/Archivo

“Hay que salir a la calle a hacer cosas”

El joven cantautor chileno, que viene de presentarse junto a Joan Baez,
Allí “se ven los gallos”, afirma el joven cantautor chileno que viene de tocar con la legendaria Joan Baez y que dará cinco recitales junto a Chinoy en la Argentina. Fotografía: gentileza de prensa

Por Loreta Neira Ocampo

Con una infinita cantidad de viajes a su haber, Nano Stern combina ritmos de todos los lugares que ha explorado al mismo tiempo que cumple con mostrar la música de sus raíces en festivales de latitudes lejanas. Con humildad y simpatía que llaman la atención, el cantautor chileno —que fue invitado por la mismísima Joan Baez a cantar en los conciertos que ella dio en Santiago de Chile a comienzos de año— cuenta que no le gusta mucho el fernet. Y ésa es apenas una curiosidad que rompe el hielo en la entrevista con NaN.

—Recientemente diste una linda presentación en el festival Lollapalooza. Allí aprovechaste el escenario y la cantidad de gente para expresar tu opinión sobre temas como el trato hacia los pueblos indígenas en Chile o el apoyo a la música allá. ¿Consideras que como artista tienes una responsabilidad especial en la concientización sobre ciertos temas sociales?
—Más allá de ser artista, estoy en una situación en la que tengo mucha exposición masiva. Entonces, lo que digo se amplifica, ya sea por medio de un micrófono o de entrevistas. Si tengo la posibilidad de que mi voz llegue a tantos lugares, tengo que aprovecharla y no convertirme en un ególatra hijo de puta que está ahí hablando de lo maravilloso que es. En el mundo están pasando tantas cosas, y si no hablamos nosotros de ellas entonces quién mierda va a ir a hablar. Los medios masivos no hablan porque no les conviene, porque están muchas veces ligados a intereses comerciales gigantescos que son cómplices directos o indirectos de injusticias y de muchas situaciones de mierda. Por eso no me gusta el concepto de trova como género musical, porque lo encuentro terriblemente aburrido, pero sí me gusta mucho el concepto de trovador de la Edad Media, volviendo al origen del término, que refiere a personajes que viajaban de lugar en lugar contando las noticias, contando lo que estaba sucediendo. En ese sentido sí hay un rol muy bello que podemos jugar: el de ir esparciendo una semilla de lo que sea que uno sienta que es correcto, honesto y real con la personalidad y la necesidad espiritual de cada uno. Sé que hay en Chile artistas que son mucho más contestatarios y mucho más duros en su lenguaje y en sus posturas. Los respeto mucho, me nutro de escucharlos. También soy consciente de que mi opción personal es más desde el amor, la compasión, el acercarnos los unos a los otros, pero entendiendo que las manifestaciones reales del amor a veces también son severas, que también tienen que ir acompañadas de una voz firme, de posturas claras que no caen siempre bien. Creo que hay que encontrar un equilibrio entre la denuncia y cómo entregarla sin caer en la rabia pura, porque por lo menos yo no estoy en lo más mínimo interesado en hacer música para entregarle más rabia a un mundo al que ya le sobra.

—¿La música cumple un rol social?
—Sí. La música es una manifestación social. Tiene el rol de unirnos, emocionarnos y hacernos viajar. Incluso si hablamos de “social” entendiéndolo como las luchas por una causa política o apolítica particular, su rol es que nos hace estar juntos.

—Últimamente la escena musical chilena está pegando muy fuerte tanto allá como en el exterior. Tú mismo llenaste el Teatro Caupolicán dos veces el año pasado y viajas por todos lados, Gepe ya es bastante conocido por acá y a Chinoy también le va muy bien. ¿Cuáles crees que han sido las claves para que se haya dado este fenómeno?
—Es un poco difícil describir el bosque siendo un árbol. No tengo una perspectiva suficientemente grande para analizar el fenómeno como tal. Lo que sí creo es que hay una generación muy empoderada en mi país, generación que no sólo se manifiesta a través de la música sino también en la política, en los movimientos sociales, el teatro, la literatura. Que se manifiesta en la calle, que es donde realmente se ven los gallos. Ése es el lugar donde hay que salir a hacer cosas, lo que sea que uno haga. También hay un contexto histórico particular: se da que hay una generación marcada por la dictadura y luego hay una generación determinada por una democracia en tonos grises, de una luz que no es como se había anticipado. Esta última generación en la música estuvo muy determinada por el impacto que causó la llegada de sellos internacionales que quisieron jugárselas por proyectos un poco en mala hora, justo cuando había una crisis discográfica mundial. Por lo tanto hubo un vacío y nadie supo mucho qué hacer. Ahí estábamos un par de cabros con sus guitarras bajo el brazo. Había que estar cantando en el momento indicado y vivirlo con mucha intensidad. Sé que lo que está pasando en Chile no está pasando en todos lados. Hay realmente una escena musical muy potente, una energía muy fuerte y se está convocando a un público muy masivo. Hace cinco años, que un artista independiente pudiera llenar dos días seguidos un teatro como el Caupolicán era un chiste, era absolutamente impensable. Lo que está pasando en Chile tiene que ver con lo que entregamos como músicos y también con lo que sucede con la gente nuestra, que tiene afán por conocerse. Ahí radica la fuerza de todo lo hermoso que está pasando.

—Recientemente lanzaste La cosecha, placa que contiene sobre todo temas latinos reversionados. ¿Cómo ha sido el recibimiento de este trabajo?
—El disco lo grabamos en Europa y en realidad no estaba demasiado pensado para mostrarse en Chile, porque ahí todos más o menos saben de dónde vengo musicalmente. No era entonces una prioridad mostrar ahí esas canciones. Pero pasó algo absolutamente inesperado: varios de esos temas empezaron a sonar en la radio. De hecho hay uno en particular que terminó siendo muy hit, una reversión de una canción para niños que se llama “Carnavalito de cienpiés”, que suena muchísimo y que ha tenido un arraigo de mucho cariño por parte de la gente, tanto de los niños como de los niños grandes que somos todos nosotros. El disco incluye dos composiciones mías: “La siembra” y “Takirari por despedida”, grabadas junto a los Inti Illimani, que me parecieron pertinentes incluir básicamente por la estética tan ligada a la música de raíz latinoamericana. También por el trabajo con los Inti, que es una de las bandas referenciales que han logrado forjar un sonido más allá de las fronteras entre países, un sonido que nos une y que habla de una identidad en común.

—¿Cómo fueron la grabación y la composición con Inti?
—¡Uf! En el último disco de ellos, La máquina del tiempo, hay dos canciones mías, en una de las cuales canto. Eso fue muy bello para mí, un honor muy grande. Inti es una banda que ha sido súper referencial, una escuela. Es de esas bandas que escuchaba desde muy pequeño, hasta sin saber que eran ellos; una banda que forma parte ya de la identidad genética musical en Chile. Realmente es muy sobrecogedor para un músico joven que una canción escrita por uno pueda llegar a ser parte del repertorio del conjunto más emblemático de la historia de la música popular chilena. Fue una situación súper inesperada y un acto que me provocó mucha alegría. También me parece de su parte un acto de humildad porque, teniendo toda la historia, tantos kilómetros recorridos y la posibilidad de hacer otras cosas, ellos siguen teniendo un afán por descubrir, por acercarse a los nuevos músicos, por confiar en nosotros y ver la potencia que tenemos. Han sido muy generosos. Siento una hermosa deuda con ellos. Gracias a que mi música se ha hecho más popular en Chile, yo también he podido acercar la música de ellos a una generación más joven, mucho más joven que yo incluso. He visto cómo gente que quizás no tiene una cercanía tan grande con esa música se ha acercado a través de mi canto. Eso es muy hermoso, me hace sentir parte de una cadena de la que hay que hacerse cargo. Hay que ser consciente y entregar todo desde un lugar muy honesto.

—¿Cuál es tu relación con la música popular argentina?
—Es muy intensa, muy activa. He podido compartir ya con muchos músicos que admiro tremendamente. Por ejemplo, Pedro Aznar, quien además me regaló el gigantesco honor de grabar una de mis canciones junto a Paulinho Moska. Grabaron una versión muy linda de una canción mía que se llama “Nube”. Escucharlos a ambos cantando esa canción es algo muy conmovedor que agradezco por siempre. También Lisandro Aristimuño, con quien he tocado ya hartas veces y que tuvo la gentileza de invitarme a acompañarlo en sus conciertos en el Gran Rex de diciembre del año pasado. También con los Acá Seca Trío. Todos increíbles músicos a los que admiro mucho. La lista es larga. La fecha de Córdoba la vamos a compartir con Raly Barrionuevo. Me gusta mucho lo que él hace y además me cae muy bien. Nos conocimos en el backstage del Rex y a los cinco minutos ya estábamos tocando juntos. No nos paraba nadie.

—¿Y cómo fue la experiencia de compartir escenario con Joan Baez el año pasado?
—Fue muy hermoso porque surgió de ella por completo. Fue un gesto de buena voluntad de ella. ¡Me escribió un mail! Un día estaba yo en el estudio y de repente me llega un correo. Veo que dice “Joan Baez” y digo “¡paf!”. Me escribió ella desde su mail personal diciéndome que después de casi veinte años volvía a hacer una gira por Sudamérica, que estaba buscando quiénes sonaban ahora, que en todos lados le apareció mi nombre, que escuchó y se enamoró de los discos, y que me quería invitar a cantar en los conciertos en Santiago. Me caí de raja porque es Joan Baez, es muy poco probable que pase lo que pasó. Encima me invitó a cantar canciones mías. Era ella aprendiéndose las canciones en castellano. Fue muy bello. Llegué sólo al segundo concierto que dio, porque yo justo estaba en Estados Unidos, en Texas. Volví rápido, me bajé del avión y fui directo a su hotel a conocerla en persona. Fue un encuentro muy lindo. Ella fue extremadamente generosa, increíblemente abierta y simpática. La música fluyó y se desarrolló una amistad muy linda. Lo que pasó que fue muy sorprendente, y que me saco el sombrero ante su actitud, fue que el día después de que canté con ella en su concierto, yo tenía uno con mi banda en un festival que curiosamente se llamaba Cookstock, y ella junto a toda su banda llegaron a cantar. Se subieron de la nada, sin previo aviso, a hacerlo con nosotros. ¿Te podrás imaginar lo que sentía yo? Imagínate lo que sintieron los organizadores de Cookstock: de repente la leyenda de Woodstock estaba cantando ahí. Fue muy bello. Cantamos un tema mío, “La puta esperanza”, y un tema argentino, “Como la Cigarra”, de María Elena Walsh.

—Una historia increíble… 
—Sí, además ella es una persona excepcionalmente culta, entendida y comprometida con las causas alrededor de todo el mundo. Fue un ejemplo muy gigantesco que me hizo decir “me cago”. Es una de las leyendas del folk a nivel mundial con más llegada y con más trascendencia. Y estaba ahí… No sólo estuvo tomando vino y cantando en el living de mi casa porque le dan ganas sino que fue a un concierto mío a cantar porque ama lo que hace, porque le gusta compartir, aprender y entregar. Como los Inti, como Silvio Rodríguez, como muchos grandes de la música con los cuales he podido compartir. La lección siempre es mantenerse con los pies en la tierra y la cabeza entre los hombros, no olvidarse de por qué uno canta. Es muy fácil olvidarse entre tanta estupidez, hay mucha imbecilidad alrededor que hace que algunos músicos se vuelvan nocivos. Son muchas las tentaciones y son muchísimas las maneras de irse perdiendo en el camino poco a poco, irse justificando e ir dejando de lado ciertas cosas importantes por otras que son muy tentadoras pero que finalmente poco importan. Ése es el aprendizaje más power de la experiencia. También el haber ganado a una gran amiga.