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La poesía como una escalera hacia la libertad.-

Como peldaños, cada uno de los versos de Olga Guzmán le permiten burlar el encierro. La morena, de 34 años, nacida en Paraguay, ya pasó casi la mitad de su vida en la cárcel y allí descubrió su verdadera vocación por la escritura que recientemente se transformó en Esta vez decido yo, su primer libro de poemas editado con prólogo de Osvaldo Bayer. Desde allí intenta quebrar los eslabones de la cadena represiva de la prisión, para contar lo que no puede decir con la voz, sobre lo que ve, siente y sufre adentro de la Unidad 3 de Ezeiza.

Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de Argentina Indymedia

Siempre anhelé una casa grande
Y mi deseo se cumplió.
De repente me encuentro
en un lugar donde sobran las puertas
Prefiero estar en la calle,
poder caminar hasta desvanecerme
Sin puertas, sin rejas, sin muros.
¿será que mi suerte está en algún lugar?

(Fragmento del poema Anhelo, de Olga Guzmán)

Buenos Aires, julio 8 (Agencia NAN – 2011).- En las cárceles, la libertad juega al disfraz. Aquellos que cargan con el peso del encierro hablan con ella a espaldas de las rejas y negocian una simulación, una mentira a medias que se convierte en la única verdad posible. Así, la libertad puede jugar a ser guitarra o canción; libro o biblioteca. Mate, flor e incluso veneno. Puede vestirse de rayo de sol para entrar a la cárcel de Devoto, donde las ventanas son lo suficientemente altas para evitar que el día se abra a los hombres que la habitan. Simular ser papel y palabra(s) para acompañar las horas de Olga Guzmán, condenada a morir en la Unidad 3 de Ezeiza. Pero un día, tanto para unos como para otras, puede convertirse en una ronda que les permite verse las caras, compartir tristezas de fondo y sonrisas de paso. El centro de esa ronda, nacida hace una semana en el salón del pabellón donde funciona el Centro Universitario Devoto (CUD), puede ser Esta vez decido yo, poesía desde el encierro, el primer libro de Olga.

Una libertad disfrazada de encuentro
Luego de un arduo tramiterío que significó la negociación con el Servicio Penitenciario Federal, la hermosa mujer que además de poeta es artista plástica, cocinera y jardinera en los confines de su propio buzón (celda), logró el permiso para llevar su libro, su cuerpo, su voz y el sonido de todas las de las mujeres presas en Ezeiza, al encierro masculino en el barrio porteño.

El logro no fue gratuito. De bienvenida, los penitenciarios usaron dos palabras y un par de risitas socarronas para denigrar aquerosamente a la poeta y a Karina “La Galle” Germano, compañera de encierro, presa política y huésped de Ezeiza desde 2002.

–Vienen a presentar un libro– explicaron los azules del Conurbano.
–¿Ah sí? ¿Cómo se llama?–, consultaron sus colegas porteños.
–Las hemorroides–.

“Situaciones como esas son las que me dan las herramientas para poder escribir. Aprendí a convertir esas situaciones violentas en valentía, en fuerza, en respuestas”, reveló la morena ante la medialuna que la abrazó y la protegió del frío de ese viernes –el primero de julio–. Es que los penitenciarios tampoco se olvidaron de distinguir a los muchachos de Devoto. Poco menos de media hora antes de que Olga llegara a Devoto, una requisa “especialmente brutal e inesperada (suele suceder por la tarde, pero el viernes de visita especial arrasó pasadas las 11)” llegó como regalo de los carceleros. “Usualmente prendemos un horno grande que siempre está acá para calentarnos. Pero la requisa se lo llevó. Deberemos soportar el frío, compañeros”, explicó suave, respetuoso, un hombre cubierto con un composé celeste de prolijo jean, camisa y pulóver.

“Tuvimos que lavar lo que ensuciaron, tratar de arreglar lo que rompieron y descubrir lo que robaron”, continuó. Desde el anonimato, uno de miles que purgan la debilidad del sistema social imperante con el encierro obligado en Devoto, se paró detrás de un improvisado micrófono y se excusó por el asunto como quien le pide disculpas a sus huéspedes por el desorden de su casa.
El abrazo colectivo para Olga. Rondas incesantes de mate cocido para los invitados –los locales, los de afuera, los coordinadores de los centros universitarios de ambas cárceles, periodistas, escritores, curiosos, militantes–.

La gloriosa sensación de ejercer un acto libertario para los muchachos de Devoto. Es que, en ese par de horas, el mimar a quien viene de visita fue la libertad hecha acción. También lo serían, con el correr de la tarde, la poesía en la voz de la locutora Liliana Daunes y de algunos habitantes de Devoto; la música de Diego y Noemí; el debate posterior con docentes del CUD. “Estamos aquí para celebrar a Olga, pero también para compartir maneras de resistencia a las injusticias, a los abusos, a la violencia, al encierro”, destacó Claudia Korol, coordinadora editorial de la producción literaria en presentación y miembro de América Libre, la editorial que permitió su existencia física del libro.

Una libertad disfrazada de lapicera y papel
“Este libro fue un accidente”, aseguró Olga, en diálogo con Agencia NAN. La morena de ojos pardos y pesado pelo lacio, nacida en Paraguay reveló que encontró en la lapicera, el papel, y las palabras el puente perfecto para “decir a quienes necesitaba aquello que no salía con la voz”. “El papel cuenta lo que no puedo decir. Me es incondicional, no tiembla, no teme, no se apaga”, describió. Se aferró a esos instrumentos para “romper el encierro. “La poesía libera”, añadió.

Los versos de cada uno de sus poemas son tenazas que quiebran los eslabones de diferentes cadenas: el tiempo, el encierro, la injusticia, la lejanía de la tierra nativa, de los afectos personales, la falta de amor y las nuevas clases que inventa junto a sus compañeras.

La liberación comenzó en 2003, cuando la Justicia paraguaya decretó su encierro, y continuó en la oscuridad que vivió –y aún vive– en Argentina. Sin embargo, la poesía de Olga recibió de sus compañeras el empujón para dar el paso desde la privacidad de los buzones y pabellones a los extramuros que permite la edición de un libro. “La Galle me dijo que escribía cosas lindas. Juntas se los mostramos a los docentes del Centro Universitario Ezeiza –depende, al igual que el CUD, del programa UBA XXII— y a los coordinadoras del taller de periodismo que Pañuelos en rebeldía y la Agencia de Noticias Rodolfo Walsh desarrollan en la Unidad tres de ese penal. El camino hacia la publicación fue un hecho. “Nadie puede hacer nada solo”, sentenció la poeta.

La libertad disfrazada de humanidad
Con una paz que cuesta enhebrar como carácter distintivo de una persona que sólo puede y podrá pisar unos pocos metros del siempre mismo suelo, la artista intenta sacarle el jugo al encierro: “Al tener tanto tiempo libre, uno puede descubrir los talentos con los que cuenta. A mucha de la gente en libertad le pasa que, por correr con las rutinas de su vida, acaba borrando su talento”. En la cárcel, ella desempolvó el suyo, lo lustró y hoy disfruta de su brillo permanente.

Sonriente, Olga se siente dueña justa y soberana del talento de la escritura –y también de la pintura–. Lo demuestra al caminar, al hablar, al compartir. Lo demuestra en su manera de ser quien es. Sus poemas cuentan tristezas, rabia y huecos desde la autoridad indiscutible que le permite una inquebrantable confianza en sí misma. “Sigo escribiendo, quiero publicar otro libro. Pinto sin cesar, sin reparos, sin límites”, remarcó.

Allí en los límites que imponen las capacidades con las que Olga supone que se deben contar para escribir es en donde la artista deposita las diferencias entre la escritura y la pintura. “En la pintura no existe la perfección. Pero la poesía es mil veces más pasional”, sostiene.

La Olga “mujer”, imposible de ser escindida de la Olga “poeta”, de la Olga “pintora”, entiende sin escatimar en reproches a sí misma que esa que alguna vez soñó ser es inalcanzable; acepta y conoce hasta el último detalle de esa que es hoy; y se niega rotundamente a rendirse como “un producto del Servicio Penitenciario federal”.

En esa estructura, el arte y la confianza que las personas que desde la libertad coordinan talleres de estudio y otras actividades pabellones adentro depositaron en ella así como también en el resto de los presos y presas que se integran en ellos, tienen mucho que ver. “El sistema de encierro busca limar hasta la última pequeña condición de ser humano que tiene un preso. El arte, el estudio, me permitieron recobrar esas características. Me devolvieron ese sentimiento de ‘ser persona’. Redescubrí que puedo hacerme escuchar, puedo hacerme sentir”, reconoció ante Agencia NAN. El mensaje alentador fue para los muchachos de Devoto, casi en exclusivo: “Fuimos proyectos de delincuentes, pero somos otra cosa”.