Ya los aires derruidos de ese teatro de San Telmo funcionan como dispositivo escénico para la prestancia que caracteriza al hotel de la obra de Mariela Asencio y, en rigor, a sus inquilinos: una mujer que se cree perro, una pareja de cuarentones, una francesa que no habla sino su lengua natal, un músico y otro hombre que exponen sus deseos y frustraciones.
Por Esteban VeraFotografía gentileza de Hotel melancólico.
Buenos Aires, marzo 2 (Agencia NAN-2010).- La amplia sala del teatro La carbonera (Balcarce 988), con sus paredes de ladrillos a la vista y techo alto, se transforma todos los sábados a las 21 y durante 65 minutos en una pensión venida a menos y huérfana de comodidades, en cuyo patio y precario baño tres mujeres y tres hombres comparten intimidades, desilusiones, soledades, deseos, frustraciones, miserias y sexos. Sobre todo eso trata y fluctúa Hotel melancólico, obra que fusiona la cotidianidad y el teatro con música y poesía. Escrita, dirigida y puesta en escena por la multifacética Mariela Asensio (es actriz y bailarina además) esta pieza que se estrenó en la cartelera off seis años atrás con buena repercusión y críticas se podrá ver hasta el 24 de abril, tras reestrenarse por quinta vez semanas atrás.
La entrada que da al hall del teatro ubicado en una esquina vieja del barrio porteño de San Telmo, sobre callecitas empedradas, tiene fachada de casa antigua de principios de siglo XX. Ya en la penumbra de la pequeña sala, un acertado dispositivo escénico más los ladrillos sin cubrir funcionan a la perfección para crear la ilusión de un hotel derruido por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento y propiciar la recepción psicológica de la obra, cuyas escenas cotidianas se suceden sin una historia lineal sino fragmentaria, de piezas que se entremezclan. De esta manera, la obra se vale con eficacia del ambiente del teatro y el hotel queda plasmado perfectamente.
En su interior, no hay privacidad. Los huéspedes comparten incluso un minúsculo baño de paredes de azulejos blancos. Justamente allí comienza la acción, con todos los ocupantes interpretando una canción. Entre los inquilinos se destaca la dualidad de una mujer-perro (Leticia Torres), con sus movimientos y sonidos, vestida con una malla color piel. Por momentos es un perro que reparte ladridos, mordidas y fidelidad; por otros, es una mujer sola, angustiada, con celos y miedo a la soledad. También sobresale Berta (María Laura Kossoy), una francesa que sólo habla su lengua nativa y tiene dificultades para comunicarse con el resto de los pensionistas. Sólo habla con la mujer-perro. Completan el elenco de pensionistas Silvia Oleksikiw (la novia), Federico Schneider (el novio), José Márquez (el hombre) y Julián Rodríguez Rona (el músico).Ellos exponen trozos de sus vidas ante el otro, en un tono grotesco y tragicómico que por momentos incomoda a algunos espectadores, sobre todo, cuando la acción transcurre en el baño.
Cada uno de los personajes tiene sus propios problemas y representa metáforas de la sociedad, como la mujer-perro, figura retórica de la dependencia amorosa. O la novia de 40 y pocos años, que funciona para cuestionar el estereotipo de la feminidad que dice que la mujeres de esa edad deben tener una vida organizada (entiéndanse estar casada y con hijos). Ocurre lo mismo con una sátira de un test de la revista Cosmopolitan que propone un multiple choice para que las mujeres descubran si tienen una vida sexual ardiente, por qué no tienen novio, si saben cómo complacer a su pareja o si tienen buenas estrategias para seducir hombres.
El músico Darío Lipovich es autor de un par temas originales de Hotel melancólico, que incluye una playlist de música paraguaya, como canciones como “Recuerdos de Ypacarai”. Incluso, hay un tema en francés: “Non, je ne regrette ríen”, de Edith Piaf y Marc Heyal. Todas ellas contribuyen a aportar melancolía al lugar. En la fusión que propone la obra, Asensio, que prepara Mujeres en el aire, continuación de la trilogía que inició con la exitosa Mujeres en el baño, incluyó los poemas “Nadie es de nadie” y “Carta del obsedido”, del libro Cierta curiosidad, del periodista Reynaldo Sietecase. Finalmente, el vestuario es acorde a los requerimientos estéticos del universo cotidiano propuesto por la autora.