Hace dos meses, los miembros de la comunidad qom de Formosa y militantes de la causa indígena acampan entre 9 de Julio y Avenida de Mayo por la restitución de sus tierras y el esclarecimiento del asesinato de Roberto López. Allí, varios artistas acompañan el reclamo: música, danza, malabares y teatro se intercalan en peñas callejeras y, al paso, los poetas se prenden a un micrófono abierto.
Por María Daniela Yaccar
Fotografías gentileza de La Primavera
Paso por un pueblo muerto
se me nubla el corazón,
pero donde habita gente
la muerte es mucho peor.
Enterraron la justicia,
enterraron la razón.
[Violeta Parra, Arriba quemando el sol]
Buenos Aires, enero 28 (
Agencia NAN-
2011).- Dos whipalas flamean en lo alto, manteniéndose estoicas a pesar del viento y una lluvia que no tarda en aparecer. ¿Cuántas cosas hay en un cuadradito de asfalto, en la intersección de la 9 de julio y Avenida de Mayo? ¿Es posible pasar por ahí y seguir caminando como si nada? Desde que se instaló, hace ya dos meses, el acampe qom ha modificado rotundamente el paisaje. Allí se cruzan miembros de la comunidad qom (Formosa), militantes de la causa indígena (muchos de ellos de la Ciudad de Buenos Aires), artistas que acompañan el reclamo y curiosos (discúlpese el ambiguo y trillado término). No, no es posible pasar por ahí y seguir como si nada. Lo será para unos pocos. Es que el acampe no sólo da otra postal de la Ciudad, sino que ha modificado la vida urbana.
Para los que les falta el capítulo fundamental de esta historia: la lucha la llevan adelante los miembros de La Primavera. Piden al Gobierno Nacional la restitución de sus tierras ancestrales. También, el esclarecimiento del asesinato de Roberto López, que tuvo lugar durante una violenta represión de la policía formoseña para desalojar a la comunidad. Allá, en su tierra, muchos indígenas quedaron sin casa y sin agua. A esto también se le pide una solución. También se busca la restitución de sus DNI. ¿Se puede seguir caminando como si nada, sabiendo todo esto? Y si no se sabe, entonces habrá que acercarse.
Una regla fundamental del periodismo es que la noticia retrata una lucha. Del hombre contra el hombre, del hombre contra las fuerzas de la naturaleza, del hombre contra sí mismo. Agencia NAN, en tanto medio de cultura, llega al acampe qom con el afán de describir qué lugar le cabe a la cultura en todo esto. Sorprende, de buenas a primeras, el carácter organizado del reclamo. En la carpa más grande de todas está Paxsi, vieja-joven militante de la causa indígena, que integra la comisión de prensa. Ella exige un registro de todo el que se acerque a buscar información o declaraciones. La carpa está “adornada” con cuadros pintados por estudiantes del IUNA, que cuestionan para dónde está mirando el Estado.
Son ya las 18 y hay dos jóvenes paseándose por el lugar con sus instrumentos de cuerda, un poeta que regala versos a quien se acerque a preguntarle algo, un malabarista que hace girar por los aires los colores de la bandera. Está allí Félix Díaz, representante de los qom, tomando unos mates con sus compañeros, y dispuesto, como siempre, a ponerle voz a la problemática. La voz, el cuerpo. Dice que está muy cansado de repetir lo mismo. Dice que no duerme ahí porque, bueno, tiene que descansar de verdad después de hablar con los medios durante toda la tarde. “Me gustaría tener una novedad”, anhela. Es uno de los más indicados para brindar la respuesta que busca Agencia NAN.
“El arte hace la diferencia. La lucha social a veces viene acompañada con mucha violencia y bronca. Nosotros queremos dar algo distinto, pacíficamente, con alegría. En la noche compartimos música, danza, ceremonias rituales”, sostiene. Hay, también, lugar para las proyecciones, en general relacionadas con la problemática indígena. Todos los días, entre las 18 y las 22, acompañan el acampe músicos del Frente de Artistas Populares (FAP) y escritores de la Feria del Libro Independiente y Autogestiva (FLIA). Pero hay micrófono abierto. “Cualquiera que tenga ganas de mostrar su arte, bienvenido sea. Queremos dar ese espacio para que aporte su talento y se solidarice con esta lucha, y que se entienda que la causa no es una persecución política partidaria sino una que tiene que ver con la valoración de la vida.”
A la violencia del Estado nunca se pensó responder con más violencia. “Esperamos el diálogo”, subraya Félix. “Uno tiene tanta paciencia… A veces, las autoridades ejercen violencia contra nosotros, y ahí se nos complica.” El sábado pasado hubo una peña, con artistas y bandas en vivo. Se pedía un bono contribución de cinco pesos más una donación (un alimento no perecedero o ropa). También, la música y la danza han estado presentes en todas las marchas. “Es la única manera para atraer a la gente”, sentencia Díaz. Y en ese acercamiento, se pide al público-acompañante de la lucha una ayuda más. “Que firme un petitorio. Estamos juntando firmas para hacerle llegar a la Presidenta.” Y cuando dice eso Félix se entusiasma un poco más. Una solución para febrero, dice, sería lo ideal.
Artistas, locos y guerrilleros
¿Se puede adherir a semejante causa sin meterse hasta la manija en ella? Evidentemente no para el FAP, que viene acompañando el reclamo desde que pisó la Ciudad. Gustavo, uno de sus integrantes, explica de qué se trata. “Varias bandas que intentamos difundir el arte, ponerlo en otro lugar, correrlo de donde está siempre, llevarlo adonde se llevan a cabo las luchas. La idea es que el músico sea como un guerrillero, el arte pensado como hijo de su tiempo.” Con ese afán, hay ciertas cosas a las que hay que resignarse. “No siempre tenemos el mejor sonido, las mejores circunstancias. No tocamos en escenarios.” Ellos prefieren meterse en las asambleas a acariciar el ego.
— ¿Las bandas que integran el FAP hacen música de protesta?
— Nosotros hacemos cumbia (N. de R.: la banda es Anarcumbia Tirapiedras), hay gente que hace folklore, rap, cikuris, otros que son heavy. Hay de todo un poco. Y sí, todas están relacionadas de una manera a una clase de lucha. Porque nosotros, además de músicos, somos militantes. Nos fuimos conociendo en distintas movidas, somos gente independiente, que no pertenece a ningún partido político. Nos conocimos en la calle. El grupo está en conformación. No sólo queremos amplificar la música, sino que queremos pensar en qué podemos avanzar en las luchas. Componemos en esos lugares.
— Por ejemplo, ¿compusieron algo del acampe?
— No todavía. Pero las letras de muchos de los músicos del FAP tienen raíces en la lucha misma. Somos la lucha.
— ¿No pertenecer a un partido político es una condición excluyente?
— No, pero nos vamos juntando en estos espacios que no tienen características partidarias. Son asamblearios, democráticos, horizontales.
— ¿Cómo va la experiencia de acompañar el acampe?
— Está buenísima, como todo lo que sea en la calle. Aportamos el sonido para amplificar las voces. No es que la vamos de artistas, entendemos que el arte tiene que estar en otra parte, a la par de la militancia. Sucede que hay una industria de la cultura, puntualmente de la música, que da la impresión de que la música tendría que estar en otro lado. Pero el espacio que le corresponde es acompañar la avanzada de nuestro pueblo. Hay mucha gente que se para acá y empieza a pensar que otros mundos son posibles. Con el FAP tratamos de charlar todo esto. La música no es comercial, no la nuestra, sino ninguna. Hay una industria que la comercializa.
— Bueno, pero también hay músicos que quieren comercializarla.
— El sistema ahoga o genera esa ilusión de que no hay alternativas, otras cosas posibles. Nosotros retomamos la gran línea de muchos músicos americanos, como Víctor Jara. Los combativos, populares de verdad porque reflejaron un momento.
— ¿Se enterará más gente del reclamo, atraída por las manifestaciones artísticas?
— El otro día reflexionábamos de que tenemos que ser cada día más. Nos preguntábamos quién podría estar interesado, hacerse eco, ponerle el cuerpo. La conclusión fue que a los que les va a interesar es a los que ya están en lucha, los que sientan la injusticia. Por ahí tenemos que ir a buscar a los que están mirando a Tinelli. Hay que comentarle, moverla, movilizarla.
Micrófono abierto
“Sueña Félix con que la tierra que trabaja le pertenece, sueña que su sudor es pagado con justicia y verdad, sueña que hay escuela para curar la ignorancia y medicina para espantar la muerte, sueña que su casa se llena y que es razón de su gente gobernar y gobernarse, sueña que está en paz consigo mismo y con el mundo. Sueña que debe luchar para tener ese sueño. Sueña Félix y despierta… ahora sabe qué hacer y ve a su mujer en cuclillas atizar el fogón, oye a su hijo llorar, mira el sol saludando al oriente, y afila su machete mientras sonríe.” La poesía es del Subcomandante Marcos. Pablo Gramajo la tomó prestada e hizo un cóver que recitó para todos el día de la peña. Ahora, repite el rito ante el grabador.
Poeta santiagueño, dice que ama las palabras porque “abren y cierran mundos”. Pablo es caradura y, entonces, se ha ganado un lugar en el micrófono abierto. Fue, de hecho, uno de los conductores de la peña, sin saberlo de antemano. También es miembro del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase) y trajo su reclamo. “Allá tenemos 250 problemas de desalojo, los hermanos de la Primavera tienen uno. Y los medios no dicen nada, paradójicamente desinforman: la información desinforma. Nuestro problema es que nunca hemos alambrado, como lo exige la ley. Nuestros campos son comunitarios, el pastoreo también. No existen fronteras para nosotros.”
Retomando el eje de esta nota, Pablo cuenta, respecto de su participación como conductor de la peña: “Fue un acto de la resistencia, pero también de la insistencia. Nosotros tenemos una gran capacidad de memoria. Porque, cuando no había libros, lo oral y la memoria iban de la mano. Tenemos una memoria incorporada. La peña estuvo bastante linda más allá de que las peñas tienden a divertir. Y a veces la diversión pierde la posibilidad de la realidad, de verla totalmente. Es un mecanismo de defensa para olvidar situaciones.”
Mientras Pablo conversa, deambula por allí Sergio Juncos, malabarista. Es mochilero y toda vez que encuentra una lucha con la que coincide, se suma. Ahora, tras hacer girar por el aire los colores de la whipala, cuenta que está por viajar a Formosa, a internalizarse en la comunidad y enseñar su arte a chicos y grandes. “Estaría bueno que la cultura se base fuera de las ciudades. Se tiene que expandir por el mundo. Está en nosotros llevar eso, hacerse cargo, enseñarles a los chicos y mostrar a los grandes que pueden volver a jugar.”
Los dos son jóvenes. En realidad, ese día se ve mucha gente joven metiéndose en el acampe. Una gran tormenta se lleva a muchos de los presentes. Sin embargo, las banderas siguen ahí, acariciando el cielo. Muchos hermanos indígenas dormirán allí esta noche. El grito no se suspende por lluvia. Tampoco el sueño. El sueño de que la tierra, por fin, les pertenezca. El sueño de estar en paz con el mundo.