Por Facundo Gari
Buenos Aires, marzo 22 (Agencia NAN-2010).- Si cualquier persona con un mínimo de sensibilidad leyera Memoria del infierno (Ediciones Continente), libro en el que Jorge Federico Watts brinda testimonio de su desaparición durante la última dictadura militar, no podría sino indignarse hasta el asco vomitivo frente a las recientes y atroces declaraciones del ex presidente Eduardo Duhalde, o las menos cercanas pero igual de inhumanas de la esposa del mayor retirado Pedro Mercado, Cecilia Pando. Y no solamente por lo emotivo y atrapante del relato de un sobreviviente del centro clandestino denominado El Vesubio, ubicado en la ciudad de La Tablada, sino por la brecha que el devenido escritor de 61 años abre a fuerza de tinta, memoria y reflexión volcadas sobre las particularidades del terror impuesto por el gobierno de facto entre 1976 y 1983. Tanto así que antes de recordar las crueldades por las que tuvo que pasar, Watts da un paso hacia atrás y se encarga de aclarar que “los militares fueron el instrumento ejecutor de los sectores económicos concentrados” y que “eso no disminuye su responsabilidad, pero establece la relación entre los autores intelectuales y sus bestiales ejecutores”. Continúa: “Sabemos que no eran sólo militares los que planeaban y llevaban adelante estas horribles acciones antipopulares. Fueron acompañados e incentivados por civiles, los que tradicionalmente ejercieron el poder real, empresarios del campo, de la industria y las finanzas, sectores de la Iglesia y de los sindicatos complacientes con las patronales.” De hecho, alega que se trató de un “golpe cívico-militar”.
“Escribo contra el silencio y para que esto no se olvide, pero también para entender. La memoria es un instrumento de poder”. Reflexivo y tajante se presenta desde la introducción, en la que realiza un paneo de algunos temas que luego profundizará en cinco partes y cuatro apéndices que conforman el libro. Entre citas a Emmanuel Levinas, Friedrich Nietzsche, Pilar Calveiro, Walter Benjamin y Daniel Feierstein, cuenta algunas de sus intervenciones en diversos ámbitos, como testimonial: expone en el programa televisivo Nunca más, da charlas en escuelas y universidades y atestigua en juzgados penales de Capital y Morón, federales de Capital y La Plata y en otros tantos en España, Alemania y Francia. También, en el Juicio a las Juntas Militares por la Cámara Federal de Buenos Aires e, incluso, en juzgados militares. Pero no le es suficiente: “En los testimonios judiciales es normal que el juez imponga sus preguntas y es muy difícil ahondar en cuestiones importantes, sacar conclusiones y, por supuesto, opinar”. De allí, su (otra) necesidad de plasmar todo ello en un libro.
Su protagonista nace el 15 de enero de 1949 en el Centro Gallego porteño y, apenas 20 años después, se casa con Eva Pergament. En 1972, tienen a su primogénito, Sergio Alberto, y en el ’75, a Raúl Mariano. Hincha de Racing, amante del folklore, el tango y la música clásica y militante activo desde la secundaria en el Centro de Estudiantes del Nacional 9 Justo José de Urquiza, en Flores, su paso por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, donde comenzó la carrera de Electrónica, sirvió de antesala a su ingreso al partido Vanguardia Comunista, desprendimiento del Partido Socialista Argentino de Vanguardia. También participó “en tareas de apoyo barrial, como el tendido de cañerías de agua con los vecinos en la villa 31 de Retiro, y de apoyo a actividades gremiales, de agrupaciones metalúrgicas, portuarias y de otros gremios”. Así llegó a convertirse en secretario nacional de la rama Computación por la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE).
Pero su historia (la del eje del libro) arranca, claro, el 24 de marzo de 1976: a los pocos días, el protagonista es echado de la Caja de Jubilaciones de Industria, Comercio y Actividades Civiles, donde trabaja desde los 18. ¿La causa? Su actividad gremial en ATE lo convierte en un “factor real o potencial de perturbación”, según es informado. “Con diez años de trabajo en la Administración Pública y una foja de servicios intachable, salvo el aspecto de gremialista, que para mí es un honor, me quedo sin trabajo. Jamás me tomé ni una hora de licencia gremial.” A principios del ’77, entra como operario en la fábrica de galletitas Bagley. Primero trabaja en una línea sobre la cual pasan las latas de galletitas “usadas” (en ellas encuentra desde vidrios hasta “soretes” y un gato muerto). Y, luego, pasa a “Surtido”, donde hace la crema de los famosos “anillitos”. Si bien desde su ingreso en la fábrica tiene la intención de organizar un sindicato, los espacios para proponer esa iniciativa (la hora del almuerzo era el único momento de charla) y el tiempo para conocer a sus compañeros no son suficientes: es secuestrado el 22 de julio del 1978, a sus 29 años.
Y lo levanta en la puerta de Bagley, “a plena luz del día”, un grupo de tareas del “Primer Cuerpo de Ejército, que opera en El Vesubio”: más de una docena de personas de civil que lo “apuntan con armas”. Lo encapuchan con su propia campera, lo golpean y lo suben a un auto que apenas recuerda blanco. Al llegar al lugar, es ingresado en una casa y encerrado en una habitación pequeña. “Regresan. Me hacen desnudar totalmente. Me cambian la capucha por una venda sobre los ojos. Me golpean entre viarios. Me desconciertan porque no veo de dónde vienen los golpes. Me acuestan en lo que mi mirada apresurada describe como una camilla. Me atan, con tiras, cada mano y cada pie a una de las patas. Vienen algunos golpes más con cachiporra y después me atan un electrodo al dedo gordo del pie derecho, y con el otro, un cablecito… Empiezan con la picana. Me la aplican en varias partes del cuerpo”. Los militares presentes, le gritan: “Estás chupado, estás en el fondo de un pozo, nadie sabe dónde estás ni puede hacer algo por vos, acá mandamos nosotros y te matamos cuando se nos da la gana, vas a cantar hasta lo que no sabés”.
“El Vesubio y los chupaderos en general son máquinas de picar carne y almas, convicciones y creencias, porque están creados para eso”. En su primera “sesión”, Watts se queda sin dientes en tres días de “parrilla”. Le colocan un “fierro redondo” en la boca y le exigen que lo muerda. Entonces, “pasan la picana por la cara, ojos, labios… Se me rompen los dientes y muelas superiores. Pero… ¿qué puedo hacer más que seguir mordiendo ese maldito fierro? Nada”, lamenta. Recién entonces conoce el pequeño cubículo en el que estaría encadenado “como un perro” durante su estadía en El Vesubio. Los “milicos” le dicen, de hecho, la “cucha”. Son varias, en rigor, y las charlas con quienes ocupan las contiguas, a la noche, son a los susurros. “Oímos la radio de la cocina, de los guardias, siempre con un volumen bastante alto. Yo estoy acostado y tengo de almohada mi par de viejos mocasines. La radio la escuchan los guardias en la cocina. Pero a través de la puerta de reja nos llega casi intacto su sonido. Es una de las pocas cosas que nos unen al mundo. Ese mundo que está tan cerca y, sin embargo, tan lejos de nosotros. Hemos desaparecido para ese mundo, y ese mundo ha desaparecido para nosotros”.
Durante una de las sesiones, Watts conoce al entonces mayor Hernán Tetzlaff (“obtendrá el grado de coronel con los ascensos en democracia”). Éste le muestra unas fotos y le pregunta si conoce a quienes salen en ellas. Tras la negativa, el militar le cuenta a su prisionero que ha estado en su casa en busca de armas pero que no ha hallado mucho. Finalmente, le pregunta por la lastimadura que tiene en la pierna, producto de las torturas y pateaduras de los guardias en la “cucha”. En ese momento, Tetzlaff “se revela como un consumado actor” y grita con una gran dosis de histrionismo a un público imaginario: “¿Cómo tratan así a la gente? A este pobre muchacho le han hecho bolsa la rodilla. ¡No pueden hacer estas cosas!”.
Ya el martes 12 de septiembre de 1978, él y 35 compañeros secuestrados son abandonados en las inmediaciones de cinco unidades del Ejército: su destino está en el Batallón de Logística 10, de Villa Martelli. Al bajar de la camioneta que los transporta, Watts se encuentra con Tetzlaff y otro discurso como el anterior, en voz alta. En un momento, se le acerca y le promete un “médico de verdad” para que le revise la rodilla. Todo es una farsa, piensa el autor del libro, y se imagina al ex mayor decir con ironía: “Tenemos que seguir actuando, pero no nos olvidemos de que todos sabemos cuál es la verdad, ¿no?”. Allí es encerrado con cinco compañeros en unas celdas, pero por poco tiempo,porque pronto es llevado a la Brigada de Investigaciones de Lanús, en Avellaneda, y más tarde a la Comisaría de Monte Grande, donde pasa “poco más de dos semanas”. En ese sitio, hace un trato con unos policías para que intermedien en el envío de cartas con su familia a cambio de dinero. El primer envío es para su madre, escrito en el reverso de una cajita de cigarrillos (Watts reproduce todas sus cartas). La comida y el dinero que su familia le envía son administrados con mesura. “Ese dinero nos permite (a él y a sus compañeros de cautiverio) comprar velas, que nos enseñaron a usar en ese lugar, pegándolas de forma vertical a la pared, con lo cual duran más. A la altura que queremos, nos permiten leer y vernos los rostros, pues a lo largo del día nunca hay ningún otro tipo de iluminación”.
El 5 de octubre del ’78, es traladado con sus compañeros a la Unidad 9 del Servicio Penitenciario bonaerense, en La Plata. Recuerda la “cantina” (periodo durante el cual los presos podían comprar “ciertas cosas que eran imprescindibles para vivir en la cárcel”), la biblioteca, los “recreos”, las requisas, las visitas y los días de lluvia: “Nos gustaba que nos mojara la lluvia en la U9. Era algo sobre lo que los guardias no tenían control. Era como estar en libertad”. Mientras estaban allí, él y sus compañeros son sometidos a juicio por el Consejo de Guerra Especial Estable 1/1, “cara ‘legal’ del aparato represivo” presidido por el entonces coronel Carlos Bazilis, en el Regimiento de Patricios ubicado en Palermo. Allí, “se labra un acta donde niego todas las imputaciones que me hacen, salvo ser dirigente sindical y haber poseído un revolver legalmente (que me fue robado). Niego actividades subversivas y políticas y así lo hacen constar”. El 9 de abril, Watts es notificado –sin sorpresa– que el Consejo de Guerra se declara incompetente. “En la segunda quincena de mayo, sé que mi libertad es inminente. Soy trasladado de la U9 el lunes 21 de mayo y ya no volvería como preso”.
Entonces, el autor narra sus días siguientes, su “no regreso” a la rutina, sus satisfacciones al encontrarse en el “mundo real”, sus citas con familiares, amigos y “camaradas” y con las Madres de Plaza de Mayo. Pero no todo es dicha: a punto de entrar como empleado administrativo en la empresa de transporte Chevallier, un “informe policial descalificatorio” lo deja con las manos vacías. “Eso empieza a pasarme en todos lados y así se me cierra una puerta tras otra”. Finalmente, consigue trabajo y continúa militando en diversos organismos de derechos humanos, como la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos.
Pero allí no termina el libro, eso es apenas la mitad: lo que sigue es un cúmulo de anécdotas y reflexiones sobre la tortura (“Es una lucha. Desigual. Pero se puede luchar y vencer. Te pueden lastimar y romperte el cuerpo y el alma, pero se puede resistir”), los campos de concentración, la llamada obediencia debida, los secuestros, la muerte (“La muerte a manos de los represores estaba siempre al acecho. Como una amenaza, como una promesa de futuro, como algo siempre presente. Casi pegado a uno. La muerte nos rodeaba en el chupadero y, en algunos casos, hasta llegó a ser una esperanza de liberación de tanto sufrimiento”.) y “lo difícil que es ser un sobreviviente” (cita a Ana Longoni: “El sobreviviente es un reaparecido, una criatura regresante, un cuerpo lastimado que retorna y porta las marcas de lo ocurrido en el campo clandestino de detención”). Finalmente, la edición cuenta con tres nutridos apéndices sobre “antecedentes” al golpe del ’76, una descripción detallada de El Vesubio y un repaso por todas las cartas que escribió desde Monte Grande.