Con un extracto folk, rock y pop, el cantautor platense introduce rasgos folclóricos y sampleos por igual creando una piel inteligente que se funde en diferentes paisajes. En breve, saldrá a la luz su nuevo material, “No sirvas ahí la tormenta”.
Por Ana Esperança
Fotografía de Anita Osaba
Buenos Aires, marzo 15 (Agencia NaN-2013).- Tiene ya editados unos cuantos discos. Proyecto Volumen 001 fue el primer resultado concreto -tras la disolución de la banda Martez de la cual heredó el nombre- de aventurarse al camino solista. “Mi primer disco es súper low- fi, muy folkie, se grabó con un tecladito y una guitarra en casa de un amigo con un programa para sacar sonidos con la compu. Estoy enamorado de ese disco. Aparte suena bien. Nos habíamos metido a experimentar, pero básicamente es un disco cancionero”.Quien habla es Diego Vázquez Espiro que, bajo el seudónimo Diego Martez es, además de una de las voces más interesantes que viene arrojando la escena de cantautores platense, un narrador fecundo e intuitivo capaz de percibir como un clarividente la pregunta que va a venir, y enseguida coser en una frase los vértices centrales que se irán desarrollando.
Es lunes y por eso el mundo parece algo más opaco. Estamos en Plaza Rocha, una de las tantas de la ciudad de La Plata, ubicada frente a la Facultad de Bellas Artes, epicentro formal de una ola creativa que siempre conserva buena altura. El día se proyecta en sepia sobre todo lo que toca con su luz y Diego, que llega con unos minutos de delay aterrizado de una mini siesta, se amalgama al paisaje citadino de un banco con la palabra portuguesa “liberdade” escrita a su derecha. Saca un paquete de cigarrillos y pide fuego. Los lentes oscuros que lleva puestos, de un marco blanco muy pop, lo apartan un poco – con esa impunidad polarizada de los anteojos de sol- de la claridad del día y sus certezas.
Empiezan a desovillarse los vértices y cuenta que hace poco estuvo en un programa de FM Universidad (El Cubo Mágico) a propósito de un concierto que dio en el último febrero en el centro cultural C´est la Vie. Dicho concierto, de más dos horas y al que asistieron más de 150 personas, llevó una producción previa de un mes, en la que se juntó a ensayar con los 20 artistas invitados a participar en él. “Estuvo buenísimo, fue la fecha más importante de estos años. Súper intenso. No había terminado el año, en enero me fui un rato y enseguida a tocar a capital, después empecé con el armado de esta fecha multitudinaria”, explica entusiasmado. La dinámica de producción era juntarse a pasar los temas, y entre una cosa y otra, terminaba todos los días a las 4 de la mañana. El recital de un cantautor solista con un convite de 20 artistas no es un acontecimiento que pueda dejarse librado al azar. Requirió tiempo, cabeza y esfuerzo de producción. “Fue una movida, pero estuvo genial.”
El segundo disco de Diego se llamó Plástico. Se grabó con bajo, guitarra eléctrica, un poco de acústica y batería, siendo su material más rockero. El tercero llegó con Incompleto, un compilado entre los dos anteriores -bastante más pop- con samplers, maquinitas y efectos de voz. Incompleto retoma las canciones acústicas del primer disco con otra sonoridad y tratamiento: por ejemplo, cajitas de música, sonidos de un programa de 2002 que hoy sonaría retro, y cosas por el estilo. Tiene un tema inédito, Montaña, de onda folclórica y combinación entre zamba, vidala y componentes electrónicos. Después llegó el cuarto proyecto, del que no salió nada físico editado, y es la banda de sonido del mediometraje, realizado en La Plata, Yo me haré a un lado. “Hice letra y música de las canciones, y toda la música incidental. Tiene un ambiente mucho más folk: guitarras, percusión chiquita. Ahí hay un tema al que le fue muy bien, se llama Suerte. No iba a ser el tema principal, pero fue”.
En el show de febrero -que quedará seguramente cristalizado en la biografía de Martez como el recital de todos los tiempos – cantó toda la producción de una década de una carrera solista que lo mantuvo creciendo y en movimiento. Y también las canciones del nuevo disco que está preparando, No sirvas ahí la tormenta. El nombre viene de una visión que tuvo, algo loco y onírico que promete contar en breve.
–¿Cómo venís con el nuevo disco?
— Está aún sin salir por cuestiones protocolares y burocráticas.
–¿En qué instancia está de la producción?
–La final. Está grabado, mezclado, masterizado, está el 90 % de la gráfica. Faltan cosas tipo registrar el material y terminar las gráficas. Este año sale. Tengo que resolver lo del registro porque es un disco grande y tiene temas protocolares para las que no estaba preparado en su momento. Tiene un formato y una producción más grosa que los anteriores, que eran caseros. Se grabó a lo largo de un año en el estudio Plato Hondo, porque fueron 26 músicos los que participaron. Fue algo ostentoso, zarpado. De las voces me encargué yo. Lo que es bajo, guitarras, pianos; todo el aderezo que son muchas cuerdas, mucho viento, mucho quilombo, se hizo con los músicos y productores.
–¿Qué músicos participaron?
–Luciano Caselli (batería) y Juan Pablo Manes (guitarra), que además son los productores del disco. Fernanda Ortega en violín, Juan Manuel Puente y Miguel Couri en teclados y chelo, Ignacio Stopani en piano, que le metió una magia increíble, es un músico impresionante, y muchos más ¡26 músicos!
Diego Martez toca la guitarra hace catorce años. Sus primeras incursiones fueron en bandas y al tiempo desembarcó en territorio solista. Dice que la guitarra no es su fuerte, que no es un gran guitarrista, pero que una vez que se encontró solo, optó por defenderse o defenderse. “Siempre me gustó más lo de la canción rasgueada con acompañamiento común, pero algo que capté de Silvio Rodríguez -que es un gran mentor del arpegio y ciertas cuestiones más musicales- aunque sin ir a la trova, es intentar profundizar en arreglos. Siempre fui de la canción rock, pop y folk y la fusión de eso para componer y hacer algún arreglito más complejo que acompañe mejor. En mi caso crecí gracias a eso a la hora tocar la guitarra y cantar, y lograr que solo los dos, la voz y el instrumento armónico, puedan ser, básicamente, una banda, que suenen. De a poco se fue logrando y voy acompañándome mejor. No soy un gran estudioso, ya me cansé de estudiar guitarra, canto sí. No estoy todo el tiempo pensando, ni haciendo, dejo un poco fluir. Estoy todo el día con la música porque trabajo con eso.
–¿Cómo entra el folclore en tus pilares folk, pop, rock?
–El folclore me cambió la vida. Tuve profesores bestiales. No estaba muy metido en ese mundo, ni el tradicional ni el de proyección que tiene otra clase arreglos, es decir, lo que sería la nueva ola del folclore y su instrumentación, pero a la hora de cantar supe que había descubierto un camino súper interesante. Me metí con la zamba y sobretodo con lo norteño: vidalas, bagualas, cantos con cajas, la expresión de la voz. Con lo vidalero flashé y lo terminé llevándolo a mis canciones.
–¿No sirvas ahí la tormenta tiene más lugar para la voz folclórica?
–Hay un tema que tiene algo folclórico pero es el más experimental de todos; lleva guitarras eléctricas, máquinas. Desde el disco en realidad suena más tirando a David Bowie, si lo escuchás solo con la guitarra podría ser una milonga campera. Pero en mis laburos, inclusive en este nuevo, el folclore no aparece aún marcadamente, sino como sonoridad en la voz y ciertos rasgos. La próxima producción que encare va a tener más presente esta imagen de lo folclórico.
–¿Qué diferencia a este disco de los anteriores?
–A mis discos los amo pero este es un cambio radical. Teniendo un disco grabado con 26 personas, el sonido cambia. Mi voz cambió, ya pasaron muchos años de aquellos discos a éste. La intención estética es otra. Es un disco muy instrumentado, con laburo de producción. En cuanto a géneros, sin encasillarse, agarra todos los ángulos que manejo y que puedo ir conociendo: rock, folk, pop, y rasgos de folclore y experimentación.
–Este disco es una apuesta mayor
–Sí, al igual que el recital que hice con tantos invitados: me pareció piola porque creo que es bueno que en un lugar como La Plata podamos empezar a estar menos desunidos.
–¿Hay circuitos separados?
–Hay. Hay también por suerte, la tendencia a juntar e integrar y no solo la música sino también disciplinas. Hacer música para cine es intervenir en otros ámbitos, trabajar con espectáculos de improvisación y demás. Pero más allá de las disciplinas, en la misma música existe eso a veces de caminos paralelos o desintegrados.
–Lo de tu recital fue un experimento interesante, entonces, para trabajar sobre eso…
–Lo que pasó entre músicos de diferentes estilos y lugares y sellos discográficos, es que se coparon a venir a tocar, conmigo, que soy un tipo de cancionista determinado. Fue buenísimo. Vino gente del palo del rock, pero también otra chica que hace cumbia, y de repente se coparon. La pasé muy bien. Me encanta decirle a un amigo: tengo esto ¿querés hacerlo conmigo? Y compartir.
–¿A la hora de proponer te fijás más en lo personal o lo musical?
–Absolutamente ambos porque vivo todo el tiempo con la música, es una unidad. Igual no digo que está todo lleno de sectas, eh, pero sí me parece que hay una realidad: círculos de bandas de un sello x se mueven de un lado, cancionistas se mueven por otro, folcloristas por otro, y así…Yo hace mucho que vengo, digamos, pateando la calle porque tengo 30 años, veo esos circuitos pero no estoy en un lugar.
–No te nucleas…
–Estoy en un lugar independiente. Tal vez antes me podría haber llegado a pesar. Pero fui creciendo también con otra gente, armamos una productora (Caminar de elefante, junto a Alexis Turnes Amadeo e Ignacio Pello) Y eso hace que te relaciones todo el tiempo e integres disciplinas, personas, artistas.
–¿Y al final, como fue que llegó a ese título No sirvas ahí la tormenta?
–Te cuento… fue muy simple… No sirvas ahí la tormenta sale apenas me despierto de un sueño… ¿el sueño?, no recuerdo, solo sé que cuando abrí los ojos lo estaba diciendo en voz fuerte… No sirvas ahí la tormenta.