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“Imagen y semejanza” en Estrella del Centenario.-

Con una fuerte impronta dramática y guiños con la danza, el espectáculo circense creado e interpretado por los acróbatas Luciana Mosca y Gonzalo Mora gira sobre la soledad, el desencuentro y el amor. La historia se construye a través de la relación entre personajes sin tiempo ni lugar y la que mantienen con sus elementos, un mástil y una cuerda.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Imagen y semejanza

Buenos Aires, julio 20 (Agencia NAN-2010).- La gran tendencia del Nuevo Circo pareciera ser contar. No significa esto que el rigor físico esté ausente, sino que su intención sobrepasa la de generar sorpresa o temor ajeno en el espectador. Es decir: el contar una historia triunfa por sobre el muestreo de destrezas. Por eso, el teatro y la danza ganan cada vez más terreno en los espectáculos circenses, al igual que la iluminación y la música. El epicentro de este lenguaje en gestación es La Arena, la escuela que dirige Gerardo Hochman, pionera en eso de narrar a través de las piruetas y defensora acérrima de la fusión de disciplinas. Una de sus últimas apuestas es Imagen y semejanza, un espectáculo sobre la soledad, el desencuentro, el dolor y el amor entre un hombre y una mujer, creado e interpretado por los acróbatas Luciana Mosca y Gonzalo Mora, que puede verse los próximos cuatro viernes a las 23 en el Club de Trapecistas Estrella del Centenario (Ferrari 252).

En principio, lo que distingue a Imagen y semejanza de otros espectáculos de circo es la cantidad de intérpretes: tanto los de La Arena como los de otras compañías incorporan a gran cantidad de artistas en escena, hecho que establece un parentesco con el circo tradicional, por la vinculación casi familiar de sus integrantes. Por contraste, Mosca y Mora se proponen un clima de intimidad. Y no es que lo consigan por el sólo hecho de ser dos, sino porque construyen, gracias a la danza y a la impronta teatral que conlleva el fenómeno escénico, una atmósfera de tal sensualidad y tensión que produce la sensación de estar espiando por una mirilla los vaivenes de una relación amorosa.

Sorprende, porque lo que menos se espera es alguien que se acerca a un lugar llamado club. De hecho, su fachada no preanuncia un fenómeno de carácter teatral. Pero ahí están ellos, sucumbiendo ante el rechazo y entregándose por completo, detestándose y queriéndose en el aire o en el piso, los niveles en los que tiene lugar la acción. Pero no sólo dialogan entre ellos. Son acróbatas y, como tales, también deben hacerlo con sus elementos. En efecto, el primer bloque consiste en “monólogos”: él conversa primero con su cuerda, luego lo hace ella con su mástil o palo chino. Y sus instrumentos los acompañan durante todo el espectáculo.

En ese punto está el mayor logro del espectáculo. Los elementos en escena podrían haber ido en detrimento del componente narrativo, desvío que no sucede porque, precisamente, el mérito de Mosca y Mora es la renuncia al egocentrismo del artista en favor de un espectáculo armónico, en el que ambos personajes tienen la misma importancia. Y eso, sin que sea una cuestión de opacidad. En el mismo nivel están sus elementos, con los que se comunican de tal manera que pueden recrear conceptos, en muchos casos a través de símbolos. Esos monólogos iniciales intentan materializar la soledad: ella, desde arriba de su mástil, aislada del mundo; él, atravesando el espacio prendido de su soga, que pareciera dominar su cuerpo. Distintas formas de sentir la soledad.

La mirilla ofrece también la materialización del amor en imágenes, por ejemplo, cuando sujetados con la cuerda –como si doliera y al mismo tiempo gustara—ruedan por el piso. También de la agresividad, cuando ella lo empuja fuerte y él deambula por los aires, sin rumbo, colgado de su soga. Y la histeria, claro: él se le acerca y ella se le escapa subiéndose a lo alto de su mástil. Todo ocurre dividido en bloques, que parecieran ser temáticos: primero la soledad, luego el encuentro y, finalmente, el amor. Y así, la tensión y la distensión propias de los fenómenos teatrales.

Mosca y Mora son acróbatas, cada uno especializado en los elementos mencionados, pero llegaron al circo por caminos diferentes. Mosca se sumó a La Arena en 1997 y es fundadora de la compañía que lleva el mismo nombre. Antes, era bailarina y coreógrafa. En cambio, Mora, que es chileno, creador y codirector de la compañía Ciklos, es un bicho del teatro. Se conocieron en un festival de circo en Perú, se enamoraron y decidieron trabajar juntos. Es probable que las energías de cada cual en escena tengan, por sus distintas procedencias artísticas, pequeñas diferencias en ritmos o calidades. Los movimientos de él son un tanto más lentos y medidos, quizás hasta más pensados. Los de ella, un tanto más fervorosos, se caracterizan por la fuerza del impulso. La combinación y el correcto engranaje de las piezas –entre ellas también la música y la iluminación– vuelven a las diferencias imperceptibles y en algún punto necesarias.

¿Una poesía o pintura del amor en estos tiempos? Puede que sí, aunque nada indica el contexto en el que la acción toma lugar. No hay escenografía, lo cual refuerza la potencia del cuerpo. La vestimenta tampoco actúa como referente. Esos personajes sin tiempo ni lugar intentan, al parecer, una aproximación a la esencia del amor, sin estereotipos. Los dos sufren, los dos se esconden, los dos renuncian. Y eso que el teatro suele caer en las trampas del imaginario colectivo, colocando a la mujer en el peor lugar. Aquí, por el contrario, campea el equilibrio. Quizás sea la relación soñada. Los datos están librados a la imaginación… y al espectáculo no le falta vuelo.