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“Guayaquil, una historia de amor” en Del Pueblo

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Dramaturgia de Mario Diament con dirección de Manuel Iedvabni, la pieza observa un encuentro entre San Martín y Bolívar, además de la importancia de sus parejas. Fotografía gentileza de “Guayaquil”

Por Matías Muro

Ciudad de Guayaquil, 1843. Exactamente veinte años después del mítico y misterioso encuentro entre dos peso pesadísimos de la historia sudamericana: Simón Bolívar y José de San Martín. Es particularmente interesante que Guayaquil, una historia de amor —dramaturgia de Mario Diament con dirección de Manuel Iedvabni que se muestra los sábados y domingos a las 20 en el Teatro Del Pueblo (Av. Roque Sáenz Peña 943)— empiece con una escena ubicada de manera híper precisa. Se tratará de la única referencia de esa clase en la narración. La escena funciona además como la (re)presentación de una “ficción histórica”: un historiador de la más genuina Ilustración se encuentra con el general Rufino (mano derecha de San Martín) con el fin de rastrear lo conversado entre los popes latinoamericanos.

La precisión de la escena que abre Guayaquil… será un trampolín hacia una carrera laberíntica, el “desencriptamiento” del encuentro. ¿De qué hablaron? ¿Discutieron? ¿Tenían diferentes proyectos políticos para Sudamérica? ¿Hubo guerra de egos? ¿Qué pasó allí? La devolución a estas intrigas será otro rastro falso para salir del teatro con nuevas preguntas, como corresponde a las buenas narraciones. La de Guayaquil… es, siguiendo las palabras de Diament, una “narración de género”, y pasará incluso por la comedia de enredos como resultado de la plasticidad con que el autor se anima a jugar en la recreación histórica. ¿Querrá que el espectador “desencripte” también la Historia como género?

Rosa Campusano, amante de San Martín, y Manuela Sáenz, amante de Bolívar, son las “protegidas”, credenciales que exhiben gustosas ante el público, que accede a ellas a través de chismes, palabreríos y escandaletes de alcoba. Interesante gesto el de generar una especie de gossip system, natural frente a la lógica de los relatos massmediáticos actuales pero llevado al contexto histórico decimonónico sudamericano. A partir de este poder ¿clandestino? de las mujeres es que el historiador toma nota: Rufino no es la pista, son las protegidas las que ejercen un “poder en las sombras”. El género se expande entonces hacia la comedia conspirativa.

A partir de razones mucho más “genuinas” que las que el prejuicio les podría achacar (las argumentaciones puras del corazón), ellas establecen un nuevo orden de prioridades en las agendas de los popes: prioridad número uno, mostrarse humanos; y prioridad número dos, mostrar, antes de su retirada al bronce, que las pistas falsas no están para desentrañar mitologías sino para que el camino sea la meta.