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Federico Godfrid y Juan Sasiaín: “Escribimos ausencias que el espectador completa”.-

Los directores de la película La Tigra, Chaco llegaron a esa ciudad a doscientos kilómetros de Resistencia y se sintieron como en el capítulo de Los Simpson en el que no hay nada en la TV y los niños descubren la belleza del arco iris: “La Tigra es un espacio que regala imágenes”, afirman. Protagonizado por Ezequiel Tronconi y Guadalupe Docampo, los únicos actores “profesionales” del elenco, el film competirá mañana en Pantalla Pinamar. “Nos encanta lo que pasa con la película: es popular y gusta a los críticos”, celebran. Además, aplauden la ley de medios y analizan los efectos de la globalización en el cine argentino.

Por María Daniela Yaccar
Fotografías de Martín Lo Nigro y de La Tigra, Chaco

Buenos Aires, marzo 5 (Agencia NAN-2010).- La Verdad suena a objetivo pretensioso en el universo del arte. O no, si se escribe en minúscula. Persona significa máscara, entonces pareciera que arte es una suerte de máscara por duplicación. En La Tigra, Chaco eso no sucede, porque todo parece auténtico. El nacimiento de la primera criatura cinematográfica de Federico Godfrid y Juan Sasiaín fue precisamente así: uno en calidad de encargado de la puesta en escena y el otro como actor, llegaron al pueblo norteño que dio el nombre al film para participar del Festival Nacional de Monólogos. Lo primero que vivieron fue un impacto temporal, el que experimentaría cualquier bicho de ciudad: “Fuimos a comprar yerba y estuvimos adentro del almacén una hora. No había nadie en la caja. Nos vieron y nos dijeron: ‘¿Vienen por el encuentro de monólogos?’. Notaron que estábamos apurados. Eso nos agradó como para escribir una ficción”, cuenta Sasiaín. De manera que lo de la ópera prima de la dupla fue pura casualidad. Y esas casualidades invaden exquisitamente los 80 minutos que dura la historia.

“Está bueno llegar a un espacio y que te regale imágenes”, dicen ellos. Y pensar que La Tigra, ubicada a doscientos kilómetros de Resistencia, tiene nomás veinte cuadras (la verdad puede esconderse en los rincones más recónditos). Hasta allí viaja Esteban (Ezequiel Tronconi) para buscar a su padre, Cacho, y hablar de algún asunto que no queda del todo claro. El joven vivió en La Tigra o pasó allí varios veranos de su infancia, por eso es que su llegada al lugar es un reencuentro íntimo con sensaciones viejas. También con una bella muchacha estudiante de medicina llamada Vero (Guadalupe Docampo), aparentemente un amor de la pubertad. Un detalle a tener en cuenta: Tronconi y Docampo son los únicos actores profesionales del film.

Estos amigos que se conocieron hace una década en el festival de cine marplatense –pese a que cursaron juntos Imagen y sonido en la Universidad de Buenos Aires–, hasta ahora más cercanos a las tablas que al celuloide, no disimulan su sorpresa ante el reconocimiento que ganó La Tigra. Obtuvieron, entre otros, el premio a la mejor película en el Festival de Cine de Mar del Plata de 2008 y el del público en la cuarta edición de la Muestra de Cine Argentino en Leipzig, Alemania. Docampo se quedó con el palmar de la Asociación Argentina de Cronistas como mejor actriz. Y mañana arranca la sexta edición de Pantalla Pinamar, en la que competirán por los Premios Balance, votados conjuntamente por el público y la prensa.

— ¿Cómo fue que comenzó a tomar forma el proyecto?
Juan Sasiaín: — Cuando volvimos a Buenos Aires, le dijimos a la gente de Cultura del municipio si daba para que fuéramos a escribir una peli allá. Entonces nos instalamos diez días, a seguir chocándonos imaginariamente con el pueblo, para que nos regale imágenes para un relato de viaje. Con la misma obra (Beto, el suertudo) habíamos ido a Venezuela, pero no escribimos nada. Nos aterró la ciudad…
Federico Godfrid: — Y nos hipnotizó la piscina. La Tigra era como el capítulo de Los Simpson en el que sacan Tom & Daly y los chicos no tienen nada que ver en la tele. Al segundo día, empiezan a salir. Y al tercero están todos jugando en las plazas, ven el arcoíris… Eso nos pasó a nosotros.

— ¿Cuánto influía en el proceso de escritura eso de chocarse con las imágenes del pueblo?
J.S.: — En un momento abandonamos el guión literario, lo teníamos de guía y al técnico como madre. Eso nos dio la libertad de reescribir bastante en el rodaje y de improvisar con los actores. La madre eran las imágenes. Por ejemplo, habíamos pensado en una escena entre los hermanitos Esteban y Alejandrito (Federico Ibáñez) en la pileta. Cuando volvimos a La Tigra, vimos que la pileta que íbamos a usar estaba vacía. El agua se acababa a las seis de la tarde. La producción nos propuso conseguir un camión con agua. Le dijimos que no, ¿cómo iban a traer un camión viendo a esta gente que no tiene agua? Entonces fuimos de vuelta al espacio de rodaje para ver qué se nos ocurría. Y cuando llegamos a la casa, escuchamos a Candelaria (Ana Allende, tía de Esteban en la ficción) retando a un perro. ¡Había un gallo en la pileta y el perro se lo estaba por comer! Ana trató de bajar por la escalera para sacar al gallo. Y Fede le dijo: “Pará Ana, bajamos nosotros”. Era un gallo, no una gallina, así que le teníamos miedo. Bajé yo también, después el sonidista. Ana nos decía: “De las patitas, de las patitas”. Finalmente después de mucho sudar logramos sacar el gallo de ahí. Nos miramos con Federico: “Hay escena”. Pasó en todo el rodaje esto de estar permeables a escuchar el espacio realmente, a ver qué imágenes de las que fuimos reescribiendo funcionaban de modo verdadero.

— El trabajo con actores no profesionales también apuntaba a lo mismo, ¿no?
J.S.: — Partimos hacia el rodaje con la convicción de que sabemos dirigir actores. Queríamos un vínculo entre hermanos bien verdadero. Generamos uno previo: mandábamos a Ezequiel a jugar a la pelota con el nene, a recorrer el pueblo y tomar helado. En la escena del almuerzo entre tía y sobrino, no salió cada uno de su motorhome. Ana cocinó para Esteban y el afecto se le nota. Lo que le sucede al cuerpo es que está compartiendo algo con el otro hace tres tardes y que es una señora convidando milanesas. Hay improvisaciones con textos de ellos y pedidos de repetición para recuperar una verdad que ya tenían.


— ¿Qué lugar le cabe al espacio en el film? Sería erróneo decir que es nomás una seguidilla de imágenes bellas que capturan.
F.G.: — Ninguno de nosotros era consciente de que queríamos ser naturales con el lugar. El espacio se mete solo, no fue condición para contar la historia. Me acuerdo de las cosechas de algodón, que era una imagen muy tigrense. Y nosotros le escapamos.
J.S.: — El espacio modifica a las personas que viven ahí. Nosotros filmamos a las personas modificadas por ese espacio.
F.G.: — Hay otra película que se filmó en el Interior con una actriz muy famosa que no es argentina. Era una diva en su motorhome y había alguien que era su reemplazo en preparación, para que fotografíen para probar luces, cámara, movimientos. Para filmar en un hospital tuvieron que desalojar a todos los enfermos. Eso era enemigo de nuestra película.

— ¿Sintieron miedo de contar la historia desde afuera, de caer en el “porteñocentrismo”?
J.S.: — Siempre decimos esta frase con mucha verdad y a mí a veces me da vértigo. Sabíamos que no podíamos escribir la historia de un chaqueño porque no la conocemos. Con diez días de ir a vivir ahí no te alcanza. Tampoco con un año. La historia que decidimos contar es la de un porteño que llega a ese lugar como nosotros, que nos chocamos con el almacén al comprar la yerba. Nos parecía más sincero y honesto.

— Tienen una preocupación esencial: eso de lo verdadero.
F.G.: — La producción artística es la exposición de los mundos internos. Cuando no veo al realizador en la obra, sino esa cosa pop de “mirá cómo juego”, me agarra furia. No quiero eso. No le creo. Me parece mentiroso. Hace diez años que doy clases (es profesor de Dirección de Actores en la UBA). Lo que siempre les pregunto a los alumnos es: ¿dónde estás en lo que contás? ¿Por qué contás la historia de un chabón que fue secuestrado por el FBI? Cuando el protagonista es un estudiante de cine, tiene el póster de La naranja mecánica y se viste con chupines, usa anteojitos cuadrados y tiene los pelos todos levantados. Eso es mierda. Es una alegoría, como lo es la paloma para decir la paz. No hay una construcción de sentido. Me da miedo cuando la gente dice que le gustó mucho la dirección de actores, cuando hace ese recorte. Ahí digo, a esta persona la película le resultó muerta.
J.S.: — Me emocioné con un pibe que me dijo que la peli le hacía acordar a un pueblito de la India. Y yo decía: “¿De la India? ¿Qué tiene que ver la India con La Tigra?” Tenemos esta búsqueda constante de mundos propios internos y de volcarlos a las ficciones que creamos. (Mauricio) Kartun decía que uno escribe desde miserias y lugares propios y que no hay que mostrar lo que creamos inicialmente a familiares. Está bueno, también, que los que nos conocen den otro significado a las cosas. Cuando llega el camión con el padre de Esteban, mi hermano se pone a llorar y dice: “Ése es papá”. Una búsqueda y a la vez un hallazgo es que escribimos ausencias, nos surge de modo inconsciente. Son poéticas o movilizantes. El espectador tiene que completar.

— Acaban de sumergirse en el terreno del cine independiente, ¿cómo lo ven?
F.G.: — Soy muy pro cine argentino. Hay un falso prejuicio entre el comercial y el independiente. Hay pelis que salen con tanto marketing que funcionan solas, por más de que sean aburridas.
J.S.: — Nos encanta lo que pasó con la película: es popular y gusta a los críticos también.
F.G.: — Tampoco tenemos prejuicios con lo comercial. La gente no va a ver nada, menos cine argentino. Hay todo un tema sociocultural de larga data, que tiene que ver con la globalización que ha hecho cosas buenísimas pero que también ha destruido la cultura. Por un lado, uno tiene más acceso que antes a ver películas iraníes o turcas, pero también existe el imperialismo de la mirada que construye una forma de mirar cine. Entonces películas como El secreto de sus ojos –y aclaro que (Juan José) Campanella nos encanta– hacen dos millones y medio de espectadores porque apelan al star system y porque tiene una construcción del lenguaje audiovisual que es hollywoodense. Y después La Tigra, Chaco no le gusta al espectador, o ni la va a ver. Va a decir: “Cine argentino… Será lento, no pasará nada”. Nosotros pertenecemos a una generación que también está atravesada por el imperialismo de la mirada. Y ponemos como referente a El padrino o La guerra de las galaxias, no a un gaucho del 1900. Por eso uno aplaude la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o el Canal Encuentro. No existía en mi imaginario que pudiera existir un canal cultural que no sea un embole.

* La Tigra, Chaco se exhibe todos los viernes y sábados a las 20 en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), Av. Figueroa Alcorta 3415. Acompañan la proyección actores, directores y parte del equipo de producción para responder preguntas del público. También se muestra en el Gaumont I (Av. Rivadavia 1635).