La llegada de un hombre al seno de su familia, del que estuvo ausente durante treinta años, es el nudo a través del que la puesta anda y desanda las miserias más profundas del ser humano, en sus deseos e intentos más primitivos por sobrevivir a la realidad cruel.
Por Paula Sabatés
Fotografía de Martín Lo Nigro
Yo soy Juan, el último aparecido
Todas las sombras ya danzaron
Alrededor y adentro mío
León Gieco
Buenos Aires, agosto 09 (Agencia NAN-2011).- Juan, pieza teatral de Miguel Tabarovsky, habla de los silencios. O, mejor dicho, de los silencios de alma, de lo que ésta es capaz de callar con tal de alivianar un poco los dolores más crueles. En la obra, un hijo regresa a su casa materna luego de treinta y cinco años de exilio y su llegada, lejos de unir a la familia, produce un profundo estallido interno que desbarajustará todos los lazos. Alberto -así se llama- descubre que en su hogar no todo funciona tan bien como le contaban por carta: en ellas, sus padres le decían que su falta era evidente y dolorosa, pero que se alivianaba por la presencia de Juan, un hombre que había llegado al pueblo y se había instalado en su casa, y que los hacía muy felices. Una vez de regreso, Alberto pide conocer a Juan y desde entonces todo se vuelve un mal sueño, un caos irresoluble, una puerta a las verdades que nadie quiere asumir.
La puesta también habla con los silencios, aunque eso suene contradictorio. Es, muchas veces, en ellos donde está la clave para entender las roscas de la pieza (ah, sí, Juan es una obra de misterio). Y es también en ellos donde se pueden ver claramente los aciertos actorales, centralizados en parte en algunos miembros del elenco (aquellos, curiosamente o no, a quienes les tocaron papeles menos realistas, como la hija-hermana alcohólica y el empleado idiota), pero bastante parejos en general. Los secretos ocultos, las deudas pendientes y las culpas conocidas, pero no asumidas son situaciones que se sostienen a lo largo del espectáculo. Aun así –y esto es siempre grato-, el final se muestra como revelador y sorpresivo, dando cuenta de un texto dramático y con una trabajo minucioso.
Como en una buena película de la Nouvelle Vague –ese fantástico movimiento cinematográfico de mediados de los 50´ que se oponía al cine clásico a través de toda una serie de procedimientos estéticos y narrativos-, Juan intenta una exploración del tiempo, sobre todo en lo que tiene de vivencia subjetiva. La investigación sobre éste aparece en la obra como un elemento de importancia estética, que además tendrá que ver con el final de la historia y, en definitiva – se entenderá cuando se vea la obra-, con toda la trama. En este camino de búsqueda, hay una valoración, también, de los tiempos muertos en el relato, sobre los cuales se investigan los elementos dramáticos y las posibilidades actorales.
María Marta Viladesau, Eduardo Ezon, Gloria de Luca, Juan Carlos Muñoz, Miguel Tabarovsky, Alicia Lambré y Rubén Hernández, también director junto con Claudio Tumminello, le ponen el cuerpo a personajes que están puestos en un primer plano, cada uno con sus “quiero” dramáticos bien determinados (esto es, los medios que los conducen a sus fines). Y aunque si bien al final lo importante es la ligazón de causas y efectos, durante todo el relato el énfasis está más bien puesto en la acción, en detrimento de algunas historias que en muchas ocasiones tienen lagunas (aunque esto sea a propósito, y no una mala jugada del dramaturgo).
Juan es una pieza para pensar. Por un lado, en el mensaje que intenta dar. En las miserias más profundas del ser humano, en sus deseos e intentos más primitivos por sobrevivir a la realidad cruel. Por otro, en las múltiples posibilidades de la puesta, de la nueva escena si se quiere. En que es posible generar climas con muy poco, en que pueden combinarse los diferentes elementos de la representación (la escenografía, sobre todo, que hacia el final juega un papel más que determinante y bien logrado) para llenar los baches que la lingüística, el texto dicho, por su carácter insípido, incoloro e inodoro no puede.
*Juan se exhibe los viernes y sábados a las 20.30 en el Teatro Luisa Vehil, Hipólito Yrigoyen 3133.