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«Me inmolo en el escenario»

Marina Otero retrato 2
Ganó premios, giró por Chile y Singapur y, desde esta semana vuelve a la escena porteña con la explosiva Recordar 30 años para vivir 65 minutos (viernes a las 22 en El Excéntrico de la 18º, Lerma 420, CABA). Fotografía: Lucio Bazzalo.

Por Ailín Bullentini

La mina aparece en el escenario sola, precedida por imágenes de su infancia. Iluminada por una luz tenue, le habla a la audiencia sobre un quilombo de salud que tuvo justo a partir de la época del video en el que se la ve sonreír con toda la potencia del metal de sus aparatos fijos. Con la palabra hablada, con recursos escénicos audiovisuales y de movimiento novedosos, incluso con la ayuda del público, relata su derrape adolescente, su primer protagónico (autodirigido, autodestructivo, autogestivo), su búsqueda permanente, su “llegada”.

Recordar 30 años para vivir 65 minutos es lo más parecido a la consagración de esta joven artista que se reúsa a la casilla de “bailarina” (“No sé cómo me defino, me dedico a la creación”). Y NAN arranca un diálogo con ella con una pregunta que parece obvia, pero no.

—¿Es autorreferencial Recordar…?
“¿Te tengo que contestar?”, rompe el hielo, y esta cronista empieza a avergonzarse. Pero no. Continúa Otero: “El arte es autorreferencial más allá de que esté enmascarado detrás de un personaje. En la danza, como es más poética, el autor se esconde más, se dibuja más. En este caso, la pieza es autorreferencial y además me hago cargo de eso. De todos modos, hay algo que me pasa, que lo cuento en la obra también, y que es real. Yo ya no sé qué inventé y qué pasó de verdad. Llegué a un punto en que la imaginación y la verdad se desdibujaron; una alimentó a la otra”.

“Hace ocho años que intento terminar esta obra”, dice Otero, desde el escenario, al comienzo de Recordar…. Estrenó ésta, la cuarta etapa del largo proceso al que llamó “incendio creativo”, en agosto pasado, en El Excéntrico de la 18°. Bueno, en realidad había probado a fines de 2014, pero no tuvo la respuesta del público ni la fuerza propia para sostenerse en la programación. O no pintó; eso también pudo haber pasado. Pero esta vez fue diferente: a las cuatro funciones de agosto —cuatro sábados—, le siguieron cuatro de septiembre, cuatro de octubre y todos los domingos de noviembre. La rompió Otero, tanto que ganó el premio de la Bienal Arte Joven de Buenos Aires por dirigir esa obra. “Quizá ahora sea algo parecido al punto de inicio de un camino, pero al principio y en varios otros momentos fue una especie de abismo”, confiesa. El segundo intento de Recordar…, al que bautizó “no puedo bailar”, fue en Brío Teatro y Café Müller durante 2014. El primero, “el alter ego que salva”, sucedió en Café Müller y en el Teatro Del Perro un año atrás. Andrea, el germen escénico de todas las Recordar…. “Viví mucho tiempo dentro de esta obra y esta obra vivió mucho tiempo dentro de mi vida. Me esforcé mucho por experimentar en la vida real cosas que imaginaba; de golpe volvía a otra realidad posible, se me mezclaban las dos, se me siguen mezclando”, refuerza la idea de la autorreferencialidad.

Por eso, hablar de Recordar… es una excusa que esta revista encontró para hablar de Otero, para descubrir sus maneras de hacer, su apuesta a un cuerpo “político” sobre el escenario, su dolorosa obsesión, sufrida, angustiante, por “concretar imaginaciones y sueños”.

—¿De qué está hecha Recordar…?
—Mi proceso creativo fue como lo cuento en la obra: un proceso de mucha angustia. Las veces que intenté armar una coreografía descubrí y confirmé que no iba conmigo. Los momentos que la obra tiene de danza tienen que ver con estados y recuerdos. “El monstruo” (un momento en la puesta en la que trabaja con la tensión en el cuerpo y sonidos guturales en penumbras, completamente en pelotas) salió en medio de recuerdos. Allí sale esa fisicalidad; de un estado yo nunca había armado una coreografía. En otro momento, yo sólo podía estrolarme contra el piso, y eso terminó siendo parte de Recordar….

—Pero esos estados no están expresados sólo a través del cuerpo.
—No. Recordar… tiene movimiento, pero también tiene palabra. Necesité de todo eso para armar Recordar…. Todo lo que me ocurre artísticamente tiene que ver con una necesidad. No podría armar una coreografía y bailar si no me pasara por dentro una necesidad. Lo puedo hacer con un esfuerzo tremendo, puedo resolverlo fríamente para otro. Pero me termina aburriendo, me embola. No es mi manera de crear: a mí me sale la potencia, me inmolo en el escenario.

Y eso que creó: en noviembre integró como intérprete el equipo de El grado cero del insomnio, de Emilio García Wehbi; bailó durante muchos años La idea fija, de Pablo Rotemberg, en donde también se desempeñó como actriz y asistente de dirección; bailó y actuó en Una obvia, de Marisa Villar, El primer drama de Amanda, de Bernardo Cappa, y Primera magnitud, con dirección de Roxana Grinstein. Integró la compañía de danza de la UNA y dirige el laboratorio de investigación Persona-Personaje.

—No te considerás bailarina, pero venís de ese palo: ¿vos sos la diversa o tu concepción de la disciplina lo es?
—Un poco de las dos cosas. Para mí la danza es movimiento y el movimiento no sólo está en el baile sino también en la palabra: el movimiento es acción. A partir de ahí, todo empieza a ser parte de lo mismo. La danza es un cuerpo pasándole cosas. Siempre pienso en un cuerpo político, que cuente, aunque tenga o no tenga palabra, que esté vivo y disponible para vivir y morir en ese escenario. De todas maneras, necesito de todo: de la danza, de la palabra, la escritura, porque me pasan cosas todo el tiempo. Por eso cuando me preguntan qué estilo de obra es Recordar…, si de danza, si de danza teatro, si de teatro… qué se yo: es lo que necesite este cuerpo hacer. Si necesito quedarme quieta en el piso llorando, si ni quiera necesito llorar; si necesito moverme, escribir… De hecho, creo que en un momento todos los bailarines odian la danza, dejan de bailar. A mí me pasó. Me asqueé de todo: no quería ir a ver siquiera obras de danza porque me parecían todas una mierda. Típico. Pero me di cuenta de que lo que quería, lo que buscaba, era la fragilidad. ¿Dónde están los cuerpos frágiles? ¿En dónde nos queda la fragilidad a los bailarines, que entrenamos tanto para tener un cuerpo súper disponible? ¿Qué es lo que no puede hacer un bailarín? Eso también me interesa: la fragilidad del movimiento que hace que aparezca la danza. Algo frágil que se exponga desde esa misma condición es necesario en este momento del mundo en el que todo es posible. ¿Qué pasa si volvemos a un lugar más simple? Ahí está lo que me interesa. La simplicidad y lo complejo del despojo.

Fuente: NAN #21 (enero 2015). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.