En un vertiginoso trabajo de 15 pistas que se completan en media hora, el músico y periodista ofrece historias mínimas, relajadas, gozosas e inevitablemente divertidas.
Por Luis Paz
Buenos Aires, octubre 18 (Agencia NAN-2010).- Nadie pensaba en el Bicentenario el 8 de julio de 1990. Menos habría de hacerlo él: caso raro de mexicano nacido en el Uruguay. Estaba en Italia, con su bronceado de galán mesoamericano, vestido de impecable negro, con el ala ancha de su chomba más blanca que las líneas de cal de la cancha a la que salía, tal vez el más importante sitio del mundo en ese momento. Su nombre era y es Edgardo Codesal: el indigno referí que ese día expulsó a Pedro Monzón y Gustavo Dezotti, jugadores que defendían la albiceleste en la final de la Copa del Mundo de Italia 90, contra Alemania Federal. El cínico tipo que faltando cinco minutos les regaló un penal a los germanos y le puso para siempre esa angustia y esa bronca argentina a la brillante canción de aquel mundial. “Turro Edgardo Codesal / para ti seremos casi / lo que fue para los nazis / el tal Simón Wiesenthal / La concha de tu madre Codesal”, se venga Javier Aguirre, músico, periodista y treintañero.
Importa la edad porque en los mitos de su generación (Yeti), en sus héroes (Chuck Norris), sus gestas (la de “Domingo Lamas”) y sus caídas (Italia ‘90), toma forma Cancha rayada, un reciente disco digital que en verdad con una impresora y una grabadora de CD, simplemente, se convierte en disco para la batea personal. Entre todas esas referencias (y muchas, muchísimas más), brillan las historias mínimas de Aguirre: tiernas, relajadas, gozosas e inevitablemente divertidas.
Todo lo de Aguirre es, fundamentalmente, revelador, cínico y entretenido. Y si esas son tres características que marcan lo que es “un buen disco”, pues Cancha rayada es un discazo. Porque, además, lo que pasa es que no todo queda en esa picardía instructiva que muestra en el suplemento NO, en el periódico Barcelona, en el libro Puto el que lee o, detrás de escena, en la ópera cumbia Mueva La Patria. Así como allí hace periodismo, política y espectáculo, en Cancha rayada logra lo que un buen disco precisa más allá de revelaciones, cinismos y fuegos de artificio: canciones.
Son 15 en media hora, un ideal punk en el que Aguirre construye otro ideario de melodías beat, otro tipo de ternura pop y un Bestiario paralelo, ahora musicalizado, en el que cambia a la desazón del abandono a manos de su chica por los goles de la B; pese a todo pronóstico gana las caderas más preciadas; recuerda al Hombre de las Nieves (que “no tiene nada de abominable”) y a San Martín; cambia bar por salina y se pelea con los grandes del cine en el videoclub.
Sí, son como unas crónicas de viaje e historia de vida dispuestas a desentrañar lo más expuesto de la estupidez y la ternura humanas, como en “Esta canción es una mierda”, “Estribillos espectaculares”, “La empleada más linda del puesto de peaje” y “Nuestro amor”, esa en la que deja un destello que Elvis Costello debe estar envidiando: “Nuestro amor está escrito en las estrellas… pero con errores de ortografía”.