Por Ailín Bullentini
Buenos Aires, marzo 26 (Agencia NAN-2009).‑ Pensar Cromañón es tanto el título del libro como el objetivo de las palabras que se esconden entre tapa y contrapa. Palabras salidas de las bocas de periodistas, legisladores, psicólogos, sociólogos, filósofos, pibes que sobrevivieron al infierno en el que se convirtió el boliche República Cromañón en medio de la canción que la banda de rock Callejeros eligió para abrir su show de la noche del 30 de diciembre de 2004, y familiares de los que no sobrevivieron. Palabras compartidas en el ciclo de charlas que se llamó de igual manera, que tuvo lugar dos años después de la masacre y que surgió para “romper el cerco que nos separaba del resto de la sociedad” a través de una apertura del juego sobre lo que significó el hecho en la misma sociedad. “Quisimos convertir a Cromañón en un eje de debate”, aseguró Diego Rozengardt, uno de los responsables de concretar aquello que nació a principios de 2007 y hermano de Julián, una de las 194 víctimas mortales.
El libro vio la luz el 22 de diciembre, a ocho días del cuarto aniversario del incendio y a poco más de un año del fin del ciclo de charlas en el que se generó. Entre junio y septiembre de 2007, sobrevivientes, familiares y amigos de las víctimas organizaron charlas en el Auditorio del Hotel Bauen para “compartir con el resto de la sociedad las preguntas que resonaban hacia adentro de Cromañón desde que pasó lo que pasó”, definió Rozengardt. A cada charla fueron invitados representantes de diferentes esferas de la vida pública.
–¿Cuál fue el objetivo de las charlas?
–Hay varias metas diferentes. Por un lado, veíamos la enorme diferencia que aparecía entre lo que la sociedad veía de nosotros y lo que realmente pasaba en nuestros grupos. Nos presentaban como gente irreflexiva, enceguecida por el dolor, incluso violenta. En realidad, nosotros nos la pasábamos debatiendo, discutiendo, reflexionando. Nuestro movimiento fue siempre puro debate, puro preguntarse por qué pasó lo que pasó, cómo pudo pasar, qué podemos hacer nosotros, por qué la sociedad reacciona de esa manera, por qué la prensa nos maltrata. El intentar responder esas preguntas nos llevó a un desacople de todo lo que pasaba hacia adentro del movimiento. Armamos Pensar Cromañón para romper ese cerco que nos habían tendido, esa trampa de la irreflexibilidad.
–¿Y el del libro?
–Tiene que ver con llevar las preguntas que nos hacíamos y hacemos a espacios más amplios de la sociedad, con la intención clara de que se conviertan en ejes de debate. Pasaron más de cuatro años y no tenemos claro cuánta gente se acuerda de Cromañon más allá del hecho en sí, sino de todo lo que vino después y del nivel de manipulación, porque cuando nos convertimos en actores sociales opositores al sistema nos atacaron.
–¿Hasta ese momento, cómo eran las experiencias de acercarse a los demás desde su lugar de familiares y amigos de las víctimas?
–En cada espacio que aparecíamos teníamos que empezar pidiendo perdón y convencer a la gente de que no era venganza lo que buscábamos. Una cosa muy violenta, por un lado, pero necesaria para poder empezar a desarmar esta visión impuesta por las cúpulas del poder. Nosotros no tenemos amigos en el poder o en la prensa como para hacerlo desde arriba. El ciclo de charlas surge, entonces, para comenzar a abrir el debate, con la ayuda de gente que ya había hecho un planteo acerca del tema, pero sin los prejuicios que había utilizado la mayoría.
Cada charla del ciclo se convirtió en un capítulo del libro, preludiados por las mismas palabras con las que Diego Rozengardt inauguró el puñado de encuentros y un repaso de la mano del periodista y docente universitario Adrián Figueroa Díaz por algunas experiencias de personas que sentirán, para siempre, la ausencia del familiar que se quedó, también para siempre, dentro de esas cuatro paredes, a metros de la Plaza Once.
–¿Cuál fue el criterio utilizado para definir los ejes de cada charla? ¿Por qué esos?
–Había ámbitos en los que me parece no se ha debatido nunca, por lo menos con el debido nivel de profundidad y seriedad, como en el rock. O incluso temas relacionados con lo que pasó que nunca se habían puesto sobre la mesa, como la relación de Cromañón con los Derechos Humanos. Nos interesaba llenar esos espacios y, como eran varios, decidimos hacer varios encuentros y no uno solo.
–¿Cuál fue el más urgente?
–El tema de las responsabilidades y cómo se repartían alrededor de lo ocurrido en Cromañón. Fue, y por momentos es, uno de los temas más complicados de evaluar y que generó desacuerdos dentro del movimiento. La responsabilidad de Callejeros fue un eje muy fuerte de discusión que atravesó transversalmente al grupo. Ahora, si bien el nivel de acuerdo/desacuerdo sobre estos temas es una incógnita en el resto de la sociedad, hacia el interior del movimiento se generó una posición casi homogénea, una meta a la que arribamos tras tanto debate.
–En una de las ponencias, Alfredo Grande — de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre– consideró que debatir era “hacer justicia por mano propia” y que eso debían hacer ustedes. ¿Lo piensan así?
–Él planteó la necesidad de hacer justicia por mano propia en un momento en el que, a través del ojo de los medios de comunicación, éramos presentados como “justicieros” en un sentido despectivo, como algo peligrosísimo. Entonces salió con que hacer justicia era lo que hacíamos en ese momento y no sólo la existencia de una sentencia judicial. En ese momento lo que dijo Alfredo nos sirvió para volar de un golpe a esa bola de pelotudeces con las que nos venían pegando. Justicia por mano propia es esto, decía Alfredo: es charlas, es marcha, es movilización, es muestra de fotos, expresiones artísticas. Desde su punto de vista, todo el proyecto Pensar Cromañón era hacer justicia por mano propia.
–Abrieron el juego a la sociedad y la invitaron a compartir dudas y a evacuarlas en conjunto. ¿Qué y cómo respondió la sociedad?
–Desde el principio, consideramos que Pensar Cromañón era una propuesta tan indiscutiblemente necesaria que pensamos que iba a tener muchísima repercusión. Pero no, estuvo silenciado casi por completo, sobre todo por la prensa. Nos siguieron manteniendo dentro de ese cerco que nos separa y separó siempre de todo lo demás. Entonces no sé hasta qué punto el ciclo de charlas alcanzó a cubrir los espacios que queríamos. Buscábamos pluralidad, la convocatoria estuvo apuntada a todos los sectores sociales. El ciclo fue muy positivo para nosotros, pero no alcanzó a todos los estratos que pensamos que iba a alcanzar. Sinceramente, pensamos que iba a venir mucha más gente.
–¿El libro es un intento de llegar adonde no se pudo con las charlas?
–Claro. La idea del libro, que desde un principio formó parte del proyecto en general, apareció con más fuerza. No se puede repetir el ciclo de charlas todo el tiempo, pero el libro empieza a llegar a lugares donde las voces no pudieron o a espacios que no existían. El libro es la continuidad directa del ciclo de charlas.
El Bauen fue el escenario elegido para presentar el libro, que luego acompañó el acto y la marcha en conmemoración del cuarto aniversario de la tragedia y fue de vacaciones a Mar del Plata, donde “tuvo una recepción increíble”. El libro ya fue solicitado desde Ecuador, España, Paraguay, Venezuela y Estados Unidos. Sin embargo, los legisladores porteños “prohibieron la presentación en la Legislatura”, confesó. Estaba todo listo en uno de los salones del recinto legislativo, pero a días del evento, “(Diana) Mafía –legisladora por la Coalición Cívica y participante del ciclo en 2007) nos dijo que el ibarrismo la denunciaría si se hacía la presentación del libro”, relató el hermano de Julián. ¿Cuál fue la conclusión del Movimiento Cromañón? “Que no quiso arriesgarse”.
–Un ciclo de charlas y un libro cuyas metas son reflexionar sobre lo que pasó, más que contarlo, son una novedad en relación a otras tragedias sucedidas en el país. ¿ Qué tuvo de diferente Cromañón?
–Que las mismas víctimas generen algo como esto es raro. Es un proyecto al que vale la pena prestarle atención, aunque uno no esté de acuerdo con lo que está pasando. Mientras lo organizábamos, alguien nos comentó que algo de esta envergadura no era común. Y es verdad. Viéndolo ahora, a la distancia, uno busca pero no encuentra precedentes. Muchas veces Hebe de Bonaffini participó de mesas de debate, pero nunca tan cerca del hecho que la impulsó a ocupar el lugar que hoy ocupa. Y además siempre invitadas por otros o desde otros ámbitos, no generado desde el mismo seno de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El ciclo surgió a dos años y medio del incendio y el libro casi a cuatro.
–¿Cómo fue el proceso de selección de los panelistas?
–El primer paso fue recortar entre los que habían dicho algo sobre Cromañón y los que no. El que a dos años no se había expresado dejaba claro que la tragedia le pasó por al lado o no le importó. De los que opinaron, nos quedamos con los que dijeron cosas que podían ser interesantes. La lista no resultó muy holgada, porque dentro de los espacios intelectuales no había mucha gente que hubiera dicho cosas interesantes para discutir. La mayoría habló desde el mero prejuicio. De todas formas, todos los que contactamos dijeron que sí.
–¿La idea era debatir con quienes hubieran dicho cosas interesantes pero no contrarias al movimiento?
–No es que trajimos a personas que sólo dijeron cosas que nos gustaban, sino que nos interesaba juntarlos y discutir entre todos. Incluso en algunas mesas hubo disparidad entre las opiniones de los panelistas, o entre el panelista y el público. Fue interesante ver ese proceso o cómo algunos panelistas modificaron su posición en base a lo discutido y debatido, principalmente al compartir un espacio con las víctimas y los familiares. Muchas de las personas que se sentaron frente al público estaban atravesadas por la imagen que creó la prensa de los amigos, familiares y sobrevivientes de la tragedia. Fue difícil separarla, un trabajo de hormiga.
–¿Consideran que el hecho de que la sociedad les da la espalda es porque no quiere entender que fue parte responsable en Cromañón? ¿O a qué le atribuyen el rechazo a pensar la tragedia en colectivo?
–No me parece que sea la mayoría de la sociedad la que nos da la espalda. Aún así, de esa parte que queda nos alejó más aún el cerco mediático y nos dejaron solos. Y después aparece esta versión fácil que mucho usan para explicar y explicarse lo que pasó: que fueron dos pibitos sacados. Eso es pensarlo como algo ajeno, considerarse fuera de riesgo. Lo que pasó no fue accidental, sino que responde a la lógica de funcionamiento de un sistema que lo abarca todo y que como funcionó en Cromañón puede llegar a hacerlo en muchos otros lugares. Hay una negación ciudadana a reconocer que estamos en riesgo y que los que deben cuidarnos no lo hacen, se desentienden. Hasta los gobiernos progresistas. Entonces, Cromañon se terminó convirtiendo en una razón de lucha.
Las palabras que conforman un diálogo son aire que sólo adquiere más tiempo de vida cuando el que las escucha las retiene en la memoria. O cuando a alguien se le ocurre convertirlas en un libro. Ahí su existencia empieza a parecerse cada vez más a la eternidad. Pero ¿qué pasa cuando al diálogo se le suman imágenes? Diálogo y dialogadores quedan vivos en ese espacio/tiempo, para siempre. Y eso es lo que sucede, ya que las charlas de Pensar Cromañón fueron filmadas por un grupo de cineastas de Río Negro que quisieron documentar los encuentros para “en un futuro, tal vez, convertir lo que fue en un video”, deslizó Rozengardt, “coordinador y editor general” del libro, según sus primeras páginas.
La última página del libro, pero no de esta historia, sirvió para aclarar que su producción, diseño, diagramación, impresión y distribución no contó con el apoyo financiero de ninguna entidad. Ni pública ni privada.