La escritora entrerriana brinda un conjunto de poemas que dejan al descubierto sus pasiones, cambios de humor, contradicciones y reflexiones. Por Facundo Gari
Buenos Aires, agosto 16 (Agencia NAN-2010).- Huir es un tijeretazo asesino. No tiene las dotes de un alejamiento paulatino, sino que se trata de un corte definitivo y del simultáneo pase a otra circunstancia. Claro que, interpretación de un código, la jurisprudencia de las palabras está apoyada sobre sus artefactos discursivos, que son lo que las resoluciones de los tribunales a las normas jurídicas. Allí, a grandes rasgos, la fuga tiene imagen de guillotina y no de inyección letal, y la tal y siempre saludable contradicción es lo primero a anotar cuando se lee Elope (En El Aura Del Sauce), conjunto de poemas y reflexiones de Julieta Acosta: su teclado tiene el tempo de una urgencia anacrónica. “Un día conmigo es diez años con cualquiera”, admite.
Como un mantel para mesa, todo texto lleva en implicancia las manchas del vino que su autor bebe, pero cuando el acento está puesto en lo introspectivo y visceral antes que en lo extrospectivo y racional, el resultado puede llevar tanto a una identificación inmediata como a un rotundo rechazo –por equis motivos–, y es entre esas dos cornisas que salta la joven escritora entrerriana. Porque sus abordajes son contradicciones candentes, auténticas, y casi se la puede imaginar afiebraba frente a un monitor, haciendo arte como terapia. Ojo, no por maña pierde verosimilitud, al contrario.
Mejor empezar con los ejemplos. En “Eras”, que abre la veintena de páginas, escribe: “Era de verdad, era de mentira, no-era”. Luego de una nostálgica enumeración, recuerda que “todo eso era mío”. Y si fuera hasta allí, se la vería sonriendo frente a un ventanal con imagen de otoño. ¿Ah, ahora que se le ha avisado espera un final como de Las troyanas? La autora lo hace agridulce: “También correspondía a un momento en el tiempo. Yo ya no sé lo que era”.
A veces se muestra histérica, perturbada (“Tengo un circo en la cabeza/ y un circo es esta vida/ papá ya me lo había dicho”), insatisfecha (“Me rompe soberanamente las pelotas/ terminar usando las mismas palabras/ para describir la misma basura”) y negada por las distancias (“Concordia encierra lo mejor y lo peor de mí, o sólo lo peor”) y el amor, que también expresa en espacio (“Por amor destruí paisajes enteros”). Pero en la contingencia del tiempo, que se advierte hacia adentro en los cigarrillos consumidos y hacia afuera en el transcurrir de los versos, afloran sus miedos: “Estoy en una guerra constante. No concibo la idea de bajarme del caballo o abandonar el campo de batalla. Me aterra imaginar la nada”; o “soy un viaje sin retorno, propensa a tener accidentes emocionales”.
Se relee y critica incluso en pasajes oníricos como “Brillantina”, donde se sobrepone a las “malas rachas”, pero no deja de bailar y sangrar, como cuando extraña a su familia. “Eso que les corre en el cuerpo es mi sangre, y es el llanto que me brota en este momento de estar mirando una foto juntos y saber, saber que están lejos”. Tal es así que se habla hablando de cómo habla alguien más, en “Mar”, cuando le solicita una reacción a otra, pero frente a un espejo: “Quería verle los dientes/ quería que me lastime con las uñas”.
Sus cambios de humor son repentinos, porque su pasión la obliga. Se pone sumisa en un pasaje de “Cielos”, por ejemplo: “Yorke decora toda melancolía o convierte en melancólico cualquier martes”; y hasta amorosa luego: “Cada segundo que te entrego, amor/ sé que es un segundo más en el que puedo afirmar que vivo”. Pero es en las contradicciones, como se dijo, es donde reside el encanto de la poesía de Acosta, que acaso esté huyendo ahora mismo con un amante, sentada a un escritorio.