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Oscar Gallichio y la tarjeta revolucionaria.-

También se lo conoce como Zam-bha a este hombre de pelo y barba blanca que, lejos del gordo que viste de rojo, ríe con «o» y todo lo acapara por estos días, no reparte regalos a los niños más privilegiados del mundo. Desde un sector de Plaza Italia, en La Plata, este canoso intenta “hacer la revolución con la Hippie Card”, una tarjeta de crédito intangible que creó para acercar gente a la lectura, intercambiando libros “por lo que se pueda”. “Hay quienes dicen que esto es una utopía, pero si hay alguien que se prende en la historia, deja de serlo y se convierte en realidad”, sintetiza en diálogo con Agencia NAN.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala

La Plata, diciembre 30 (Agencia NAN-2009).- Creer en el otro. Entregarle, con los ojos vendados y sin pedir nada, el único bien preciado, el medio de vida. Y creer. De eso se trata la revolución para Oscar Néstor Gallichio, el hombre que cada fin de semana se acomoda en un puesto de la feria de Plaza Italia, en La Plata, junto a un centenar de libros que ofrece a los visitantes a cambio de “lo que se pueda”. Con una historia ligada al hippismo, que lo ubica como participante activo en la fundación de una de las primeras fraternidades –la comunidad La Casa del Sol, de Los Hornos –, Oscar continúa riéndose del “sistema”. De ese al que esquiva hace ya muchos años; por el que más de una vez se sintió aprisionado; el que tuvo el tupé de intentar convencerlo de que no existe otro camino que el Capitalismo. Frente a eso, Oscar, que también se hace llamar Zam-bha, creó la Hippie Card: una paradoja que se traduce en una tarjeta de crédito intangible a través de la que centenares de personas pueden adquirir ejemplares de libros preciados sin pagar un centavo y con el único compromiso, aunque de palabra, de retribuir la gentileza cuando sea posible. El objetivo principal: “No traicionar al espíritu libertario de la feria”, ni el de uno mismo.

“Hay quienes dicen que esto que hago es una utopía. Yo digo que es una utopía si no me ayudan; si hay alguien que se prende en la historia, deja de serlo y se convierte en realidad”, afirma Oscar, de cabellos y barba canas. Lejos de permitirse ser persuadido por los pronósticos pesimistas que a cada rato le juran que la sociedad está yéndose al tacho, no teme demostrar la conmoción que le provoca cuando algún potencial cliente alienado y “de mirada opaca” se emociona ante su propuesta y no sólo la valora, sino que también aporta su granito de arena para solventarla. Así, no es raro presenciar en su puesto escenas en las que hombres y mujeres, “en tiempos del sálvese quien pueda”, no sólo pagan el monto correspondiente del libro que se llevarán a sus hogares, si no que además dejan dinero extra para ayudar a “paliar los gastos que provoque algún prestamista deudor”.

Con 61 años que no aparenta y más de 40 de trabajo en las ferias, Oscar dedicó sus días a buscar un modo de vida alternativo. Al principio, y “con el deslumbramiento del hippismo de los ‘70”, el deseo de reconectarse con la naturaleza y revertir el desamor lo motivaron a emprender un camino que lo acercara “más a las fuentes”, y que lo llevó a incursionar en artesanías de todo tipo. Después, con muchos de aquellos ideales en pie a pesar de las embestidas del paso del tiempo, y con un caudal de experiencias que incluyen viajes, naufragios y retiros a lugares deshabitados, Zam-bha encontró en la plaza su espacio de trabajo, “un ámbito público donde se dan encuentros y en el que históricamente se iniciaron las grandes manifestaciones culturales”. Allí, se convierte en librero.

Convencido de que la transformación social es posible y de que él es uno de los elementos necesarios para llevarla a cabo, Oscar asegura sin titubeos estar colaborando en “hacer la revolución” porque “la idea de tener confianza en un universo que tiende cada vez más a encerrarse en uno y a crear desconfianza en el otro, el sistema del ‘divide y reinarás,’” es, al menos, reaccionaria.


Sin caer en la ingenuidad, Oscar jura ser conciente de que su “pagame cuándo y cómo puedas, aunque se trate de mi única fuente de ingresos” es, por momentos, “como una ruletita con muchas balas adentro”. “Vivimos en una cultura que es complicada”, concluye. Sin embargo, y para evitar pesares, Zam-bha explica que su proyecto se sustenta en su mala memoria: “Vos te llevás algo del puesto y en el mismo momento en que te vas, me olvido de vos, de lo que te llevaste, de lo que me debés. En caso de que vuelvas, mi gozo y mi alegría son dobles porque me viene bien lo que me traigas y porque venciste la tentación de no venir, que debe ser grande”, revela, orgulloso.

A pesar de que el intercambio desinteresado que establece en torno a su negocio lo obliga a tener hábitos sumamente modestos, el creador de la Hippie Card se siente feliz de ello, mientras asevera ser un hombre afortunado que está rodeado de buenos amigos y que logra despertar “un nivel de solidaridad que, aunque a veces no es mensurable, ayuda a vivir y a hacer la vida más placentera”. Haciéndose eco de esa solidaridad acerca de la que habla con placer, Zam-bha no sólo regala libros a algunas escuelas del interior del país, sino que además ahora se sumó a la tarea de armar una biblioteca que funcionará en las Sierras de Córdoba “para los hippies y los locos de allá”. A pesar de que, luego de conocer una de sus máximas –“que el dinero no sea impedimento para que el que no tiene acceda al libro”–, el Estado aplaudió la labor que cumple Gallichio como promotor de Cultura, él sabe que ese reconocimiento ausente es lo mismo que el vacío. “El Estado se maneja con una retórica sin compromisos, en la que a pesar de haber declarado mi trabajo de interés municipal y de haberlo auspiciado por la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, no me dió ni un plástico para taparme cuando llueve”, remata, en una especie de denuncia a medias. Aprovecha la reflexión y la suma a sus otras razones por las que “las cosas tienen que cambiar”.

Lejos de buscar únicamente difundir la lectura, Oscar procura echar por tierra varios de los males de estos tiempos. Por un lado, intenta desmantelar “la cultura represiva que está llena de ‘noes’ acumulados”. De manera explícita a través de un cartel que “ruega tocar”, invita a los paseantes a inmiscuirse entre libros ajenos que, por qué no, pueden ser también suyos. Ellos deciden. Por otra parte, Gallichio anhela cambiar el modo de relacionarse entre las personas, “sembrar una pequeña semilla de esperanza que demuestre que si se establece un vínculo de fraternidad, estamos construyendo un mundo mejor”. ¿Cómo? “Debemos apostar al otro porque es posible encontrarnos en la mirada, descubrir la posibilidad de las manos sin trampas y de los afectos no interesados”, sostiene. Aunque, después de meditarlo por unos segundos, Zam-bha se corrija y jure ser una persona sumamente interesada; aunque su centro de atención sea ese otro que lo convence constantemente de que no hay alternativas: “¿Qué otra cosa mejor puedo hacer a esta altura de mi existencia que hacer la revolución?”.