A dos sábados del fin, la obra teatral del dramaturgo postdramático que se muestra gratis en el Espacio Cultural Nuestros Hijos cala hondo en el público: en siete cabinas de tela blanca, espectadores y actores comparten sus frustaciones y esperanzas. “Intento que mis trabajos tengan tejidos ocultos. Lo que queda totalmente claro no tiene posibilidad de multiplicar”, afirma. Y también se despacha sobre la concepción mercantilista del espectáculo: “Se piensa en un espectador como en un número que genera guita”.
Por María Daniela YaccarFotografía gentileza de Carolina Camps
Buenos Aires, marzo 18 (Agencia NAN-2010).- Mirar. Pagar una entrada, sentarse en la butaca, comer algún alimento ruidoso, molestarse por el hecho de que sea el de al lado el que lo está comiendo, suspirar de enojo, reír de lo que pasa ahí arriba. Mirar esas presencias con la potencia de la identificación: la base del espectáculo tradicional. A Fernando Rubio eso nunca le interesó. “Las primeras cosas que hice fueron intervenciones urbanas. Junté a un grupo de actores. Cada uno tenía unas flores y tenía que acercarse a alguna persona en la calle. La idea era afectarlo directamente con un texto, decirle frente a frente: ‘Hace un año murió mi mamá. Estaba yendo al cementerio. Tomá’”. En 2001, con la clara intención de enfocarse en la invención de “acontecimientos”, Rubio creó la compañía Íntimo Teatro Itinerante. Junto a este grupo de actores –en el que está incluido– presenta los sábados a las 18 en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (Av. del Libertador 8465) su último trabajo, Donde comienza el día, una obra que cala hondo en la intimidad del espectador, por la historia y las particularidades de la puesta: siete cabinas de tela blancas en las que los personajes se mezclan con el público para hablarle de soledades, angustias y esperanzas. A fuerza del diminuto espacio en el que transcurre la obra-instalación, más que una mirada unidireccional lo que prima es el mirarse mutuamente. Y también el mirarse hacia adentro.
Por un lado, está lo que transmiten los textos: cierto mensaje de desintegración social, de quiebre de lazos solidarios en una época en la que todo es perfectamente rompible. Hay, no obstante, un dejo de dualidad que campea toda la pieza –el motor de la vida a punto de apagarse, la persistencia para que todo siga en funcionamiento–. Por otro lado, un breve espacio en el que el relato toma forma, con los ingresos rotativos de los personajes. Cinco o seis espectadores, un actor y un encuentro. “Estas cabinas, con la cercanía que producen, tienen una superación. Todo aspecto de vínculo decidido hacia otro genera una superación de lo trágico, la soledad y la pérdida. En este sentido funciona una creencia mía de que siempre hay una posibilidad de algo más. Aunque la época por momentos me parezca una mierda, confío en que existen todavía lazos de algo maravilloso”, explica Rubio a Agencia NAN. La incomodidad, la tristeza, la emoción, las sonrisas que se dibujan en el rostro: todo resulta un acto colectivo. Y el efecto no acaba en el “mirar siendo visto viendo” que plantea Lacan en su Teoría del Espejo. Hay un sentir siendo visto sintiendo, con perdón del trabalenguas.
Discípulo de Eduardo “Tato” Pavlosvky y de Norman Briski e influenciado por el situacionismo de Guy Debord, a Rubio se lo ubica en lo que se denomina postdramaticidad, una corriente que plantea lo dramático como “vaciamiento metafórico del teatro”, en palabras del crítico teatral Jorge Dubatti. Algo así como la vida en el centro mismo de las creaciones o la disolución de las fronteras entre vida y creación. “Somos un grupo de personas que está viviendo eso que transcurre a partir de la historia que cuenta un actor”, desliza el director. Es lo mismo que se planteaba con aquellas primeras intervenciones urbanas con apenas 19 años. También, lo que está en la base de su proyecto Hablar. La memoria del mundo. A partir de la pregunta “¿qué es lo más bello que hiciste en tu vida?”, Rubio invita a la gente a acompañar las respuestas con un retrato. Ya lleva recopiladas 600 imágenes. Algunas formaron parte de una dramaturgia fotográfica y de un libro, y luego dieron origen a la pieza Un niño ha muerto, anterior a Donde comienza el día. Para dejar que la cosa camine sola, propone a los cibernautas que suban sus fotografías a un sitio web. “Mis parámetros no se circunscriben nada más a la idea del teatro. Y en eso, la apertura a las artes visuales me generó una enorme libertad. Porque quizás trabajos más conceptuales pueden contener la teatralidad, la imagen, el video o una cámara. Me puedo tomar estas libertades por cómo enmarco mi obra. Si estuviera circunscripto a la sala teatral no hubiera hecho ninguna de las cosas que hice”, subraya Rubio.
En 1999, fundó junto a Briski la compañía Brazo Largo, de carácter más político, tal vez por la personalidad de su co-equiper. “Incluso lo que hacíamos era panfletario muchas veces. Era todo más directo, menos subterráneo. Intento que mis trabajos ahora tengan tejidos más ocultos. Cuando genero complejidad no es para dificultar el entendimiento. Aquello que queda totalmente claro no tiene la posibilidad de multiplicar. Hay espacios intrínsecos en la construcción de una obra que es bueno que estén algo velados, que tengan la posibilidad de aferrarse en el espectador de manera diferente”, reflexiona el director. Otra constante en la obra de Rubio es su “crítica a la espectacularidad”. “El espectáculo se ha olvidado de la idea ritual del teatro. Se piensa en un espectador como número en una butaca que genera guita. En el teatro de hoy, valoro la consecuencia de gente que hace diez, quince o veinte años viene manteniéndose sobre sus ideas. Después están las formulitas de lo que tiene que ser”, diferencia.
Casi opuesto al espectáculo está, entonces, el acontecimiento. ¿Qué se espera de él? Que resuene, que tenga un correlato en el cuerpo del espectador, que “multiplique”. El acontecimiento, íntimo e itinerante, sin una presentación regular en tiempo y en espacio, apunta directo a la memoria física. “El actor trabaja sobre una línea. Después hay una que genera el público. Es algo que trabajé mucho de la dirección: la capacidad de modificarse como actor según lo que está pasando en cada momento. Hay espectadores que quedan muy conmovidos, a los que se les caen las lágrimas. Nosotros trabajamos mucho sobre las posibles reacciones. Eso sí, hay una consigna clara, que es que el actor jamás va al choque. Las formas de transmisión son amables”, describe Rubio. Y concluye: “Lo importante es que el espectador se lleve la mirada de un actor o ese pequeño cuerpo momentáneo construyendo un relato conmocionante. Tiene la posibilidad de vivir intensamente lo que transita un artista. Cualquier obra sin espectador no puede suceder, pero acá intentamos darle un lugar muy único, particular, activo. No da lo mismo, que ese cuerpo que está ahí frente a nosotros sea uno u otro. Y ellos nos nutren, nos hacen mejores artistas”.