¿Qué es pertenecer? ¿Qué es la acción? ¿Qué, la forma? ¿Qué, el sentido? Cientos de incógnitas se abren como puertas durante los cincuenta minutos que dura la atractiva obra de Natalia Gómez y Marina Quesada. La pieza, empapada de una lectura amplia sobre la vida (en los márgenes), vuelve así a demostrar por qué fue seleccionada para participar en festivales locales e internacionales.
Por María Daniela YaccarFotografía gentileza de Marina Quesada y Natalia López
Buenos Aires, diciembre 7 (Agencia NAN-2010).- Estar en una fiesta pero no ser parte de ella. Tener un pie afuera y otro sobre el mundo. Dedicarse a la observación compulsiva. A hacer preguntas, a no responderlas. A vivir cuestionándolo todo. La dicotomía entre vivir y dejar que otros vivan, para mirarlos. Los dos personajes femeninos –y únicos– de Muaré experimentan todo eso, en un estado de sensibilidad extrema que no les da tregua. Son dos mujeres que están en el lado B de una fiesta, que tiene lugar al otro lado de la puerta. Allí, ellas comparten una extraña soledad –que es siempre tal cosa en relación con los otros– y su obtusa decisión de quedarse en el margen.
Muaré es un diamante de la cartelera independiente. Tuvo una exitosa temporada en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960), adonde vuelve este viernes a las 23, y los domingos 12 y 19 a las 20. Es en el marco de la Fiesta del Teatro CABA 2010. Por otro lado, fue seleccionada para participar del decimosegundo Bharat Rang Mahotsav Theatre Festival de Nueva Delhi (India), en enero 2011, y de la Plataforma Internacional de Danza de Bahía, en septiembre de 2011. Además, fue destacada en Coreografía y Escenografía en los premios Teatro del Mundo.
En los cincuenta minutos que dura, Muaré no brinda ninguna respuesta. La obra puede resumirse como una pregunta sobre el sentido, el de todas las cosas. Incluso del propio cuerpo: para ponerle una etiqueta, puede decirse que se trata de una pieza de danza-teatro. Aun así, cuesta encasillarla, porque en esa búsqueda de sentido que llevan adelante las jóvenes Natalia López y Marina Quesada también entra en juego qué se hace con el cuerpo. Qué es teatro, qué es danza. Una con movimientos firmes y la otra en la ondulación constante divagan en la deformidad. Y así consiguen, de nuevo, interrogarse –jamás responderse—por el sentido de la forma.
Ellas, de una femineidad exquisita, llevan unos lujosos vestidos (López, de naranja; Quesada, de celeste) que contrastan con su espíritu “quedado”, de escasa acción o de acción lenta (cabe entonces preguntarse, ¿qué es la acción?). Son minas que es más fácil imaginar ahí, en el centro de las miradas, moviendo el esqueleto para gustar. Pero no. Ellas se quedan en el limbo. De a ratos, parece que vuelan por los efectos de alguna droga. Y el único contacto que mantienen con el mundo exterior –más allá del que es posible dilucidar por lo poco que dicen– es peligroso. Cuando se atreven a abrir la puerta, son atacadas con una fuerte dosis de serpentina y espuma. La cierran de nuevo.
El espíritu de esos personajes está tomado de otro texto. Pertenece a Clarice Lispector, autora que cala hondo en las almas femeninas y de la cual Lópezy Quesada son fanáticas. Cierto es que cualquier producción teatral que se desprenda de un texto de Lispector será una rareza, porque su universo literario no le abre la puerta a la teatralidad así nomás: se caracteriza por la falta de realismo y por escasos diálogos, además de por su contenido filosófico y existencialista. En el caso de Un soplo de vida, el texto que tomaron Lópezy Quesada para su propuesta, gana la dimensión ontológica por sobre todo lo demás. Y la subjetividad, que es difícil escenificar en esas condiciones.
Se percibe, no obstante, que el texto de la ucraniana ha sido tan sólo un germen para una obra que pudo adquirir su propia independencia. El fantasma sobre el cual se erige Muaré –que lleva este nombre por el efecto plástico que produce la repetición de patrones de dibujo, equivalente a una percepción visual novedosa– es la protagonista de Un soplo…, Angela Pralini. Un personaje de una intensidad enorme que no podría ser de otra manera: fue diseñado por Lispector poco antes de su muerte. Así como ella, Angela está al borde de la muerte y, como las protagonistas de la obra de danza-teatro, su única forma de existencia es la hipersensibilidad. Sería un extrañamiento: todo lo que el resto toma como natural, Angela se lo pregunta. Desnaturaliza sentidos (piensa que un perro quiere ser una persona, por ejemplo).
Y en esa desnaturalización de sentidos, la obra abre una lectura más amplia sobre la vida en los márgenes, que –dicho sea de paso—ya se toman como cosa cotidiana. Ni quedarse afuera ni estar adentro. Sólo estar. No, no sólo eso: estar y preguntarse dónde se está. Esa es la sensación que esas dos mujeres, bellas como todas las que al otro lado seguro que la están pasando mejor, logran graficar con sus cuerpos. Cuerpos que están en alianza aunque no estén abrazados y que están disconformes con lo que sucede alrededor. Un alrededor que es una amenaza para ese raro estar. Y sin embargo, todavía hay motivos para quedarse. Pero la pregunta (¿cuáles?) no tiene respuesta.