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Elevé en No Avestruz.-

En la última obra de Paula Etchebehere, las actrices de Grupo La Chancha intentan –a través del canto, la danza y el teatro– modificar su destino: el de “ser minitas”. Pero no lo consiguen.

Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de Elevé

Buenos Aires, septiembre 13 (Agencia NAN – 2011).- Siete azafatas, una sola mujer, remontan vuelo a bordo de ese avión que es el vivir la vida en clave femenina. Una relación amorosa con «el» hombre. El vínculo siempre tormentoso con «la» madre. El desafío que impone el reflejo que devuelve el espejo, ininterrumpido, inacabado, imperfecto.

A ese viaje no le falta nada, ni siquiera la obligación de, como todo personal de embarcación de cualquier línea aérea, estar allí para hacer de la vida de los otros confortable en extremo: para cumplir órdenes, deseos y caprichos. Siempre ajenos. En Elevé, la última obra de danza teatro dirigida por Paula Etchebehere, las actrices de Grupo La Chancha intentan, pero no logran modificar su destino: el de “ser minitas”.

En poco menos de una hora, un trozo de la vida de Geraldine cobra forma en el espacio de la sala del Teatro No Avestruz (Humboldt 1857), destinado al escenario. Las actrices interpretan pequeños fragmentos de su vida, que podría ser la de cualquier mujer entre los 12 y los 40 años. Cada una de las siete bailarinas/actrices/cantantes marca una faceta de ese caleidoscopio en el que empieza a convertirse una fémina desde que pisa el suelo de la pubertad y la adolescencia, hasta que aterriza nuevamente en el polvo de la adultez, pasando por el hermoso vuelo de la juventud. Sufre, goza y se conforma.

Bien realizado ese caleidoscopio, meta cumplida en un trabajo compartido por todo el equipo que lleva a cabo el espectáculo. El vestuario de cada una de las “chanchas”, su peinado e incluso su fisonomía –son todas distintas: rubias, morochas, castañas y pelirrojas, petisas y bien altas, escuálidas y morrudas– logran el mérito de la diferenciación, objetivo que también cumplen ellas mismas desde la composición de los personajes: todas una Geraldine igual y a la vez ajena. Cada una de las siete es una forma distinta de bailar, de cantar cada frase, de vivir cada situación, incluso de tomar el micrófono. Sí. Un micrófono las aguarda en un extremo del escenario para que, cada una a su turno, lo tome, lo acaricie con suaves palabras o lo sofoque con estruendosos gritos.

«La» madre pone bajo los reflectores a la vejez, la oscuridad y, si se quiere, hasta la envidia por esa niña que crece y la dejará de lado. La vieja, monstruosa literalmente, rígida, malvada –el único personaje que desarrolla pasos básicos de danza clásica, disciplina fría y estructurada si las hay, sobre una zapatilla de mediapunta; en la otra calza una pata de rana–, es aquella que no deja de recordarle nunca a la joven Geraldine que crecer duele. No puede no doler. Tiene que hacerlo, y mucho. Los gritos desgarradores de esa horrible mujer lo demuestran.

Sobre «el» hombre, en cambio, caen el deseo descontrolado, el amor indiscutido y, finalmente, el tedio irremediable. El tipo, un piloto de avión ausente en todo momento salvo desde lo discursivo, es quien la hace sentir única, distinta en el sentido de que logra que Geraldine se eleve por sobre sus pares, otras bobas enamoradizas que mueren por verla caer de la nube. El sonido cachondo de una mujer susurrando –no importa si cosas chanchas, retos o sermones– le da la bienvenida al deseo en el ambiente. Y cae, por que el embelesamiento dura poco para todos. El impacto en Geraldine la convierte en jefa de hogar, en sostén y único ser vivo en ese vínculo amoroso que deja de ser eso y todo lo demás.

Sí, Elevé exagera un poco, ironiza bastante y satiriza en la medida justa las situaciones «tipo» por las que Geraldine –y todas– pasamos en cada una de esas etapas emblemáticas de la vida. ¿Cómo? A través del teatro, la danza y el canto, sin que ninguna de las disciplinas artísticas se destaque por encima de la otra. En realidad, las tres acaban siendo utilizadas dramáticamente sin el despunte puntilloso de cada técnica. Sin vueltas: no se encuentran en Elevé excelentes cuadros de baile, brillantes vocalizaciones ni performances actorales que pasmen a quien vea la obra.

Pero nada de eso es necesario: el hecho de que el trabajo sobre el escenario de Belén Bottaro, Paula Caldirola, Natalia Pena, Lucía Ribera Bonet, Micaela Sananes, Eugenia Saulquin, y Daiana Villar no sea perfecto cuadra –valga la redundancia– perfectamente con el reclamo que nace de la obra misma: ¡la mina (una vez más) perfecta no existe!

*Elevé permanecerá en cartel hasta el 29 de octubre. Todos los sábados a las 23 en NoAveztruz.