Por Esteban Vera
Buenos Aires, abril 25 (Agencia NAN-2009).‑ Una joven en New York, sola. Otra de camping en las playas de Pehuencó, acompañada por dos amigas. Otra que despierta tres veces un domingo. Y una nena que vive con sus hermanos mayores. Bien podrían ser todas ellas la misma, ya que sus historias están narradas en primera persona. Sin embargo, aunque comparten algunas cualidades, representan distintas construcciones actuales de la mujer en su cotidianeidad. Son algunas de las ocho que protagonizan el libro de cuentos Los domingos son para dormir (Entropía), de la escritora, periodista y editora Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978).
Ocho cuentos breves y uno mucho más extenso componen este primer libro de Budassi, escrito de manera coloquial, con un estilo por momentos cercano a las crónicas periodísticas. El relato arranca en la cosmopolita y sobrepoblada Nueva York y finaliza en un pueblo casi deshabitado del Sur de la provincia de Buenos Aires. Así, en el conjunto de las ficciones, se pasa de lo general a lo particular. Como consecuencia, se presenta una situación de tensión latente entre la ciudad y el campo, la periferia y el centro, en varios cuentos.
Los domingos… es inaugurado por “Acto de fe”, un cuento incluido en la antología Hojas de Tamarisco, publicado por el sello independiente Tamarisco, del que Budassi es cofundadora. Es una historia narrada desde el punto de vista de una joven inmigrante ilegal argentina que vive en Estados Unidos: “Apenas una sudaca a los ojos de camareros, empleados de subte, colectiveros y demás personas dedicadas a ocupar puestos típicamente para mejicanos, salvadoreños, argentinos, brasileros, latinos o sudacas en general; y europea para americanos que no saben que América es algo más que su país”. Conviviendo con una ucraniana y un pintor psicópata, la protagonista –una travesti la llama “Cindy”– está sola allí, atrapada entre el querer y el poder hacer.
En “Todo lo de anoche” (cuyo primer enunciado remite al título del libro) se presenta a una chica soltera sin prejuicios para las relaciones de “amigos con ventajas”, consumista y consciente de los preconceptos machistas: “Fomentar prejuicios sobre la estupidez femenina siempre juega a favor: es bueno que el enemigo subestime las fuerzas del adversario”. Quizá podría ser la blonda Carrie Bradshaw, de Sex & the City.
En “Las cosas que brillan a mi alrededor” Budassi construye el estereotipo de mujer estructurada, (aparente) good girl que sabe cocinar y espera un príncipe azul. En el entretanto, “desde todos los puntos del país acuden a la Honorable Junta de la ciudad de Tucumán hombres de palabras, inteligentes y apuestos, que declaran la Independencia” de la protagonista, Clarisa, que se va a vivir con una compañera. De la misma serie televisiva, Clarisa podría ser la conservadora y tradicional Charlotte York.
En “Tu vida sin mí” la protagonista explicita dos tensiones. Una afectiva (algo parecido ocurre en “Compulsión a la repetición”) y otra entre la ciudad y el campo: “Acá el cielo es tan estrecho, si supieras lo que sufro; nunca pensé que iba a ser así, no disfrutar de los edificios altos, torres imponentes y siempre un bar o un cine y gente, la ciudad en la que siempre quise vivir ahora no me basta”.
Una pequeña ocupa la primera persona en “Seis menos dos”, que transcurre en un campo. Con total naturalidad la niña afrontará dos hechos trágicos: el nacimiento malogrado de un ternerito y la muerte de sus padres. Ya otra vez en los veintipico, en “Más allá de mí”, la protagonista termina aceptando que “tarde o temprano todos dicen cosas que no sienten: fue amor a primera vista, me gustan los Beatles, tus amigos me caen bien, pedir perdón no me cuesta nada, ésa también es mi comida favorita, no ronco, es la primera vez que me pasa, adoro a mamá y a papá, era el mejor alumno de la división, tengo muchos amigos”.
En “Roommates” permanece la tensión entre la Capital y el Interior. La oposición está encarnada esta vez en dos muchachas: una de Neuquén con un título de grado, inteligente, docente y con “buen gusto”; y su compañera de departamento, también del Interior, que no posee esos atributos. “Sus parámetros de chica de pueblo son muy distintos a los míos, pienso. Con esfuerzo, pronto vas a poder incorporar los criterios propios del buen gusto, le digo como una forma de comprensión, aunque en verdad no creo que eso pueda suceder”. Y sentencia, cruel: “Le cuesta estudiar, me da pena pero también pienso que debería dedicarse a otra cosa, vender cosméticos puerta a puerta, ser ama de casa, maestra, costurera, mantenida, no sé”.
En “La verdad del Lena” Budassi introduce a un hombre en primera persona. Tal vez con un guiño a La caza del Octubre Rojo (el libro de Tom Clancy que inspiró la película de John McTiernan), un bielorruso narra desde su presente en La Pampa la historia no oficial de la partida de un submarino ruso que nunca regresó. Finalmente, en “Fuera de temporada” (el cuento más extenso del libro) también se mantiene el juego de oposición de los anteriores relatos: otra vez la tensión, esta vez entre tres amigas, el pueblito en donde están acampando y la Ciudad de Buenos Aires. Cada una de las jóvenes, cerca de los 30, representa a un tipo de mujer: la enamoradiza (estúpida o feliz, según como se la juzgue), la mujer amable-tradicional (tal vez, ingenua) y la mujer que se opone diametralmente a ellas.
En fin, Los domingos son para dormir logra dejar pensado al lector sobre las construcciones en torno de Las Mujeres en la actualidad.