En el documental que se estrenará el próximo lunes, Andrés Martínez Cantó, Santiago Nacif Cabrera y Roberto Persano retratan la vida de los pibes presos en el Instituto de Menores Almafuerte, en La Plata. “Buscamos separarnos del discurso de ‘mano dura’ vinculado con bajar la edad de imputabilidad”, explica Persano. Y Nacif Cabrera subraya: “Se trata de chicos, aunque por sus historias parezcan hombres de 40 años”. Además de con los directores y guionistas, Agencia NAN dialogó con uno de los jóvenes que participó en el rodaje: “La película muestra que muchos chicos quieren salir de ese mundo y ponen mucho de ellos para ser mejores”.
Por Adrián PérezFotografías de Mariano Iñiguez (1) y gentileza de El Almafuerte (2)
“Algo peor que no tener ninguna historia que contar
es haber oído demasiadas y no poder olvidarlas”.
[Fabián Polosecki]
A 35 años de la publicación que marcó el rumbo de los estudios sobre el nacimiento de las prisiones, tres realizadores audiovisuales pensaron en una novedosa iniciativa pedagógica y desembarcaron con un taller de cine y video en el Instituto Penal de Menores de Máxima Seguridad Almafuerte, en Melchor Romero, La Plata. La propuesta concluyó en un documental producido codo a codo con los jóvenes privados de su libertad y cuyo eje argumental se centra en la experiencia de la revista
Seguir soñando, publicación que los pibes llevan adelante junto a Marcelo Arizaga, docente del Taller de Comunicación Social. Agencia NAN asistió al prestreno de El Almafuerte y conversó con Andrés Martínez Cantó, Santiago Nacif Cabrera y Roberto Persano, directores y guionistas de la película que cuenta, además, con la participación de La Chilinga y música del Chango Farias Gómez. — ¿Cuándo surgió la idea de hacer un documental con chicos privados de su libertad en un instituto de menores de máxima seguridad?Roberto Persano: — Entre 2004 y 2005 propusimos un taller de cine y video, que finalmente derivó en el documental. Entonces, comenzamos a pensar en cómo podíamos trabajar el encierro con los jóvenes, sobre todo después del surgimiento mediático de (Juan Carlos) Blumberg, con quien el discurso sobre la inseguridad se endureció bastante por esos años. Luego nos contactamos con Marcelo Arizaga, profesor del Taller de Comunicación que edita la revista Seguir soñando junto a los chicos del Instituto de Menores Almafuerte. En mayo de 2006, tuvimos una primera charla con él para comenzar con el taller. A Marcelo le pareció una locura, pero como estaba más loco que nosotros le dio para adelante. — ¿Cómo trabajaron el eje argumental? ¿Cómo se organizaron con los chicos?
R.P.: — Se trató de contar el proyecto de la revista Seguir soñando, publicación que ellos escriben dentro del instituto y que es su contacto con el afuera. Ellos decidieron el tema y se dividieron los roles casi naturalmente. Rescatamos el trabajo en equipo, esto de recuperar el consenso allí donde prima la violencia. Intentamos romper con ese contexto violento y que medie la palabra para lograr un trabajo en grupo. — ¿Con qué se encontraron cuando ingresaron por primera vez al instituto?
Andrés Martínez Canto: — Nuestra primera impresión fue la de recibir un baldazo de agua fría. A medida que íbamos atravesando los pasillos para llegar hasta las aulas, nos encontrábamos con rejas que se iban abriendo y cerrando detrás de nuestros pasos. Si se quiere, nos encontramos con una lógica hasta industrial del encierro; con personas que te esperan con handys en la mano y te reciben como si estuvieras en una cadena de producción. Ellos nos fueron metiendo dentro del corazón del instituto, dentro de la caldera del diablo. Eso me pegó mucho. Aún sabiendo que teníamos un horario de salida, el tema de cómo pesan las rejas y el encierro, de cómo se vive en carne propia estar preso fue muy fuerte. Cuando llegué no me imaginaba que iba a ser así; que un edificio con un poder simbólico enorme me haría sentir la dinámica del encierro en lo corporal. Teníamos un horario de entrada a la mañana y de salida a la tarde, y me imagino la incertidumbre de los pibes, que en muchos casos no saben muy bien si salen en un mes o en tres años.
Santiago Nacif Cabrera: — Yo también experimenté esa sensación de ahogo y encierro. Y eso que, dentro de todo, el pabellón central, donde trabajábamos, no se asemeja demasiado a una cárcel. Dictábamos el taller en un salón enrejado, encerrados con los chicos, con una puerta blindada sin manija, y el guardia afuera para abrir y cerrar por cualquier cosa. — Eso respecto al instituto. ¿Y en cuanto a lo humano, a los chicos?
A.M.C.: — Lo que encontré fueron adolescentes en su mayoría pobres. A su vez, nos topamos con una avidez muy fuerte hacia el taller, porque lo cotidiano de ellos es estar casi veinte horas en una celda unipersonal de dos por dos y sin contacto con otra persona, un espacio donde la cabeza les va a mil. Para los chicos, la única forma de salir y tener una cuestión más gregaria, de grupo, era la práctica educativa. El taller de video y cine documental se repetía una vez cada quince días o una vez por mes y se inscribía dentro de esas prácticas. Desde las 9 y hasta las 16, los chicos compartían con nosotros y, al mismo tiempo, con otros compañeros. Al generarse un espacio pedagógico y didáctico, ahí donde comienza a primar más el diálogo, la palabra empieza a restarle espacio a la violencia. Promediando la tarde, comenzamos a ver que si bien no se olvidaban de la situación de encierro porque la hacen carne, había un relajo, un espacio para otras palabras y prácticas de compañerismo. También había un fetiche con la cámara que generaba como una suerte de microclima.
A.M.C.: — A pesar de todos los prejuicios que llevábamos a cuesta, nos dimos cuenta que terminamos trabajando conceptualmente lo que se llama “reducción de daño”, porque ellos iban a seguir allí; nosotros nos íbamos pero ellos volvían a la celda. Mitigábamos la situación un par de horas al mes. — ¿Y cómo hicieron para atenuar ese daño?
S.N.C.: — Básicamente, a través del trabajo dentro del taller y las dinámicas en grupos. Tal vez, uno pierde la dimensión de que, en definitiva, se trata de chicos, aunque por la historia que cada uno de ellos lleva sobre sus espaldas parezcan hombres de 40 años. Lo importante fue el trabajo en grupo, esa característica del cine de poder coordinar esfuerzos y sacar entre todos un proyecto adelante.
R.P.: — Fue una jornada de más dudas y temores que se fueron disipando gracias a la reacción de los pibes, que fue la mejor, porque se engancharon con el taller desde el comienzo.
A.M.C.: — Siempre estaba la pregunta: “¿Y a ustedes, quién los manda? ¿Quién les paga?”. Respondíamos que no nos mandaba nadie. “¿Y por qué vienen acá?”. Era como que no se hacían la idea de que alguien fuera a darles un taller. Cuando vieron realmente que íbamos por motivación propia se relajaron bastante. — ¿Cuál fue el momento más difícil que vivieron durante la realización?
A.M.C.: — Uno de esos momentos tuvo que ver con la muerte de Jonathan. Nosotros generamos lazos afectivos con los chicos y fue como que se nos había muerto el “alumno diez”. De hecho, desde lo narrativo el documental iba a terminar con su salida. Jonathan murió el 15 de octubre de 2008 y hubiera salido en libertad el 7 de enero del año pasado. Sin duda, fue uno de los episodios más duros que vivimos porque, además, habíamos construido un vínculo con él. Pensábamos: “Este pibe va a zafar de todo lo que está viviendo, no vuelve más al instituto”. Lamentablemente, no zafó.
S.N.C.: — Básicamente, ése fue el momento más duro de todo el proceso. También la muerte de un chico que había participado en algunas clases y se ahorcó en su celda. Cualquier pelea que se daba dentro del taller también nos generaba un poco de impotencia y angustia, o saber que tal pibe no asistiría a clase porque estaba “engomado”, castigado por pelearse antes del taller.
A.M.C.: — Hubo días en los que no sabíamos si podríamos entrar al Almafuerte o si tendríamos alumnos por la alta rotación del sistema carcelario penal. No podíamos pensar en algo tan programático como un taller sino más bien en una instancia recreativa y de reducción de daños. Trabajábamos con los chicos que teníamos a disposición para que lo pasaran lo mejor posible. — ¿Y cuáles fueron los instantes en los que pensaron sobre lo bueno de haber llevado el taller al Almafuerte?
R.P.: — Cuando el Chango Farías Gómez visitó el instituto para comenzar a trabajar la música del corto, jornada donde los pibes se engancharon muchísimo y disfrutaron a pleno. Con Santiago y Andrés habíamos pedido permiso para salir con los chicos al patio y tocar al aire libre. Lo dábamos como algo natural hasta por un tema de acústica, porque los toques se hacían en un tinglado donde los tambores se escuchaban muy mal. Cuando fuimos a la clase siguiente, había chicos que nos contaban que el sol no les daba en la cabeza desde hacía dos años. En ese momento pensamos en lo bueno de haber llegado al Almafuerte.
S.N.C.: — Otro momento importante fue cuando fuimos a la casa de Jonathan. Era la primera salida con permiso domiciliario y lo acompañamos en el reencuentro con su familia, con los amigos. — ¿Qué buscaron rescatar con la realización del film?
A.M.C.: — De movida, que se vea la mayor cantidad de veces; no descuidar ningún espacio donde se quiera proyectar: organizaciones libres del pueblo, salitas, escuelas o festivales. Sería buenísimo que la película dispare un montón de preguntas, por ejemplo si un instituto de menores es, de manera condensada y concentrada, una suerte de modelo de Estado.
R.P.: — Buscamos separarnos del discurso de “mano dura” vinculado con bajar la edad de imputabilidad, del tipo de mensaje que se lanza desde programas televisivos como Cárceles o Policías en acción. La idea fue contrastar esos discursos con la película, y que ésta sirviera como disparador para hablar un poco sobre la situación que estos pibes.
S.N.C.: — También mostrar la capacidad creadora de estos chicos, a quienes la sociedad anula como sujetos de creación. De ahí partió la propuesta para que ellos pudieran hacer un cortometraje, elegir la idea, filmar. No es otra cosa que un intento por recuperar la subjetividad que se pierde dentro de una institución de encierro. Mostrarles a ellos mismos y al resto de la sociedad que son chicos que pueden encarar perfectamente un miniproyecto como la realización de un cortometraje dentro de instituto donde están cumpliendo una pena; mostrarle a la sociedad que tienen cosas para decir; que sean ellos mismos quienes cuenten sus historias, en lugar de la televisión y la construcción del estereotipo del pibe chorro. Rejas adentro En una charla telefónica con Agencia NAN, D.C., uno de los jóvenes que participó del documental y que actualmente se encuentra en libertad, habló sobre su primer contacto con la cámara, las motivaciones que lo llevaron a participar en la película y el balance de la experiencia. — ¿Por qué decidiste participar en El Almafuerte?
— Los pibes del documental necesitaban chicos para manejar la cámara y hacer la película. El tema me gustó de entrada porque me ayudaba a mantener la cabeza ocupada. Aunque al principio tenía una vergüenza bárbara y me sentía un poco incómodo por la cámara, cuando comencé a agarrarle la mano y a hacer entrevistas me di cuenta que me gustaba hacer preguntas, entablar una conversación con los entrevistados, porque se tocaban temas importantes sobre la sociedad y la política. Eso fue lo que me llevó a participar y a ser uno de los protagonistas. Formar parte de este proyecto me ayudó muchísimo.
— ¿En qué sentís que te ayudó?
— Me cambió mucho la forma de pensar. Conocí gente dispuesta a dar una mano. Santiago, Andrés y Roberto fueron a visitarme a mí casa para comer un asado y filmarme mientras jugaba a la pelota. También me cambió la forma de comunicarme. Participar en la peli me abrió la mente, porque te hace pensar cosas como desde dónde te parás con la cámara hasta qué preguntas tenés que hacer. Y a mí me gusta que las cosas salgan lo mejor posible.
— Me puse muy mal porque recordé un lugar muy feo que hacía mucho tiempo que no veía. Te juro que me puse a llorar. Miraba la calle por donde siempre llegaba mi vieja a visitarme y recordaba la celda donde estuve metido dieciocho horas por día. Estar encerrado en una celda es horrible. Creo que a ningún pibe le sirve estar en un contexto como ése. — El paso por el Almafuerte no debe haber sido gratuito.
— Se aprende mucho en la convivencia con los otros chicos. Si te la rebuscas es como que podes vivir. Tenés que saber nadar para no ahogarte, tratar de pensar bien cómo haces las cosas para poder vivir ahí adentro. Un pibe se ahorcó en el instituto y a Jonathan lo mataron cuando salió. — ¿Por qué pensas que es importante ver la película?
— Porque “los de afuera” van a poder ver que los chicos de el Almafuerte viven de una forma diferente. No es un jardín de infantes donde todo es color de rosa. Es un lugar que ningún adolescente debería conocer. Es como si a un nene le mostraras un jardín, luego la escuela y después la universidad. Lo mismo pasa con un centro de contención. Si seguís con problemas llega el instituto abierto, después el instituto cerrado y, por ultimo, el penal para mayores. — ¿Qué enseñanzas deja El Almafuerte?
— La película muestra que la droga no sirve para nada; la plata fácil tampoco porque la tenes un día o dos. Yo perdí tres años y medio de mi vida en institutos de menores. Perdés a tus amigos, a tu familia, perdés la vida. Lo peor que hay es tener un hijo y estar encerrado o tener a tu mujer embarazada, como me pasó a mí. Es muy triste ver que tu mujer te visita con tu bebé en brazos. La película tiene que mostrar que es feísimo vivir ahí, que muchos chicos quieren salir de ese mundo y ponen mucho de ellos para ser mejores. Creo que ese mensaje se nota. Por eso, a los chicos hay que llevarlos a la escuela para que piensen en otra cosa. En un centro de contención sólo pueden aprender cómo se maneja una faca.
* El Almafuerte se estrena el lunes 10 de mayo, a las 20.30 hs., en el Espacio Incaa La Máscara, Piedras 736, Ciudad de Buenos Aires, con la presentación de La Chilinga y de sus realizadores.
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