La actriz, dramaturga y directora Mariana Chaud montó una historia de amor entre un jardinero y una socióloga, unidos en el desafió de construir una huerta orgánica. En la obra se ofrece una mirada delicada y novedosa sobre el amor, a partir de un tratamiento anclado en la belleza.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de prensa
Buenos Aires, abril 3 (Agencia NAN-2012).- El amor no es El tema del teatro. Abunda en canciones y en películas, pero en el teatro, y sobre todo en el independiente, nunca tiene un lugar central. Salvo que se hable, por ejemplo, de amor entre personas del mismo sexo. ¿Será esto síntoma de una oposición? ¿Lo cursi versus lo intelectual? La actriz, dramaturga y directora Mariana Chaud –acostumbrada a abordar el humor– tuvo que sacarse sus propios prejuicios para crear su nueva obra, En la huerta (domingos 19.30 en Espacio Callejón, Humahuaca 3759). Y el espectador “medio” del teatro tendrá que hacer lo mismo, pues esta obra es antes que nada una historia de amor, aunque tenga otros condimentos.
Esta historia de amor transcurre en una casa de campo, y tiene como protagonistas a una socióloga y un jardinero, unidos en el reto de construir una huerta orgánica. La obra gira en torno a una serie de oposiciones interesantes: el saber académico y el popular, la razón y la intuición, el sentido común y las reglas. Mientras todo eso se debate, haciéndose carne en los cuerpos de dos actores muy bellos (Moro Anghileri y William Prociuk), los personajes viajan progresivamente a la concreción del deseo. Entre ellos, que son rivales en la construcción de la huerta, se genera una atractiva complicidad y un juego de seducción que tiene mucho que ver con los placeres del cuerpo, pero también con los sentimientos.
El amor entre Ingrid y Pablo tiene un marco, que hace que la mirada sobre el amor no caiga en un lugar cursi o telenovelezco (aunque algo de esto último hay, y no hay que renegar: los actores logran que su adrenalina llegue a la platea, por no decir su calentura). En fin, Mariana Chaud acertó y fue ingeniosa en enmarcar a la obra en un libro que es un clásico de la contracultura de los ’70, Guía práctica ilustrada para el horticultor autosuficiente, de John Seymour. Aquí, el escritor y activista inglés daba instrucciones para autoabastecerse de alimentos.
“La lectura del libro de Seymour, que para muchos marcó un antes y un después en los años ‘70, funcionó para mí a la vez como estímulo y como guía. Además de contener instrucciones para hacer una huerta orgánica sin químicos ni insecticidas, propone una manera de trabajo que implica una filosofía de vida. Estas reflexiones de gran valor literario acompañadas por las fabulosas ilustraciones del manual inspiraron la mayor parte de los diálogos que aparecen en la obra así como también algunos de los temas que se desprenden de ella”, explica Chaud. Entonces, mientras Ingrid está completamente obsesionada con el libro de Seymour, lo lee y lo relee y quiere aplicar lo que dice al pie de la letra, Pablo la pelea y le retruca, apoyando sus argumentos en un conocimiento que no viene de los libros sino de la tierra, y por el que fue contratado por la mujer.
Con todo, Chaud ofrece una mirada delicada y novedosa sobre el amor, a partir de un tratamiento anclado en la belleza. La pretensión estética está a la vista, en la belleza de los actores y de un espacio escénico en el que predomina la clorofila. La atención está claramente puesta en los detalles: los pequeños gestos, los movimientos y el resonar de las palabras. Chaud pertenece al grupo de dramaturgos que sigue apostando al texto y se nota, porque la obra no está exenta de poesía. Y no podría ser de otra manera tratándose de amor.
Moro Anghileri y William Prociuk llevan adelante un trabajo también delicado, acorde a lo que pide la obra. Le escapan a los estereotipos y consiguen una identidad propia, tan clara que es capaz de fundirse con la del otro para sostener la dualidad entre tensión y armonía que es característica de En la huerta, y de tantas historias de amor que se le parecen mucho.
