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Libros: “El trabajo” (Aníbal Jarkowski, 2007).-

El universo laboral, el erotismo, las relaciones de poder y la violencia de género se entrelazan en una novela tan ficcional como política a la que le fascina caminar en los límites, haciendo equilibrio, sin dejar de mantenerse firme.

Por Ailín Bullentini

Buenos Aires, julio 4 (Agencia NAN – 2011).- Una mujer, las diferentes situaciones de abuso que debe soportar a la hora de buscar y mantener un puesto de trabajo que le permita subsistir, y la(s) manera(s) que encuentra de digerirlas y hacerlas carne son los ejes que componen la columna vertebral de El Trabajo, una novela de ficción a la que le fascina coquetear con límites, bailar haciendo equilibrio sobre ellos, amagar con cruzarlos sin dejar de mantenerse firme.

De principio a fin, la obra del escritor Aníbal Jarkowski –nacido en Lanús–, camina erguida entre los trabajos de denuncia y los panfletos machistas que avalan la violencia de género en sus aspectos más intrincados; se desliza entre las fronteras que separan las novelas fantásticas de las autorreferenciales, las dramáticas de las eróticas. Todo, sin cerrar trato con uno y otro grupo de pertenencia. Como El Ciudadano, El Trabajo es una historia universal en cuanto a lo que el mundo literario se refiere: puede integrar todas las regiones sin quedar atrapada en ninguna.

Alguien empieza a contar los rutinarios, grises y escuálidos días de Diana, una mujer (todas las mujeres) cuya vida, en sus treinta, está signada por la búsqueda de un trabajo. Una búsqueda que no es nueva. Una búsqueda cuyo crecimiento es diametralmente proporcional a la reducción de su dignidad, aunque aquello no se remarque desde ninguno de los personajes. El cuerpo femenino como única herramienta con la que la mujer cuenta para poder sobrevivir por sí misma, según las reglas de juego del mundo narrativo (este mundo), es una realidad que atraviesa a todas “ellas” en El Trabajo.

La protagonista es una secretaria cuya actividad principal es mostrarse a su jefe, quien dedica unos minutos cotidianamente a mirarla desde un sillón como si estuviera frente a una pornográfica. Naanim, Djalma, Maryfer y otras tantas se disfrazan de morbos que desmenuzan, prenda a prenda, sobre el escenario de un antro oscuro y con olor a semen. Otra muchacha recorre una ruta sin escalas desde un corriente puesto de recepcionista a prostituta de cualquier esquina.

Sin embargo, Diana no se queja –tampoco las otras– del malestar que le genera el vivir de la prostitución, cualquiera de los grados que El Trabajo refleje. Se sienten denigradas, reducidas, mínimas, pero nunca lo dicen. El autor nunca lo pone en sus bocas, sino que lo intercala en el sentido general de su obra. La única voz que deja traslucir un atisbo de intención de reflejar la injusticia que invade la realidad de las protagonistas es la de ése que cuenta la historia de Diana y de las demás. ¿El autor del libro? ¿Un escritor ficticio? La primera persona de El Trabajo permite fantasear entre estas dos opciones, sin dar más pistas por una u otra. Un escritor de novelas eróticas frustrado, un mediocre periodista cuya creatividad le cava una tumba de la que nunca logra salir.

En el coqueteo con las variedades, los valores humanos y la violencia género disfrazada de cotidianeidad navega El Trabajo y sus páginas empujan (obligan) al lector a sumergirse en ese mar. Por momentos, el patético mundo de las mujeres de esta historia calientan al lector, aunque inmediatamente lo cacheteen indagándolo acerca de la corrección de esa calentura. El amor, en las páginas de la novela, sólo puede existir entre las violadas, las abusadas, las denigradas. Y eso, eso sí puede encender todos los fuegos sin censura.