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Sara Joffré: “En Perú hay mucha gente pobre haciendo teatro”.-

Es una de las dramaturgas más importantes de su país. En otras épocas se abocó también a la dirección y a la actuación. Es una gran promotora del movimiento teatral peruano: en 1974 fundó un festival que todavía persiste, sin ningún apoyo estatal. En esta entrevista, esta joven de 75 años se autorretrata, comparte su visión sobre el teatro de su país, el latinoamericano, y sus impresiones, que parecen instantáneas, de cuando conoció al Che.

Por María Daniela Yaccar
Fotografías de Cecilia Villegas

Buenos Aires, diciembre 17 (Agencia NAN-2010).- Ésta es una de esas notas que comienzan en la intuición, con un primer capítulo en un asado en un predio municipal de Caseros. “Ella es toda una personalidad de Perú”, recogió esta cronista al azar, en medio del barullo esperable en un encuentro que reunía a elencos de teatro de América Latina. “Ella” era Sara Joffré, la única extranjera que se entregaba al mate. Encima, se atrevía a denunciar que el agua estaba fría. Prolífica dramaturga, actriz y directora de 75 años, se le atribuye haber promovido y consolidado el teatro de su país, y tiene en su haber un anecdotario jugoso como para escribir un libro, conocimiento para dar cátedra durante horas, y una sonrisa blanquecina para congelar en una foto. Valía la pena un segundo capítulo.

La cita con Agencia NAN se produce a pocos días de que Sara vuelva a su tierra natal. Llegó aquí para participar de varios festivales con su obra Especies, que aborda la problemática de la pedofilia, dirigida por Diego La Hoz. La entrevista es más un monólogo que otra cosa. Sara se distrae contando historias y nadie querría detenerla. Mientras, golpea la mesa con los dedos, la recorre y se detiene cuando llega el clímax. Su voz se vuelve aguda cuando algo la indigna. Ofrece café en vasos de plástico y termina tomando agua caliente porque dice que tiene la garganta seca. Para acompañar, reparte en pedacitos iguales las tres galletitas de cereal que tiene. Hace posar a la cronista y a la fotógrafa para llevarse un recuerdo. Y pide que la dejen en el aeropuerto mucho tiempo antes de arrancar el vuelo, porque le fascina estar ahí. Avisa que esperará sentadita, en un “cafetín”.

La vida y, por ende, la cosmovisión de Sara están marcadas por un episodio de novela. Su papá era hijo de un argentino, aparentemente oriundo de Mendoza, y de una chilena, que lo regalaron cual paquete a otra familia. “Mi abuela dejó una carta melodramática”, cuenta. Y dice que ella no podría ser de otra manera. Ve la vida con ojos de poesía. Sobre esa base emergió una primera obra teatral, en 1961, El jardín de Mónica, con un tinte marcadamente metafísico. No obstante, más tarde, otro episodio que se ocupará de contar, llevaría a sus producciones a un lugar más crudo. La inspiración comenzaría a brotar de situaciones reales; de los diarios, la calle y los viajes.

La huérfana harapienta

Tenía apenas dos años cuando conoció los aplausos y le gustaron. Acompañaba a la escuela a su hermana mayor. “No tenían dónde dejarme”, recuerda. Un día cantó desde un escenario: “Chunga para acá, chunga para allá, ay las olas que vienen y van. Me dicen que soy bonita, yo no sé por qué será, si alguno tiene la culpa que le pregunten a mi mamá”. Luego de entonar la cancioncita, cuenta que abandonó Callao, ciudad del centro-oeste de Perú donde creció, para instalarse en La Victoria. Fue tras el terremoto de 1940. Cuando comenzó las clases en un colegio estatal, el República de Panamá, la ovación volvió a conquistarla. “Mi hermana tenía que decir un poema y se olvidó la letra. Salió tres veces. Era una fiesta importante, porque celebrábamos la independencia de Panamá. Alguien me empujó y yo recité La huerfanita harapienta. Como estaba más flaca que ahora creyeron que me refería a mí”. A las órdenes de la señorita Zoyla Ahumada –“el nombre parece un cuento mío, pero no tengo tanta imaginación”, aclara Sara–, probó comedias en verso que todavía recita sin dificultad.

Dio sus primeros pasos en el Club de Teatro de Perú, donde montó su primera obra. Al poco tiempo la becaron para viajar a Europa. En España, su vecina era Montserrat Roig, escritora catalana que en ese entonces tenía 15 años. “Le di un librito con dos obras mías y me dijo: ‘¿Y esto qué tiene que ver con tu país?’ Me golpeó”, cuenta Sara. En ese viaje también se enamoró de Bertold Brecht, al ver La resistida ascensión de Arturo Ui. Así se concretó el pase de la poesía a la crítica social, presente también en sus obras para niños. Cuando retornó a Perú, lo único que tenía en la cabeza era fundar su compañía. Lo logró en el ’63. Se llamó Homero Teatro de Grillos.

Un teatro color marrón

En el ’74 entró en cólera con los críticos “porque decían que no existía el teatro peruano”. Y aquí viene por qué Sara es considerada una piedra fundamental para el arte escénico de su país: en 1974 creó una muestra que congregó a grupos nacionales, algunos de los que luego se volverían emblemáticos, como Cuatro Tablas y Yuyachkani. El encuentro sigue en pie. En un país sin ningún tipo de apoyo estatal a la actividad, con un Ministerio de Cultura recientemente creado, la chispa que encendió Sara hace un par de décadas no vino nada mal. Más en un país que desvaloriza lo que allí nace, lo que se vincula de manera genuina con su realidad. “Somos muy duros para aceptarnos como peruanos: los blancos se creen peruanos de una manera, peruanos europeos. Los cholos no les gustan a los blancos. Pero el pueblo se identifica con el color marrón.” Esa lucha, la de reivindicación de lo propio, también la llevó adelante desde Muestra, una revista autogestionada, dedicada a dramaturgos peruanos.

La muestra se proponía responder a una pregunta: ¿existe el teatro peruano? “Después de cinco versiones entre Lima y Callao sale a Cajamarca, el lugar donde el inca fue sometido por los simpáticos conquistadores con sus fierritos. Ahí empieza a crecer”, cuenta Sara. “Este año se va a hacer en Trujillo, donde nació nuestro papito, Francisco Pizarro.” El encuentro funciona cual fiesta popular. Hay una celebración que se llama Yunza: se coloca un árbol y los presentes lo bordean con hachas, quien lo derriba es el padrino y tiene que pagar la próxima fiesta. “Es la base de los festivales que se están realizando en América latina: la hospitalidad. En la mayor parte de los que he ido, desde el ’92 para acá, no hay un financiamiento patronal. No los apoya el gobierno”, explica.

¿Qué hay sobre aquella pregunta inicial? “La evidencia es más que la respuesta. Ahora hay muchos grupos o, voy a sonar ridícula –advierte Sara–, mucha gente pobre haciendo teatro.” Lo que define al “teatro de los pobres”, según ella, es que “relata vivencias efectivas”. En su país, uno de los grandes saltos lo dio el grupo encabezado por Mario Delgado, Cuatro Tablas, que deslumbró a Europa. “No eran indiecitos que iban con sus plumas”, añade. Ahora, los festivales en las afueras de Lima se pueblan de extranjeros. “Uno se llama Fiesta del Teatro de Calles (Fiteca). La gente aloja en sus casas a los teatristas. Los europeos se vuelven locos: no es ir a un hotel de ocho estrellas. Es ir a vivir con la gente, comer su comida, que a veces no te gusta, bañarte en la lucha y que se corte la luz. Es una vivencia irrepetible. Seguramente con comodidades, no quiero que los del Fiteca se vayan a molestar.”

“Para todos esos que dicen que no hay teatro peruano, hay festivales que juntan a 500 personas con una propaganda mínima”, festeja Sara. “El apoyo estatal ayuda pero no cambia. Un refrán dice: es como el cepillo del carpintero que mejora los bordes y no cambia la madera. El que quiera hacer teatro lo va a hacer con o sin subsidio.” Como se ve, la suya es una realidad bien distinta a la argentina. Según ella, aquí puede verse “el mejor teatro” de Latinoamérica. “Es líder porque fundó el teatro boliviano, en Ecuador lo instaló Arístides Vargas, también el movimiento venezolano lo originó un argentino. De ahí sale Cuatro Tablas. En 1930 estrenaron aquí a Brecht, a dos años de que él haya estrenado la ópera. Aquí estuvo Margarita Xirgu con Lorca. Pero muy a nuestro pesar, el teatro que practicamos es a la usanza del teatro europeo. Todavía no hemos investigado sobre las fiestas populares, que son precolombinas.”

Cuando Sara vio al Che

Desde muy joven, Sara comprendió que el teatro no le alcanzaba para vivir, y trabajó en el sector de teléfonos públicos de la Compañía Peruana de Teléfonos hasta 1992. “Se veían los caballos de regreso. Son muy simbólicos los españoles: regresaron a los 500 años a Perú. Al conformarse la Telefónica de España, agarré mi sobre de pago y envié mi renuncia. Antes, oyendo los caballos me pregunté: ¿Qué voy a hacer el próximo año? Fijo, voy a ser más vieja. Renuncié el 30 de junio del ’92.” Mientras duró, su trabajo le permitió hacer algunos viajes. Cuando planeaba uno a la Argentina –un poco para resolver aquella historia traumática mencionada al principio– cambió su destino por otro sueño: conocer La Habana. Y lo que sigue abajo es la anécdota de Sara completa, sin interrupciones, sobre aquello que se conoce como Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, que tuvo lugar a un año de la Revolución Cubana.

“Tenía una amiga en Caja. Una de las tardes me dice: ‘Sara, ¿quieres ir a La Habana?’ Yo le digo, ‘¿A quién hay que matar?’ Llegamos en medio de 5 mil aventuras, después de que los gringos en Miami se pusieran guachazos y no nos quisieran dejar pasar… En mi vida había visto un hotel. Éramos cuatro mujeres. Los gringos acababan de irse, los hoteles estaban que brillaban. Aprendí mucho sin libros. El primer día que llegamos, como éramos ignorantes totales, no sabíamos qué era el aire acondicionado, entonces lo apagamos y abrimos las ventanas. Pasamos una noche de calores. Los mozos eran los que subvencionaban nuestra estadía. Entonces yo pensé que si ellos nos daban alojamiento lo mínimo que debíamos hacer era tender nuestras camas. La más comunista es la que más protestó. Los chicos comunistas pedían langosta a la Termidor, champagne… ¡Qué comunistas tan raros! Una mañana nos citaron a todos en un piso alto de La Habana Libre, el hotel, y un negrito nos dijo ‘compañeros, los mexicanos han mandado 200 delegados. Se acabó pedir a la carta. Arroz con frijoles desde ahora’.

Yo no me acuerdo de qué hacían mis compañeras. Los primeros días me invitó un muchacho buen mozo a comprar una piña para ver cómo era con ron. Salimos al centro, compró la piña y el ron y regresamos a su cuarto. Yo me volvía loca para saber si la piña era más dulce que la peruana. Qué maravilla ser tan idiota, ¿no? Entonces él ya no estuvo tan interesado en la piña y el ron y empezó a corretearme… era grande, alto. Los hermanos Marx tendrían que hacer mi vida. Era guapo, pero un maldito radical. ¡Mi virginidad fue salvada por una compañía de transportes! Tun tun, la puerta: abrió el chileno y era nada menos que un hombre, y le dijo que venía a hacerle una denuncia porque uno de sus compañeros no había pagado el pasaje. Me escapé.

Nos subieron al tren para ir a Sierra Maestra. Ahí conocí a un argentino. Fue un romance con luna, con tren. Pero de repente paró el tren porque malogró. Yo preferí la Sierra, él fue a la guerrilla. Pero hubo un romance completo, no se preocupe. En la Sierra, estaba el ballet Alicia Alonso. Estaba (Jean-Paul) Sartre. Cuba era lo máximo. El argentino me llevó al Ministerio de Guerra, porque era judío y comunista: lo máximo. En uno de esos días lo vi al Che, habló sobre el petróleo. Yo ni cámara. No entraba en mi cabeza. Después también lo vimos en un estadio con Fidel. Qué bonito, la gente… Fidel estaba medio resfriado, todo un pueblo le gritaba ‘cuidate Fidel’, y esa famosa, ‘qué tiene Fidel que los americanos no pueden con él’. En el tren cantaban las canciones de la guerra civil española.

Del argentino no voy a contar más. Nada de películas pornográficas. Les doy el nombre para que lo busquen: Jaime Levenson. Más judío no se puede.”

*La última función de Especies por el grupo Espacio Libre es hoy a las 22 en la Biblioteca Popular Ciudad Jardín, Boulevard Finca 6500.