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Libros: “El rastro de la canela” (Liliana Bodoc, 2010).-

La novela de la escritora santafesina narra un amorío en la época del virreinato entretejiendo en su relato los avatares prerrevolucionarios que terminaron desembocando en la Semana de Mayo.

Por Andrés Valenzuela

Buenos Aires, julio 12 (Agencia NAN-2010).- Dos décadas atrás un romance colonial llevó a Osvaldo Laport en cueros a la pantalla chica argentina y culminó con un montón de niños anotados en el registro civil como “Catriel”. Afortunadamente, El rastro de la canela de Liliana Bodoc (La saga de los Confines, Memorias impuras) está muy lejos de la teleserie que se imponía en las cenas nativas de 1994 gracias a los pectorales del uruguayo y el rostro angustioso de Grecia Colmenares. Aunque la escritora santafesina también narra un amorío en época del virreinato, poco queda del melodrama tortuoso de la novela (que sí guarda como mérito ser pionera en el horario central de la pantalla hogareña).

El rastro de la canela cuenta los avatares del romance. Específicamente el de Clara que, aunque fue criada en Río de Janeiro, tiene por única familia a unos estancieros porteños, y un mulato libre al servicio del marido de su prima. Huelga decir que ni su familia ni la sociedad de la época toleran la relación, que crece a hurtadillas. Pese al núcleo narrativo tradicional, la novela tiene una fuerte impronta femenina –y hasta feminista–. Su protagonista se constituye como mujer desafiando los mandatos de una sociedad colonial pacata y represiva. Rechaza el concepto de pareja que intentan forzarle, reformula las amistades permitidas y se acerca a los esclavos de la estancia con gozosa fascinación.

El registro de El rastro… va en el mismo sentido. Bodoc da amplio espacio a la intuición de los personajes, recurre con inusual intensidad a los sentidos del olfato y el gusto (un talento que ya había demostrado en sus trabajos anteriores) y se permite deslizar los rituales de los esclavos africanos en el relato. En el sonido de los tambores, la línea entre la novela realista y la vertiente fantástica se vuelve tenue, aunque no llega a romperse. Ninguna de estas cosas sorprende a los habituales lectores de la santafesina, que se caracteriza por descripciones de gran lirismo, una sensibilidad notable para la concreción de ambientes de profunda verosimilitud, y un sentido de lo inasible de los sentimientos que –paradójicamente– le permite trasmitirlos en su mejor intensidad.

Paralelamente a la historia de amor, el texto entreteje el relato de los esfuerzos prerrevolucionarios de los criollos porteños que –eventualmente– desembocarían en la Semana de Mayo. El cressendo de la intensidad corre a la par en ambas líneas argumentales. Pero quienes lleguen al libro buscando una historia de conspiraciones –tan en boga– quedará desilusionado, pues si bien es un aspecto importante de El rastro…, no está allí su foco. Tanto que apenas aparecen conspiradores y funcionarios realistas. Sí figura un coro social que da cuenta de sus intereses, sus privilegios y sus posiciones (in)tocables. La Revolución es un espectro que atraviesa el libro.

Vale destacar el buen contrapunto entre Tobías y Fausto. Se diría que se disputan el amor de la protagonista, si el lector no supiera desde el comienzo quién la acompañará. En todo caso, la construcción de Fausto es interesante, pues enerva y causa pena al mismo tiempo.

Seguir a Bodoc es oler, degustar y oír, además de ver leyendo. Buscar El rastro de la canela bien vale la pena el viaje.