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Libros: “500 lugares para vivir” (Kosice, 2010).-

Al poner en crisis los cimientos de la urbe, el fundamento de la Ciudad Hidroespacial de Gyula Kosice es contrario al positivista: su proyecto –de más de 60 años– tiene la forma de los deseos y las frustraciones de sus habitantes y es, por eso, revolucionario.



Por Facundo Gari

Buenos Aires, agosto 29 (Agencia NAN-2011).- Si el arte tiene una tarea fundamental más allá de la sublimación de las pulsiones asesinas, tal vez sea la de suponer mundos, aunque a primera vista se trate de proyectos irrealizables. Albert Einstein dijo que “si lo puedes imaginar, lo puedes lograr” y en la literatura abundan las ficciones anticipatorias, luego realidades consumadas. El de Julio Verne es el caso más resonante y romántico.

Pero la imaginación no sólo permitió vislumbrar —en su intrínseca vinculación con la ciencia— el submarino o Internet antes de existir, sino además ciudades completas que no existen, con lógicas propias y complementarias, caso Macondo, la Ciudad de los Inmortales o las urbes de Ítalo Calvino. Mayormente, se trata de ciudades que anteceden los deseos de sus habitantes. Son, en ese sentido, crueles: es el ser humano el que debe adaptarse a sus mecánicas. No parecen, además, civilizatorias, en tanto requieren de una tensión de conciliación que también primaría si la humanidad aún habitara las selvas, amén de las distancias.

No se trata de suprimir las ciudades, sino de poner en crisis sus cimientos. En ese camino, el fundamento de la Ciudad Hidroespacial de Gyula Kosice es contrario al positivista: su proyecto —de más de 60 años— tiene la forma de los deseos y las frustraciones de sus habitantes y es, por eso, revolucionario. En 500 lugares para vivir, el artista plástico hace un racconto de los ámbitos de esa arquitectura pulsional, valga el oxímoron.

Sirvan unos pocos ejemplos:

– Lugar de vacaciones intermitentes.

– Lugar para destruir la angustia.

– Lugar para alentar el fluir de la pasión.

– Lugar para exclamar ¡basta de libros de quejas!

– Lugar para que la tendencia a la notoriedad esté impugnada desde la conducta marginal.

Se notará que, en desmedro de la forma habitacional, prima el contenido, siempre orgánico con respecto a los principios del elemento fundacional de la obra del escultor y teórico húngaro, argentino por elección: fuente de energía, movimiento, fluidez, pureza, fuerza lumínica. Prima porque lo importante es la relación entre lugar y habitante y no esas instancias individualizadas. Prima porque “no puede haber una ciudad en verdad nueva si no se diseña en función de unas formas de vida igualmente inéditas”, como entiende Rodrigo Alonso en el prólogo del libro.

“El hombre no ha de terminar en la Tierra” es la inquietud que Kosice declaró en la revista Arturo que dio origen a la Ciudad Hidroespacial, aparecida en el manifiesto de 1946 del movimiento Madí, del que el artista de 87 años es mentor: su arquitectura debería ser “ambiente y formas desplazables en el espacio”, a 1500 metros de altura. Ese carácter móvil de esta ciudad (¿por qué no?) en ciernes justifica la vinculación de la arquitectura con la poesía, de la realidad con la metáfora, de la metáfora que es la vida con la metáfora que es la metáfora en la metáfora que es la vida. Ad infinitum.