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Splatter, rojo sangre en el Beckett Teatro.-

De un grupo de autoayuda para asesinos seriales salen a la luz resquemores que desencadenan confesiones que desencadenan asesinatos sobre el escenario. Con guiños a la discusión mediática sobre la pena de muerte y mucho humor negro, la obra de Daniel Dalmaroni reflexiona sobre la violencia y su origen.

Por Facundo Gari
Fotografía de prensa de Splatter, rojo sangre

Buenos Aires, abril 21 (Agencia NAN-2009).- La vida se balancea entre ilusiones, desilusiones y whatevers. Entre las últimas, no por trascendencia mediática sino por discurso clasista, se encajonan las declaraciones “pro” pena de muerte de Susana y Marcelo. La del Flaco Spinetta… (la pausa es necesaria, por el trago aún amargo) está entre las segundas: “A alguna gente habría que pegarle un tiro en la cabeza”, sostuvo en una entrevista radial hace más de un mes. Sí, es noticia vieja. Sí, el tema ya no está tan caldeado como cuando salió Cacho Castaña a defender el “ojo por ojo”. Y sí, el lector se preguntará qué tiene que ver esa trifulca con lo que anuncia el título de esta nota. Es que Splatter, rojo sangre, escrita y dirigida por Daniel Dalmaroni (Maté a un tipo, Burkina Faso, Una tragedia Argentina), viene a montar, en clave de humor negro y sin que sea su intención a priori, un escenario posible –quizás el único– a partir de esta pseudo arenga.

Lo que hace sospechar de entrada que algo de la violencia escénica que se verá existe en la cotidianeidad es que la voz que da inicio a la obra lo contraríe. Como en las series televisivas o en las películas que primerean esa advertencia, para que nadie se sienta aludido. Entonces, aparecen los actores: Gabriel Kipen, Julia Odell Craig, Sofía Palomino, Maya Kerschen, Ana Granato y Jorge Brambati. Se van acomodando en un círculo de sillas y cuchillean, seducen a la audiencia con pequeños sobresaltos dispersos.

El espectador no sabe qué ver: si a la estudiante de secundario que contiene el llanto incomprensible de una compañera huérfana; si al canoso con la gomina empastándole el flequillo hacia un lado, que recorre la sala con una mirada embobecida y que balbucea sinsentidos; si al coordinador del grupo, que cada tanto se manda un dedo al naso para cazar un verde; si a la flaca impaciente que juguetea con una pelotita y repiquetea el taco del zapato contra el suelo negro del salón; si a la bioquímica caracúlica, cuya vestimenta recuerda más a la de las viejas maestras de secundaria.

Gabriel, que hace las veces de coordinador, aunque también sea un paciente, pone algo de orden: “¿Empezamos, che?”, pregunta. Y así comienzan con la sesión. “Hace dos meses y tres semanas que estoy limpia”, se purgan, con diferencias en el tiempo de abstinencia. Si en la promo de la obra no se adelantara que se trata de un grupo de autoayuda para asesinos seriales, sería divertido. Sin embargo, cuando lo dicen, ya se sabe: se abstienen de matar gente. Y aunque son asesinos de distinta caña, ninguno de ellos parece serlo en lo absoluto.

Se lo dice el propio Dalmaroni a Agencia NAN: “Uno ha visto películas norteamericanas berretas en las que el asesino es un psicópata total. Lo mirás nomás y te das cuenta que el tipo es un enfermo mental. En cambio, aquí se refuerza la idea de que en el mundo, y no en un sector de desequilibrados, puede ocurrir una tragedia”.

Pronto, salen a la luz ciertos resquemores antiguos y, del devenir de la discusión, el primer asesinato: la que cae es Maya, ensangrentadísima, tras el disparo del revolver que Gabriel escondía en el pantalón. A lo chabacano, los compañeros le reprochan el zarpe al coordinador. ¿Llaman a la policía? Nada de eso, pues caerían todos. Son asesinos, claro. Mejor esconderla en el baño. ¿Piensan cómo deshacerse del cuerpo? ¿Continúan amedrentando a Gabriel? No, señor. Siguen con la reunión, como si nada hubiera sucedido. A partir de allí, otros trapitos al sol y otra muerte. Y otra confesión y uno menos. Y uno que venga la muerte del otro y mata. Y sangre, sangre y más sangre, como en las viejas películas Clase B norteamericanas. Bah, también hay veneno y hasta telequinesis.

Entre líneas, unos cuántos guiños al público. Por ejemplo, la inclusión de la frase de la diva de las noches que inició la mediatización del pedido mortal, tras el asesinato a uno de sus asistentes: “El que mata debe morir”. O una situación que quedó en el anecdotario de los juicios argentinos a asesinos en serie: cuando el juez le preguntó a Robledo Puch por qué había matado a una pareja mientras los conyugues dormían, él acusado contestó: “¿Y qué quería, que los despierte?”. Tal como contesta Julia, cuando le preguntan por unos familiares a los que, obviamente, mató.

Splatter, rojo sangre puede verse todos los jueves a las 22 en el Beckett Teatro, en Guardia Vieja 3556. Ni Marcelo, ni Susana, tampoco Cacho ni el Flaco irán, es seguro. Pero para los que aún les queden dudas sobre lo que significaría intentar detener la sangre con más sangre (por qué no: para invitar al “apologista de la muerte” que quizás viva en casa), es una cita a agendar.

El fin: reflexionar –entre risas– sobre cuál y de dónde proviene la verdadera violencia y así reforzar la ilusión.