
Por Nicolás Alonso
Difícil es, en medio de esta vorágine colectiva, ejercitar el hábito de la reflexión. En un contexto en el que la información arrasa como un tsunami los cuerpos y las mentes de los seres humanos. Lo que se tiene a la vista es una oleada noticiosa, de último momento, de último minuto, de último instante, para cuya reflexión no se dispone más que de unas pocas horas: hay que decir algo antes de que el suceso pase, de que las aguas se retiren o sean reemplazadas por las siguientes, por las noticias más nuevas e instantáneas. Más inmediatas. De todo eso no queda más que una opinión. Reflexión suena a mucho. El tiempo mediático pide opiniones. Indica cómo y en qué momento ciertos hechos devienen relevantes para el conjunto de la sociedad.
Cabe preguntarse si un acto de violencia colectiva, tal cómo son los linchamientos, amerita ser entregado a esa vorágine informativa para que desde allí se funde el sentido del debate público. Y es que cuando se habla de violencia es necesario tener presente que no se trata sólo de una cuestión netamente social o típicamente política, sino de una que interroga a nivel ontológico al ser humano. Es decir, antes que la moralidad o la eticidad hay un interrogante al ser llamado humano, a la forma en que el hombre habita el mundo. Las experiencias de violencia colectiva y sistemática que la humanidad ha sabido poner en acto a lo largo de la historia así lo atestiguan. De la misma forma, la existencia histórica no violenta de miles de pueblos y personas, así como de diversas religiones y filosofías que se detuvieron en la cuestión de la violencia, habla sobre esa disputa en el corazón de hombre.
Tan vieja es la cuestión que ya en las antiguas escrituras de la tradición judeocristiana hallamos referencia a una práctica hermana de los linchamientos: la lapidación. El procedimiento consiste en un grupo de personas que apedrean a quien ha infringido ciertas normas hasta matarlo. En el Antiguo Testamento se estipulaba la lapidación para numerosas infracciones, como el adulterio o la idolatría. Pero es en el Nuevo Testamento en el que se halla, dentro de esa tradición, una crítica explícita a esa clase de violencia. En el evangelio según Juan (8:1-11) leemos un relato en el que Jesús interviene: “Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?’ Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: ‘Aquel que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra’. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.”
¿Qué se quiere poner de relieve con este relato? En primer término es necesario dejar en claro el status ontológico de la cuestión de los linchamientos. No estamos ante un hecho que emerja bajo el modo de un brote. No es una cuestión viral o un arrebato de locura colectiva que aparece dislocando un orden de cosas establecido. Sino que, por el contrario, es una práctica que goza de relativa estabilidad y que tiene parientes como la lapidación, presente ya en las escrituras en las cuales está basada la cultura occidental. Esto es un aspecto central ya que, como vemos en los conceptos con los que se analizan los linchamientos, hay un modo de enfocarlos que los restringe a causas exclusivamente coyunturales, como la del proyecto de reforma del Código Penal o la falta de presencia del Estado, leído exclusivamente como instancia represiva. Ambas enmarcadas en una lectura de la política oficial en tanto que “garantista”.
En la medida en que el Estado es el actor social que detenta el monopolio del uso de la violencia legítima y en que no la pone en acto mediante sus fuerzas policiales y procedimientos institucionalizados, como lo es típicamente el sistema penal, esa violencia es devuelta a su portador originario, el hombre individual, que pasa a utilizarla a su criterio, teniendo por resultado la denominada “justicia por mano propia”. De manera tal que, desde este enfoque, el aumento de los hechos de justicia por mano propia (medido, por supuesto, a ojímetro mediático) es resultado de un vacío en el poder represivo del Estado, que es ocupado por los individuos.
Casi emulando ese relato bíblico reproducido más arriba, hay una cuestión aún más central. Por detrás de los linchamientos hay una grieta mucho más profunda y dramática que la de Jorge Lanata. Una grieta que no se trata de la siempre volátil coyuntura política. Hay una grieta cultural y social entre los sectores de bajos recursos y las clases altas y medias. Un ciudadano dice por televisión: “¿Explíqueme usted entonces por qué ellos pueden matarnos impunemente y nosotros no podemos defendernos?”.
El negro, el cabeza, el chorro, el pobre es construido como un Otro mucho más sólido y presente para un ciudadano de clase media que un extranjero o un personaje de otras latitudes, pese a vivir a cuadras de distancia. Es el portador de la delincuencia. Es el caco al que es necesario ajusticiar, si es que el Estado no lo hace por uno. Y es que esa grieta, mucho más temible que la caricatura de Lanata, es permanentemente fogueada por un discurso del miedo y la segregación. Más allá de ciertas cuestiones de sentido común, el peligro de los linchamientos como un valor de la convivencia pacífica y el respeto por las normas en la sociedad contemporánea es que se conviertan en una forma de venganza ante un supuesto agravio ejercido por un grupo social identificable. Situaciones de rasgos similares, con la complicidad de ciertos medios de comunicación, han llevado a la instauración de regímenes fuertemente represivos.
En esa línea, rápido de reflejos, Daniel Scioli anuncia una emergencia de seguridad en la provincia de Buenos Aires basada en la lógica de refuerzo del aparato represivo del Estado. Emergencia presentada de modo tal que no hace sino reforzar todos los prejuicios y estereotipos que tienden a segregar grupos sociales, deslindando a las clases medias de las bajas principalmente y logrando así favorecer a los grupos económicos que detentan el poder económico, en propicio del sostenimiento de su hegemonía.
En tanto esa grieta estructural siga ensanchándose y siga segregando clases en nichos férreos e inamovibles será cada vez más difícil lograr una sociedad en la que la mayoría de la población logre un bienestar y un nivel de vida acorde a las expectativas no sólo económicas sino también sociales, políticas, culturales y morales. Mientras tanto esos nichos discursivos y sobre todo físicos siguen dividiendo a los seres humanos entre quienes pueden acceder a una educación decente (al menos en términos de infraestructura y organización, más allá de la discusión sobre la calidad), a un sistema de salud sostenible, a un trabajo bien remunerado y jerarquizado por los beneficios sociales, a un hogar digno, a aguas, cloacas y plazas; y quienes deben conformarse con una educación pobrísima, una sistema de salud que condena a enfermedades crónicas y a un nivel de vida devaluado, a hogares con escaso acceso a los servicios y a trabajos de baja calidad. Y esa distinción profundiza no sólo la pobreza de los pobres y la riqueza de los ricos, sino también el ideario estigmatizador de la Otredad que deriva, finalmente, en políticas aun más represivas y violentas.