La pieza dirigida por Juan Pablo Gómez e interpretada por Patricio Aramburu, Nahuel Cano y Alejandro Herner narra el “aquí y ahora” de tres amigos en el velorio del otrora cuarto de la cofradía. La acción se desarrolla en un “club de barrio”, frente a un público tan próximo que debe resguardarse ante el arrastre violento de un locker.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Un hueco
Buenos Aires, abril 27 (Agencia NAN-2010).- Algo raro ocurre en el Palermo nocturno. El caminante puede toparse con la música a todo volumen que emana de boliches varios, ingresar a algún restaurante topísimo para probar un curry símil al indio, ojear las casas de diseño con denominaciones “líricas” que en plena madrugada gastan luz para exhibir lámparas que nadie elegiría por lindas. Eso, o ingresar a El Chori Bajonero, bar cuyo nombre –¿hace falta aclararlo?– peca de osado, y que sin dudas causaría pudor ajeno en los que planearan volver al día siguiente para irse con ornamentos difíciles de colgar. Caminar en dirección a la Avenida Juan B. Justo es el broche de oro: al 1439 se ubica el Club Estrella de Maldonado, inaugurado en 1930 por “un grupo de muchachos lleno de ilusiones que decidió conformar un lugar donde juntarse” –según consigna su página web–, y que aún puede ser catalogado como “club de barrio”. Hace ya un tiempo, la rareza palermitana llegó a su extremo: donde se suceden fiestas de quince, acalorados partidos de fútbol y hockey, y donde don Carlos entrega choripanes, también hay teatro los sábados a las 21.30 y los domingos a las 20.
Por todos esos motivos, la odisea Un hueco comienza antes de sentarse en la butaca –que, se comprende, tampoco es una “butaca” en el sentido estricto del término–. Al llegar al club, el público sube las escaleras y es invitado a esperar en un espacio de atmósfera densa donde le convidan sandwichitos de miga y café y ginebra. En ese espacio minúsculo, que es el vestuario de visitantes, la tensión que implica el compartir una cena casual con desconocidos sentados tan cerca se acentúa por la presencia de –y el aroma tétrico que emana– una corona de velorio que lleva inscripta en letras doradas la leyenda “La Comisión Directiva”. Inevitablemente, uno se pregunta si algún socio del club falleció hace poco. Pero el ojo más entrenado probablemente presuma de su perspicacia al adelantarse a la historia que sucederá a metros, luego de atravesar en fila india los mingitorios con el resto de los espectadores, que pueden ser como máximo veinte.
Es que, contrariamente a lo que pueda suponer la presencia de tres hombres en el vestuario, la historia hablará de una muerte. Pero no será ése el tema principal. En realidad, la pieza dirigida por Juan Pablo Gómez tiene un carácter “situacionista”, lo cual implica que no hay tal cosa. En este punto, no resulta original: la escena local está poblada de obras que se alejan del formato clásico para brindar una sensación certera de “aquí y ahora”. Resultado de un largo proceso de improvisación de Patricio Aramburu (Maxi), Nahuel Cano (Lucas) y Alejandro Herner (Hugo) en pasillos y hasta baños, las condiciones de producción han dejado sus huellas en Un hueco, porque más que un tema lo que aparece es un salpicado desprolijo aunque seductor de ejes –la vida en el campo y en la ciudad y la amistad son sólo dos de ellos–, una mixtura al servicio del realismo de la pieza más que de generar suspense o intriga en el espectador.
Quien acaba de morir es el cuarto de un grupo de amigos. Su velorio tiene lugar en el club del pueblo que lo vio crecer junto a Maxi, Hugo y Lucas, aunque éste último emigró a la ciudad y llegó convertido en un hombre de oficina. Con intención de escaparle a la falsedad ajena, los tres se encierran en el vestuario. Se ofuscan al ver gente que llora sólo por tener que hacerlo. Se excitan mirando por la rendija a las mujeres que están al otro lado. La masculinidad les brota todo el tiempo. Pronto, comienzan los reproches entre ellos: es una amistad tan fuerte que se permiten decirse cualquier cosa, aunque debilitada por el tiempo que llevan sin verse. Los dos del pueblo le reprochan a Hugo haberse ido. Se quieren, se odian. Se consuelan, se agreden. Y todo sucede a centímetros. Hay un doble juego de espionaje: el espectador asiste a un acontecimiento en esencia íntimo que en varios momentos amenaza con hacerlo partícipe –por ejemplo, cuando los personajes mueven el locker de chapa ubicado en el centro de la sala, dirigiéndolo violentamente a la platea– y que lo marea con sus subidas y bajadas, sus inevitables quiebres como el llanto desgarrado, la bronca que se manifiesta en el acercamiento violento de los cuerpos, la carcajada cómplice que funciona a la manera de tierno compañerismo. Como contrapartida, los personajes curiosean continuamente qué es lo que ocurre al otro lado de la puerta, donde la muerte es más una mentira que otra cosa.
Un efecto dominó de la realidad se cuela por toda la pieza. Está en la asfixiante sensación que produce el encierro en un espacio minúsculo, en actuaciones y personajes nítidos y en una estructura sólida concebida, paradójicamente, como una no-estructura. El valor agregado es que el espacio no es sólo eso, sino un actor más. Si la muerte, del otro lado, representa mentira y falsedad, allí, en el vestuario, toma vida en tres cuerpos. En el de Maxi, alcohólico, violento, despojado. En el de Hugo, tipo de apariencias, ácido y provocador. En el de Lucas, inocentón y por momentos imbécil. Maxi, Hugo y Lucas son tan verdaderos como el club, el velorio, el locker, los sandwichitos de miga, la ginebra y los choripanes que don Carlos entregará cuando termine el próximo partido. Tan verdaderos como la muerte.
* Reservas: 15-5708-5927 ó unhuecoteatro@gmail.com