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Chau Misterix, en El Tinglado.-

Con éxito, la directora Virginia Lombardo logra traspolar a la época actual el universo de temores que invade a un púber, eje principal de la obra que el dramaturgo Mauricio Kartún escribió en los ’80 y ambientó en los 60. En ese camino, logra hacer jugar a los personajes que pone arriba del escenario. Ellos, adolescentes en proceso, “juegan a que juegan”, se transforman en superhéroe, compañero de aventuras, doctora y damisela en peligro. Inventan mundos paralelos en donde, a diferencia de sus propias vidas, todo fluye. 

Por Lola KupermanFotografía gentileza de Chau Misterix

Buenos Aires, abril 17 (Agencia NAN-2012).- Lo empujaron y se lastimó la mano. Le sangra. Es alto, tiene la barba cortada al ras y un cuerpo casi atlético. Sin embargo, es un niño que ha sido burlado y humillado. Tiene “diez para once” y una lastimadura recién creada impone dudar: ¿es un efecto teatral o es un efecto de realidad? El personaje de Rubén, interpretado por Talo Silveyra, representa el antihéroe que el público tomará como suyo, como es suya la universal transición de la niñez a la adolescencia, el argumento que recorre la obra Chau Misterix dirigida por Virginia Lombardo.
Originalmente escrita por Mauricio Kartun, la obra fue estrenada en la década de los 80´ con el deseo de que el artificio teatral permita que adultos interpreten a niños. La pérdida de la inocencia subyace en una víspera de carnaval de 1958, donde cuatro niños esperan un pronto eclipse. El desafío de Lombardo es universalizar los temores preadolescentes de la década del 60´ escritos por Kartun en 1980 e insertarlos en una tercera época: la nuestra.
Si se puede o no arrancar la hoja de un cuaderno, la pérdida de la virginidad, los pantalones largos, los bailes, el primer beso, la popularidad o la falta de tal son los tópicos que preocupan a los personajes de Esteban Coletti, Tamara Garzón, Inés Palombo y Talo Silveyra. Mientras tanto, el jugar a ser Misterix, personaje de cómic, les posibilita un universo ficcional donde pueden convertirse en superhéroe y compañero de aventuras, doctora y damisela en peligro.  Están jugando a jugar, el público lo sabe y es allí donde se logra la máxima identificación: ¿Quién no se escondió en un mundo paralelo?
Misterix es la personificación del macho seguro de sí mismo que se impone con poca sutileza a los casi adolescentes. Talo Silveyra encarna al niño que más sufre estos mandamientos: sus anteojos rotos, su pelo engominado y esa camisa que quiere salirse del pantalón se enfrentan a la humillación sistemática por parte de su amigo/enemigo Chiche. Las burlas y las ganas de convertirse en su superhéroe lo hacen enfrentarse a sí mismo: ¿deberá recurrir a la violencia o a la introspección? La elección de esta última son los fragmentos que equilibran el espíritu festivo de la historia.
La música, a cargo de Mariano Cossa, es la responsable de contextualizar la historia al son de Palito Ortega y baladas cincuentonas que prometen amor. Los límites del escenario son tan difusos como las respuestas que carecen los personajes sobre su cercana madurez. Las luces y las proyecciones de Misterix advierten al espectador que entraron al terreno de la fantasía, ya no se utiliza más el lenguaje coloquial que rige la realidad de los niños, ahora son Misterix y son secuaces, son gente adulta. Si pertenece al sueño, al juego, a la realidad o una fantasía es claro gracias a una dirección acertada de Lombardo, todos los elementos escénicos parecen conjugarse para transportar al espectador hacia la misma sintonía que los personajes.
A diferencia del comienzo de la pubertad, Chau Misterix fluye. Entre personajes excesivamente opuestos y actitudes en las que el espectador puede reconocerse como responsable o víctima, se inserta un mundo lúdico que empieza a desmembrarse para tomar los tintes de una fantasía erótica. Si es 1960, 1980 o 2012 poco importa, la perdida de la inocencia llega igual.
Un efecto de realidad, según Roland Barthes, se produce cuando el espectador tiene la sensación de transportarse en un universo simbólico: no confronta una ficción artística sino a un hecho real. Es la mano lastimada del hombre que interpreta a un niño humillado que funciona como la puerta de entrada a la propia infancia, a los propios temores e incomprensiones del mundo. La puesta de Chau Misterix ofrece un material tan maleable, compuesto por la música, las luces y las actuaciones de los opuestos personajes que la identificación es instantánea, aunque no unívoca. El espectador cambia de bando y pasa de la risa a la contención de lágrimas con la misma rapidez con la que se termina la infancia.
La puesta de Lombardo es el puntapié para que el público reconstruya su mundo lúdico, a veces oxidado, que rechaza un no como respuesta. Quedará a merced de cada espectador aprovechar la oferta.
*Chau Misterix se presenta los viernes a las 23 en El Tinglado, Mario Bravo 948, Capital Federal