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Apachurrados por el arte.-

La obsesión de Apachurros es hacer llegar la cultura a todas las personas a través del trabajo hombro a hombro dentro del mismo grupo y la unión con otros colectivos. ¿Con qué objetivo? “Alimentar” la actividad diaria, cada puesta en escena con la que hacen de sus obras de teatro no sólo un simple acto recreativo para los chicos sino una construcción que les proponga elaborar, sentir y pensar.

Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de Apachurros

Buenos Aires, marzo 4 (Agencia NAN-2010).- Escenarios, situaciones, excesos que empalagan, carencias que rasguñan. Límites de lugar y de tiempo, de edad y capacidad. Sobrante de ganas cuando no hay canal donde volcarlas y ausencia cuando la demanda es brutal. Son algunas de las miles y las más variadas clases de elementos que inciden en el camino que cada quien construye mientras pasa la vida; condicionamientos que casi siempre exceden la capacidad de control humano, no por voluntad divina, sino por llegada tarde terrenal. Sin embargo, existe un momento en el que el sendero se parte en dos y, sin distinción de género, ni edad, obliga a la elección: poner el pecho en soledad o juntar hombros para hacer el aguante en grupo. En ese punto estuvieron, cada uno en su momento, los artistas que integran el colectivo de teatro infantil Apachurros, cuando no dudaron en lanzarse a andar la pista unidos. Así convirtieron esa “elección de vida” en eje central del grupo. “Quisimos construir algo que se base en resaltar el valor de la acción comunitaria –contó una de las originarias del grupo, Silvina Buzzetti, a Agencia NAN–. El nuestro es un espacio que nació de una especie de obsesión por darle sentido a eso que se llama construcción cooperativa”.

Apachurros empieza a ver el sol a mediados de 2007. Silvina, profesora de teatro en escuelas y diversos espacios, su hermana Eva, también docente y escenógrafa, y su novio, Marcelo Vitelli, trabajaban juntos en un teatro comunitario para chicos. Y si bien eso los dejaba “medianamente satisfechos”, los tres sentían que una inquietud los perseguía desde hacía tiempo. Algo parecido a una voz que, cada vez que subían a escena, o enseñaban técnicas teatrales o gastaban las horas en otros laburos, les susurraba al oído que el camino por ahí no era: había que lanzarse a lo propio.

“Se nos fue calentando la cabeza, hasta que al final acabamos por lanzarnos”, aseguró Silvina. Casualmente, el calor se hizo cuerpo en Eva y Marcelo, que quedaron embarazados en plenos preparativos de la obra debut. Iván Vignau y Paula Dagna se sumaron a reemplazarlos. Más tarde llegó Lía Arce, la titiritera. El círculo se cerró con Aldana Avella. ¿Se lanzaron, había dicho? ¿A hacer qué? A construir “un espacio donde poder decir lo que queríamos decir, de la manera en que queríamos”, retomó Silvina.

Por donde se la mire, la propuesta apunta a resaltar el valor de la acción comunitaria. Es el eje argumental de El fantasma del Cañaveral, la obra de teatro de Graciela Salbo que, adaptada a sus “maneras de decir y de hacer”, eligieron para debutar. Pero también es la estructura sobre la que los integrantes construyeron su colectivo, el punto con el que tejen relaciones con otras personas y espacios, y la manera de vivir que cada uno desarrolla en lo personal. “Quisimos decir, para rescatar lo valioso que es esto de juntarse y llevar adelante una acción, un proyecto o lo que fuere. En la obra, es combatir al fantasma, pero la realidad es que no importa el para qué, sino compartir el trabajo para llevarlo a cabo. Eso es lo que expresamos”, remarcó la docente. Incluso el nombre del colectivo tiene que ver con el “estar juntos”: Apachurros viene de estar apachurrados, abrazados, unidos.

En El fantasma… pusieron en práctica eso de decir lo que querían de la manera en que querían. ¿Cómo? Silvina retomó en la charla la idea en la que los integrantes de los Apachurros coincidieron desde un principio en torno a las obras de teatro infantiles convencionales: “Está bien que el lenguaje del teatro infantil sea simple, pero simple no significa tonto. No hay ninguna razón que justifique el menosprecio a los chicos, a su inteligencia, a su capacidad de sentir y de pensar. Hay muchas obras que los menosprecian, que los tratan como tontos. Las cabezas que tienen son increíbles. Por eso quisimos construir un proyecto cuyo contenido los invite a elaborar, les proponga estar atentos, a pensar y a sentir”.

La obra y el trabajo de Apachurros apuesta a esas capacidades y aprovecha la espontaneidad y la impredecibilidad que le atribuyen, también, a los infantes, para construir desde ahí ese mensaje de rescate de lo comunitario: “Los chicos son espontáneos en el sumarse al otro, en compartir. Viven compartiendo. Son los adultos los que lo pierden. Y además son espontáneos en sus reacciones. Si se aburren, se aburren. No la dibujan. Pero cuando se involucran, es maravilloso. Laburamos con sus reacciones. Tomamos las reacciones de cada uno y las metemos en la obra”, argumentó la docente.

No obstante su trabajo no se estanca ahí. El fantasma… tiene muchos “guiños” para los adultos que acompañan a los espectadores privilegiados, cuyos resultados se aprecian en los saludos, agradecimientos, felicitaciones e invitaciones a hacer la obra en barrios, escuelas y otros espacios. Es ahí, en la conexión que se da de manera permanente con otros espacios y colectivos, como el de ellos, donde Silvina detecta que “la coherencia que sentimos entre cada uno de nosotros al armar Apachurros, la de construir en comunidad, adquiere una escala mayor”.

En octubre de 2008, estrenaron la obra en la Biblioteca popular de Villa Pueyrredón, donde la repasaron varias veces. Después la pasearon por el Centro Cultural El Colectivo, de Villa Urquiza, en Cualquier Lado Teatro y en Parque Centenario, invitados por los integrantes de Cine Libre Parque Abierto. “Ellos presenciaban la obra y después nosotros nos quedábamos a ver películas en el Parque”, comentó Silvina.

Los vínculos se dan, claro, con otros espacios que entienden, como ellos, que “la cultura, el arte, tiene que estar al alcance de todos” y con los que coinciden en algo que ellos tomaron como “una obsesión”: darle sentido a eso que se llama construcción cooperativa. “Son grupos que entendieron la propuesta, la encontraron acorde a lo que ellos buscan con su construcción. Está bueno encontrar otras personas que apuestan a lo mismo”, culminó.

En 2010, si bien ni el camino, ni el “producto”, ni el proceso van a ser modificados, tienen pensado en desembarcar en las escuelas, en donde ya empezaron a presentarse. Aunque no les está resultando nada fácil, señaló Silvina: “La propuesta les gusta, pero nos piden que elaboremos contenido didáctico, que la transformemos en algún punto. Incluso algunos nos piden que la modifiquemos para que los chicos reciban todo bien masticadito y no tengan que elaborar. El salir de la forma tradicional es un desafío”. Y los Apachurros en cada puesta en escena, día a día, intentan superarlo.