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Discos: «Autoespionaje» (Los Hi-Hats, 2008).-

El primer larga duración del sexteto de Caballito incluye varios momentos extraños, bastante inventiva en frases precisas y la presencia de dos cantantes que parecen recorrer las principales estéticas vocales del rock clásico argentino. El resultado es divertido e insolente.

Por Luis Paz

Buenos Aires, octubre 20 (Agencia NAN-2009).- Los Hi-Hats es buen nombre para dúo (así se llama el par de platillos también conocidos como «charleston» o «pareja»). Pero tratándose de un sexteto, la acepción más precisa tal vez sea la de sombreros altos, lo que señala una vestidura de etiqueta, aunque divertida e insolente. Y por esa senda anda Autoespionaje (UMI, 2008), el primer larga duración de la banda de Caballito, que en base a recursos rockeros y una interpretación más propia del pop accede al reggae, el ska de salón, la épica guitarrera de los 80s oscuros, la canción pop bailable y llega incluso a una rara ranchera de ascendencia ítalo-andina.

La banda ya había salido del garage con su EP De pulpos y calamares, cuando se tomó dos años –algunos temas indican que han tomado también otras cosas– para grabar su primer álbum en Circo Beat y masterizarlo en Puro Mastering, con cuartos intermedios en El Condado, el N/D Ateneo, Unione e Benevolenza, el Cosquín Rock, un balneario en Quequén donde sólo los vio una persona y un festival de verano en Mar del Plata donde tocaron frente a 20 mil. Retomando, ya se dijo que su propuesta es divertida e insolente. Lo difícil es definir si es divertida por la forma en la que encaran los temas e insolente por el modo en que Juan Pablo Bidegain y Martín Mungo parecen emular ciertas voces, con sus fórmulas, del rock argentino clásico (Fito, Abuelo, Moura) y contemporáneo (Frenkel, Sergi); o si es al revés. Es algo a descifrar, como la tapa del disco, una cuidada producción que va de la mano con un elegante pero irreverente contenido, ecléctico y moderno desde las categorías de análisis ochentosas del inicio.

Pero como lo que importa, en definitiva, son las canciones, vaya un mapa de ellas: «A tu alrededor» es un recorrido por estrofas propias de La Portuaria, un muy buen puente (tratándose de pop-rock, un género donde el foco suele estar en la plasticidad de los estribillos), un lapsus bailable y una muy buena frase («Hoy me desperté y parecía feliz»); «Fantasía», un soul convertido en funk rioplatense con un abuso de wah wah totalmente permitido; y «Deja vu» (alguien debería rastrear cuántas canciones con ese nombre existen), un gran texto suavizado por los arreglos de cuerdas y teclas, y fortalecido con un hi-hat en corcheas.

«Inocencia» parece tranquilizar las aguas entre falsetes y ese groove de bossa nova histérica al que tan bien le cabe aquello de que «tendré cuidado al verte». «Histeria» arranca como un rock & roll inflado con bajos gordos, pero tiene cortes de hair metal que devienen en synth pop… un desquicio. «Fino rosal» es una bellísima canción que hace un homenaje tácito a los momentos más relajados de Fito Páez, con una dulzura desgarradora en las voces. «Nada que ver» es otra rara cruza de «Sultans of Swing», de Dire Straits, los órganos folklóricos de las medias cumbres y el canto mariachi. «Ironía» es una gran fábula que, de haber sido compuesta en La Cueva, hubiera sido hito del rock argentino… y no es joda. «Happening» propone un «aterrizaje porno a multicolor» donde «tu dulce falda llena la atmósfera» y «algo huele mal», ¡upalalá!

En «Algo para matar» logran un buen ska con voces Mimimaurescas y la participación del trompetista Hugo Lobo. Las sirenas al inicio de «Sáquenme de aquí» adelantan otro extraño segmento para la despedida del disco, donde reseñan una situación que parece «una quimera que baila y baila» o «una pasantía a un sueño eterno». Y hay bonus, shhh.

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