, un aire acondicionado y conocer a alguna que otra persona copada, poco y nada rescata de su experiencia con Pol-ka. Regala una imagen elocuente: “El productor llama al autor y le dice no está Marcela Kloosterboer en bombachita en este episodio. Tiene que aparecer. No hay beso de la pareja protagónica”. Concluida la llamada telefónica, todo indica que en menos de lo que dura un chasquido ese beso aparecerá en pantalla. “Pero tiene que ver con que se trabaja con un género, el género tiene reglas y hay que seguirlas si escribís una tira para Pol-Ka. No estoy criticando a Pol-Ka. Es su negocio, su rancho. Yo no quiero hacer eso, la paso mal haciendo eso.”
Con la misma seguridad, afirma que antes que cualquier otra cosa él se siente escritor. Es lo que más disfruta en el mundo. Ésa es la razón. Sumergido en sonrojada modestia, dice que ya la cuestión de la habilidad o el talento “sería un poco tonto ponérselo a discutir o tratar de mensurar”. En la mesa que está a su izquierda hay un piloncito de fotocopias con unas pocas anotaciones en su frente. Es que después de acá, Juan se va a El Cuaderno Azul, taller de escritura que dicta hace tres años. Tiene setenta alumnos, distribuidos en cuatro grupos. “Es algo que consume mucho tiempo de mi día y de mi vida”. De la docencia, de su taller, vive. De escribir para Pol-ka, vivía. Similares estructuras sintácticas, diferentes rostros al decirlas. Lo que en su momento comenzó siendo análisis de films frente a sus alumnos del Laboratorio de Guión (escuela de Patricio Vega, guionista de Los Simuladores y Hermanos y detectives) hoy se ha transformado en algo nuclear. “No en el sentido de indispensable, como lo es el escribir, pero es el único trabajo que puedo hacer o que más disfruto hacer”.
“El género o el lugar donde ubicar algo es posterior al proceso creativo”, cuenta y se remite a aquellas veces en que sus alumnos llegan al taller y dicen yo no sé si esto es un poema, si es poesía en prosa, si va a ser un cuento corto, una crónica o el primer capítulo de una novela. Esa falta de marco inicial no tiene que alarmar, cree Juan. Al contrario, lo que vale es tener palabras volcadas sobre la hoja, el resto ya se verá: “La etiqueta aparece después. Primero se escribe y después, en la corrección, en un segundo momento, decís Bueno, che. ¿Qué fue lo que hice?”.
No le resulta útil o fructífero escribir a partir de ideas. Sin decirlo, deja entrever que le resulta demasiado acartonado hablar sobre ideas, sentarse a contar lo que pensás acerca de una idea. Por definición, las palabras reducen. Las ideas, como planeamiento de un mensaje a ser enviado al cosmos, lo pueden hacer aún más. Y él no quiere cortarse las piernas desde el vamos. “Tampoco es que llegás al final y decís y ahora qué hago. En un momento, el final aparece. Abelardo Castillo tiene una frase muy linda, en un dodecálogo de consejos para escritores: ojo con creerle a los escritores cuando dicen que no saben nada del final. Podés sentarte a escribir sin un final, pero en un momento tenés que saber. No vas por ahí flasheando”.
Creer que la convicción pasa por situarse en lo absoluto puede ser un riesgo. Tener la opción de subir a dos piraguas o no subir a ninguna para hacer el mismo camino a pata no implica inseguridad emocional producto de un reflotado bullying escolar: quizás sólo tenés ganas de caminar. “Me parece que lo que se está derrumbando —piensa— es la idea de posiciones antagónicas, como si hubiera artistas de un tipo y artistas del otro. Todo está como más mezclado, todo me parece más sutil”. Así como la distinción entre géneros ya no es tan clara, tampoco la distinción entre posiciones artísticas. Ese tipo de posturas pertenecen, más bien, a un ámbito por el que el hecho artístico no puede responder, no le pertenecen. “Los barrios literarios no son tales. El antagonismo está entre los personas que consumen el arte y construyen personajes, no en el arte mismo, bajo ningún punto de vista.”
Tiempo atrás, Adriana Astutti, de Beatriz Viterbo Editora leyó “Sexo turista”, crónica en la que cuenta sus andanzas como guía turístico sexual. Durante más de seis años paseó a extranjeros con mucha plata y aún más ganas de gastarla. Morfi, boliches swinger, shoppings, hoteles, sitios emblemáticos de la ciudad de Buenos Aires, tiradas de tarot, travestis y prostitutas, aparentemente, feas. Todo dentro del combo. Luego de leerla, Adriana le preguntó si tenía algo más de material. En junio de este año, Juan vio editada su primera novela, Los catorce cuadernos. Un narrador protagonista pasa algunas semanas de enero en el Delta del Tigre, conviviendo con un grupo de amigos y conocidos. Junto a Bruja, Palito, Tierno, Bebota y Pintor, entre otros, se rodea de aire puro en busca de hacer más ameno su trabajo. Asados, incursiones en el vegetarianismo, caminatas, chapuzones, viajes en piragua por los ríos Espera y Torito, y sobremesas de tinto y marihuana que precedían una nueva y triste autosatisfacción nocturna. Todo cruzado por la imagen de Bebota en bikini, quien está en pareja con Pintor. A medida que pasan los días, esa mezcla de aversión y profundo deseo sexual que le genera Bebota le empieza a comer los sesos.
¿Por qué las historias tristes me producen placer? ¿Por qué estoy a gusto escuchando el dolor, aun cuando quisiera que el dolor no existiera?, se pregunta Juan en su cuento “Barracudas”. Ahí donde el ser humano promedio prefiere levantar la alfombra para seguir abultándola de truncas vivencias de inseguridad, él se tira de cabeza a lo más sucio de nuestro paso por este mundo, a calzón sacado. Sin lagrimear o, menos aún, regocijarse. “Tiene que ver con lo poco cauteloso que soy para contar mis propias historias y mis propios dolores.” A su manera, siente que a ellos, los que le dicen que sea más cuidadoso en su pluma, les escribe. “No entiendo la idea del dolor silencioso o privado, como si eso fuera menos doloroso o más digno. Quizás sería un poco más fácil vivir si todo el mundo pudiera aceptar lo que le duele.” A su vez, es consciente de que “mostrar eso en un mundo bastante impiadoso es riesgoso porque te pueden destruir”.
La puerta alternativa (la que no está en la esquina) del café La Poesía se abre. “Acaba de llegar mi mejor amigo del secundario”, dice. Éste cierra la puerta y se aproxima al ver a su amigo escritor. Se sienta en la silla que está al lado, luego de que lo llame por su apodo. Lo dice muy rápido y no se entiende. Encima que es un apócope, lo tira en quinta. Seguirá siendo, entonces, el mejor amigo de Juan.
Entrepiernas mojadas que no pueden más. Cogollos y merca. Delirios anestésicos y el buceo como opción de sanación. Cuando lo leemos, encontramos todo eso. Sin embargo, circunscribirlo a meras temáticas sería un acto, sino de injusticia, de mala síntesis. “Si escuchara a todo aquél que dijo algo de mí, no podría hacer más nada. Me han puteado las feministas. Me han criticado por ser políticamente correcto, por ser muy sensible, por hacer demasiada pornografía, por solemne en algunos textos, por cachivache. La voz general me ha dicho que sí y que no a todo”. No lo dice con el hastío del indignado. Suena como alguien a quien le cayó una ficha.
En lo que va del año ya lleva hechas más de veinte columnas. Su primera veintena, en definitiva. Se trata de “El extraño”, espacio radial y semanal que tiene al aire de Vorterix los días martes en el programa ÁCIDO. Si bien reconoce que la radio no significa para él lo que la escritura, disfruta mucho ser parte de ella, de que le permite, aunque sea por un rato, otro lenguaje a su inquietud. “De hecho, algo que disfruto mucho de Vorterix es que yo les dije bueno, hagamos una columna sobre filosofía, literatura y me dijeron no, queremos una columna donde vos digas lo que opinás del mundo. Hace pensar y reír, pero no porque sea cómico lo que dice. Quizás, esta voz originada en el subsuelo del tórax simplemente toma otro color frente a un micrófono. Psicomagía, efecto placebo, suicidio, arquetipos de Disney, monogamia, religiones o necrofilia. Por más que los temas que aborda en sus columnas estén a la orden del día en materia de controversia, no hace de la polémica un deporte. Invita a ser conscientes de lo que naturalizamos. No con tolerancia sino con hospitalidad. Con el correr de las semanas, los oyentes han aprendido a esperar religiosamente el inicio de “El extraño”, a eso de las cuatro y veinte de la tarde. Y no dudan un segundo en volcar sus opiniones a través de Twitter: “Quién no se vistió de mujer, escondió el pito para adentro y bailó frente al espejo al ritmo de Rick Astley”, escribió un oyente una vez, luego de que Juan desarrollara toda su columna con un ajustado vestido de leopardo y una peluca rubia. La vergüenza dura un rato, se escuchó decir alguna vez. Meses más tarde se puede dar el gusto de introducir la filosofía en forma más explícita a la radio: además de “El extraño”, ya cuenta con un microprograma llamado Filosofía en la terraza, también semanal.
“Creo que el arte empieza a jugar en ese lugar donde el mundo no cubre nuestras expectativas. A veces escribimos porque el mundo nos queda corto o porque nos sobrepasa.” Ese desfase entre el sujeto y el mundo es donde el arte desenfunda sus armas. Mejor dicho, donde el hombre desenfunda su arte. Fisura entre el bocho y lo que lo rodea, afortunadamente dispuesta a ser algodonada de distintas maneras. “La angustia no es el único desfasaje entre sujeto y mundo, está lleno. Incluso, la felicidad te rebalsa y no sabés qué hacer con ella, y puede terminar en la hoja.”
Cuando Juan se enteró de que iba a ser padre escribió un texto y lo reconoce feliz. A su vez, transformó en palabras el proceso de muerte de su abuelo. “El mundo puede ser inmanejable para cualquier dirección, hacia el futuro, el pasado, lo bueno o lo malo.” Y si de disparadores creativos se trata, él no parece escatimar. Uno de los ejercicios que practica en su taller consiste en indicarles a sus alumnos que escriban nombres, apellidos, fechas y lugares de nacimiento, y al lado fechas y lugares de defunción. Comprobó que a la gente no le resulta fácil escribir su nombre y una fecha de defunción. “Y eso es un símbolo. Es muy irracional, pero funciona”, explica. Los símbolos nunca dejan de estar en el plano intelectual; así y todo el efecto de manipularlos puede tener consecuencias afuera, de un modo real.
El mejor amigo de Juan permanece sentado y atento escuchándolo en la mesa contigua. Nunca quedó claro si se encontraron de casualidad o ya habían quedado en encontrarse acá, en La Poesía. La situación pareció más azarosa que otra cosa. Seguirá siendo azarosa, entonces. “Desde que algo sale en un trabajo de escritura automática, investigación o ensayo, y llega a una narración —confiesa— pasa un tiempo”. Por ahí ya ha pasado Nunca llegamos a la India, su segunda novela, cuya primera versión ya está terminada, y en la que Bruja, Palito y el narrador emprenden viaje.
“El mes pasado escribí la apertura del MICA en el Centro Cultural Kirchner, estaba haciendo Vorterix, cuatro grupos de taller, escribiendo mi novela, y le había dicho que sí a un espectáculo de performance en el MAMBA.” Respira contento y exhausto, desde el interior de la trampa. O exhausto y contento. En este caso, el orden no es jerarquía, es simultaneidad. “El imperativo es estoy al palo, estoy a full.” Una vez más se ha metido en la realización de tres espectáculos y hace tres fines de semana que no ve a sus amigos. “No es un tema de valores, como la amistad, simplemente me gusta estar con mis amigos, con mi novia y pasar un tiempo con mi familia, dormir una siesta, salir a correr, para estar… no sé, para boludear.”
Empieza a manotear el apunte que esta tarde utilizará en el taller. “Si hay gente que quiere estar a full todo el día y son felices, genial. Yo no soy feliz así.”. No faltará el día en que Juan Sklar se vea así mismo corriendo y no con las piernas, maldiciendo sus propias palabras. Otra vez, a full: “La consistencia no es un valor en mi sistema de pensamiento”.