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Marcelo Katz: “Hacemos acrobacias internas”.-

De lo que se puede y de lo que no trata el nuevo espectáculo de uno de los clowns más reconocidos del ámbito local. La piedra basal de Hazañas es, precisamente, la aceptación tanto de los éxitos como de los fracasos. “El clown toma en joda lo que le pasa en serio”, define Katz. La máxima clownesca se materializa en este espectáculo para grandes y chicos, y con músicos en vivo.

Por Lola Kuperman
Fotografías gentileza de Hazañas

Buenos Aires, marzo 18 (Agencia NAN-2011).-
El último mate se lo disputan los clowns que dan los toques finales al maquillaje con el que saldrán a escena. Está por empezar Hazañas, la nueva obra de Marcelo Katz, codirigida por Marcos Arano, en el Centro Cultural Recoleta (viernes 19.30, sábados y domingos a las 19). Los clowns, según Katz, eliminan el concepto de cuarta pared y dialogan sin tapujos con el público. Hasta abril inclusive, el espectáculo con músicos en vivo en el Patio del Aljibe se ofrece a quienes deseen una tarde-noche lúdica para reírse con las hazañas que salen. Pero sobre todo, con las que no.

Katz recuerda la frase “vos si que te divertís barato” y la relaciona con la esencia del mágico oficio del clown. Luego aclara que “barato” sólo entre comillas, porque es imprescindible mucho trabajo y entrenamiento previo. Sin embargo, cuando los clowns de Hazañas se hacen presentes en escena, se percibe que no necesitan nada más que a ellos mismos. Ante ese fenómeno efímero del teatro, Katz recalca ante Agencia NAN: “Eso es lo que al público le genera sorpresa, extrañeza y admiración, con nada generamos un mundo”. Lo que está claro es que ellos se divierten y que, definitivamente, divierten al público.

Nosotros y ellos, ellos y nosotros

— ¿Existen reminiscencias de la cuarta pared en el clown?
— Realmente trabajamos sin cuarta pared y en un diálogo en tiempo presente entre el clown y el espectador. El material escénico que se fue generando durante los ensayos comienza a cerrarse cuando se lo entiende con el público, ellos son los que indican qué lugar de paso finalmente se convierte en un lugar que engorda. Con cada función, hay más elementos fijados y menos espacio para moverse. La idea es estar abierto para latir realmente con el público, siempre existen pequeñas y casi imperceptibles modificaciones en cómo el personaje está sintiendo la escena, a sus compañeros y al público. Si existe la cuarta pared, cierra el teatro por detrás.

–¿Cómo pesa el público en la balanza de la construcción del clown?

–El primer eslabón en la cadena es el clown mismo, trabaja para sí mismo y después para el público. Una de las cosas que me interesan y me maravillan mucho del oficio es que cuando estás tocando las buenas cuerdas, te empiezan a pasar cosas de diverso calibre y color. Y luego, le regalas al público tu transito por diferentes emociones y sensaciones. Los espectadores no sólo disfrutan de lo que hace el clown, sino lo que hace con eso que le pasa. Y para que funcione, el clown no debe nunca olvidarse de pasarla bien.

— La obra pasa por diferentes momentos, no apunta siempre al humor, ¿Cómo se logra un equilibrio orgánico?
— Trabajo mucho con tres hebras: lo visual, lo poético-emotivo y lo cómico. Ahora, en el Patio del Aljibe del Recoleta, no hay cámara negra y hay demasiados estímulos externos, como los pájaros, los aviones, las campanas, las frutas que caen de las palmeras… Entonces en Hazañas a lo poético le doy poco lugar porque es más difícil armar climas tranquilos.

— ¿Cómo se adapta el intérprete a las tres hebras que propone?
— Hay algunos actores que van específicamente a lo motivo y otros a lo cómico. A partir de lo que esté necesitando en el espectáculo, propongo disparadores para su material interno y a través de ciertas consignas y propuestas que llevo al ensayo, los voy guiando entre lo emotivo y lo cómico. Mismo en las funciones, los actores me dicen, “la gente se río” pero yo no quiero romper el clima, quiero que pase otra cosa. Aunque está en la balanza si doscientas personas se ríen o no, muchas veces, la risa embriaga a los clowns. Por eso, es necesario estar afuera y no engolosinarte, poder meter distintos colores y decidir que querés en cada momento. De todos modos, a nosotros nos gusta mucho hacer reír, somos payasos.

— ¿Cuál es el límite entre la creación individual y el papel del director?
— Hay clowns que improvisan dentro de la línea de lo que tiene que contar el espectáculo y del olor que produce. De diez cosas que prueban, todas podrían haber quedado, mientras que con otros, de las diez, prácticamente ninguna porque no supieron entenderme, ni al espectáculo. Yo quiero que prueben, pero hay gente con la que hacemos tan poca empatía en ese campo de improvisación que prefiero que no jueguen nada. Mi rol desde afuera es marcar lo que fue un golazo, lo que no se debe volver a hacer y que hagan ciertas cosas por impulso.

— ¿Un clown toma sus rasgos característicos y los exacerba?
— No existen dos clowns iguales porque cada uno tiene colores distintos para poner en juego y porque no existen dos personas iguales. Así como una persona lleva una carga genética de sus padres y de sus antepasados, el clown lleva una gran carga genética del actor que lo está componiendo. El trabajo es uno puesto en juego. En la escuela decimos que es “tomarse en joda lo que te pasa en serio”. Lo que es tu paranoia, en escena puede hacerte divertir y que haga disfrutar a los otros. Cuando ves que no es tan terrible y que a la gente le divierte, se licuan muchas cosas que antes te pesaban.

— Entonces, ¿es un medio para fomentar el amor propio?
— Sí, porque cuando aprendés a tolerar lo que sos y quién sos, con lo bueno y con lo mano, es una gran manera de amigarse con uno mismo y usarse escénicamente. Ese enorme trabajo de hacer las paces con uno es duro y al mismo tiempo espectacular, y el camino, si uno no está buscando el resultado, también es un golazo. Yo hace seis años que no actúo y ahora estoy por estrenar un unipersonal que tiene que ver con la historia de mi vida. Espero estrenar antes de mayo, disfruto mucho estar en escena, actuar es mucho más fuerte que dirigir.


El estado lúdico

— Ante una obra como Hazañas, ¿es necesario un retorno a la niñez o los adultos recuperan su capacidad de juego?
— Creo que la gente que se sienta a ver un espectáculo de clown está mirando por una cerradura su infancia perdida. No se trata de juegos de gran tecnología, sino que tienen que ver con un universo que todo el mundo habitó. El clown recupera el jugar como los chicos, no haciéndose, sino como un adulto que ya creció y que tiene sus alegrías y sus cicatrices y a la vez, que logra recuperar la capacidad lúdica de los niños y los cachorros. Lo que hacemos nosotros, esas grandes acrobacias internas, todos las conocimos, la capacidad de divertirse con nada, de no controlar la cabeza y desde ahí, se recupera la infancia.

— ¿El adulto perdió la capacidad lúdica?
— Es muy difícil, estamos muy metidos en la educación occidental que te marca un camino que tiene que ver con la creatividad, con ser inteligente y educado. Y a la vez, hay una gran estandarización de la corporalidad, de los movimientos, y hay que desandar mucho camino para recuperar un cuerpo abierto, lúdico, espontáneo, con una cabeza que este a posteriori del “qué divertido”, y no a priori. Lleva años el entrenamiento del clown, el amigarse con el vacío y con el no saber, con el momento de caos que precede cualquier estado de orden lúdico. Una primera clase de la escuela me respondería la pregunta, cuesta mucho recuperar esa capacidad y ponerla en juego.

— A fin de cuentas, ¿cuál es la gran hazaña para Marcelo Katz?
— Poder vivir lo que te esta pasando con aceptación, con tolerancia, con alegría, eso es una hazaña. Hay algunas pocas cosas que es difícil vivirlas así, pero la mayoría de nuestras mufas y chinches y decepciones diarias son cosas que cuando estamos abiertos y livianos la podemos vivir de otra manera, que no son tan pesadas como para arruinarse la tarde. De eso trata el espectáculo, de las cosas que salen y las que no.