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Adolfo Colombres: “En Argentina hay trogloditas que piensan que poner flores es de maricón”.-

Los aportes culturales de la inmigración sirio-libanesa, la tradición, la conformación de la identidad y el exilio son algunas de las cuestiones que aborda en una charla con Agencia NAN el escritor, antropólogo y abogado tucumano que recientemente publicó El exilio de Scherezade, la primera novela parte de una trilogía que continuará el próximo año con El callejón del silencio.

Por Facundo Gari
Fotografía de Mariano Iñíguez

Buenos Aires, diciembre 11 (Agencia NAN-2009).- La acción transcurre durante la última dictadura militar, aunque el hincapié no esté puesto en las coordenadas temporales en las que el matrimonio de Yasmine y Omar llega a su fin. “Un exilio conyugal, en el tiempo de exilio político, resulta vergonzoso”, se lamenta él y da la pauta. Pero aún se retira al sur, se aleja del noroeste argentino, donde su sensual esposa –hija de cristianos maronitas– yace enardecida por la ausencia. De allí a la locura definitiva habrá pocos pasos; pero los fueron muchos hacia atrás, no más por el tempo firme de la contingencia de la realidad que por la actitud también firme de la protagonista para construir historias maravillosas y sensoriales, sembradas las semillas de la cultura árabe en éstas por su abuela Amira y la presencia mágica de sus muñecos de Simbad, el marino y del poeta Abu-Novas, entre otros. No es que El exilio de Scherezade (Alción Editora), la más reciente novela de Adolfo Colombres, primera de la trilogía que continuará el próximo año con El callejón del silencio, se postule como una recreación vernácula de Las mil y una noches, que el autor leyó en variadas traducciones. “Yasmine, más que atraer las historias, se vale de ellas para ir al Oriente fabuloso”, explica el escritor, abogado y antropólogo tucumano de 65 años.

Posicionada por él como un “homenaje” a los aportes culturales de la inmigración sirio-libanesa, tampoco se trata de una novela epistolar, aunque la confusión puede ser justificada si se leen sólo 16 páginas de las 307 que conforman el libro. Es, más bien, una novela mise en abîme, de narraciones imbricadas unas en otras: la relación entre la realidad y la ficción se superpone a la ficción instituida desde el formato, y los registros se intercalan entre un lenguaje más cotidiano y el relato maravilloso propio de las tradiciones orales de Oriente, plagado de imágenes y texturas. De repente, no se sabe a ciencia cierta si lo que se lee es otra historia de la ávida Yasmine o lo que el resto de los personajes también vivencia. “En cierta forma, para ella esas historias son más reales, más humanas, paradigmáticas y cargadas de sentido que los hechos cotidianos, que le parecen grises. Sabe que la tarea del hombre es significar el mundo, pues éste, de por sí, carece de sentido”, afirma Colombres durante la charla con Agencia NAN.

— ¿Cómo describe a Yasmine?
— Hay una referencia a Scherezade (la narradora en Las mil y una noches), aunque a diferencia de su caso, el de Yasmine es una tragedia. Y también, en cuanto a la relación entre ficción y realidad: ¿qué pasa cuando la primera es pobre y uno se inclina a generar un mundo fabuloso? Scherezade lo crea a partir de una herencia que ni siquiera es suya, porque su exilio es un tanto inventado. De la misma forma, Yasmine mantiene la herencia y tradición de Oriente, pero porque se entusiasma mucho repitiendo los cuentos… Eso, por el lado narrativo; por otro está la parte de los sentidos. La abuela de Yasmine le enseña a ésta a manejarse sensualmente, con un discurso que le da a lo largo de un año para que aprenda a utilizar el olfato, la visión, el gusto, el tacto y el oído. De alguna forma, la prepara para ser mujer. Y la niña se entusiasma de tal manera con toda esa ficción que viene de la tradición de su familia que reasume como muy propia la idea del relato. El hombre es una animal del lenguaje y éste se manifiesta a través del relato. En ese aspecto, ella está muy ligada a lo esencial del hombre. Esa fascinación que le va inculcando una generación de mujeres –la abuela y la madre– hace que ella ame las fábulas. Y es un ser que trabaja mucho con el sentido como base del erotismo, un artificio que no hay que confundir: no es una ninfómana. Ella le dice al marido que le va a ser infiel en la imaginación, y él entra en ese juego. Hasta que se cansa.

— ¿Pero hasta qué punto se pueden separar las esferas de lo real y lo ficticio?
— Es muy difícil, nunca se las puede separar totalmente. Cuando escribo, veo cómo el personaje crece comiéndose a las personas concretas que le dieron origen. Entonces, el personaje adquiere una especie de independencia que necesita cortar los lazos, por más interesante que pueda ser la persona en la que se basa. Con El exilio…, quise explorar los recovecos entre la ficción y la realidad. Siempre se habla del aceite esencial y la ficción es eso de la vida, cuando se la maneja con responsabilidad, porque lo que hace es fagocitar la realidad.

— Aslán, el abuelo de Yasmine, le critica a su esposa que le transmita a la niña con tanto ahínco los cuentos tradicionales, porque él teme que su nieta imagine un mundo que no es…
— El abuelo piensa que toda cosa tiene su medida, y que zarparse demasiado puede traer problemas. Lo que en una porción puede ser bueno, en otra puede desequilibrar a una persona. De hecho, es lo que ocurre con Yasmine.

— ¿Por qué se interesó en los inmigrantes sirio-libaneses?
— Me interesó la inmigración árabe en Argentina, y sobre todo una veta poco analizada que es la ilustrada, aunque la vertiente pobre haya sido mayoritaria. En 1885, empezaron a llegar maronitas, aunque los conflictos serbios arrancaron en 1860, entre rusos y ortodoxos. Casi toda la inmigración libanesa es maronita. Y la islámica vino en parte de Siria. Yasmine es maronita pero dice que su religión literaria es el Islam, porque la cosa cristiana le parece muy aburrida. Incluso, se hace eco de toda esa visión anticristiana que ve a los cristianos castrados, que rinde culto a la horrible continencia. Asimismo, se ríe de los monjes y de la perspectiva del mundo cristiano, que me hace recordar a la que en el siglo XIX tenía Nietzsche en El Anticristo. Y es un aspecto que muy pocas veces se ha analizado respecto al cristianismo: cómo una religión crecida en el Medio Oriente, el mercado de metáforas más esplendoroso, eligió los peores símbolos, como la maternidad virginal, que es atroz. O el sacrificio: un dios dispuesto matar a su hijo. A Cristo lo hicieron vivir 33 años y hasta los 30 no hizo nada. En fin, lo que me interesó mucho para esta novela fue el aspecto del relato: si el hombre es un animal de lenguaje y el lenguaje se expresa a través del relato, no creo que haya metáfora más importante en la historia humana que la de Scherezade. ¿Qué otro ejemplo se puede encontrar tan representativo? Una mujer, ser siempre despreciado y reprimido, mantiene en vida a un sultán asesino que ya ha matado a cientos de mujeres. De alguna forma, ella prefigura todas las llamadas series que se explotan las telenovelas, en las que el relato termina siempre en un punto que conserva la intriga de la continuación. Ese modelo es un paradigma actual.

— ¿Y por qué optó por una mujer protagonista, como en Las mil y una noches, cuando a la sociedad árabe se la señala como machista?
— Se podría decir que Las mil y una noches es un libro escrito por mujeres, seres tan sensuales e inmanejables que terminan burlándose del hombre. Este se presenta com0 energúmeno y se enamoran de alguien que tiene bellas cualidades. Las mil y una noches reconoce a la mujer, que el Islam oprime, que la obliga a cubrirse. Por eso hay muchos piadosos fundamentalistas que abominan este libro. De hecho, en una iglesia islámica en Córdoba fracasó la presentación de El exilio… porque la gente se asustó. Hay una veta del Islam que rechaza Las mil y una noches, aunque sea un texto preislámico. En ese libro se habla siempre de Aláh, pero a veces de una manera increíble. En un momento en que un tipo está por introducir su miembro a una mina, agradece a Aláh por el bocado. El libro va, por eso, a contrapelo del Islam, aunque sea el mayor monumento literario de esa civilización.

— ¿El “turco” es despectivo en el caso de los inmigrantes árabes?
— Es como que te dominen los yankees y te llamen de esa forma. Se los llama “turcos” porque llegaron con ese pasaporte cuando eran colonia de Turquía, como los africanos que tenían pasaporte francés. A principios del siglo XX, cuando terminó la Guerra Mundial con el Tratado de Versalles, y en la época en la que vino buena parte de la migración más refinada de sirios-libaneses, Turquía perdió las colonias, que pasaron a ser un protectorado francés.

— ¿Cuáles fueron los aportes culturales de esos inmigrantes?
— Con la parte de la inmigración que era muy pobre, pasó lo mismo que con los italianos y españoles. El reordenamiento propiciaba la inmigración europea, y Sarmiento pensaba que iban a bajar del barco cantando ópera. Pero finalmente vino una clase que no tenía nada que ver con eso, una cultura popular. Por eso, Sarmiento murió decepcionado. Había gente que se escapaba de enfrentamientos, persecuciones y matanzas, pero también los que venían por cuestiones económicas, como sucedió con parte de la gente que se fue durante la última dictadura militar. A los maronitas se les hizo un poco más fácil que a los islamitas por la tradición cristiana. Quizás el aporte más vigente sea el culinario. A no olvidar que a fines del siglo XI, cuando se iniciaron las cruzadas, Europa empezó a chocar con estos pueblos y comenzó un proceso de refinamiento, que sin embargo nunca alcanzó al persa. Buena parte de eso que los europeos incorporaron viene de Oriente. Por ejemplo, las flores y los perfumes. En Europa, usaban el perfume para no bañarse, y en Argentina todavía hay trogloditas que piensan que poner flores es de maricón.

— ¿Los sirios y libaneses que llegaron a Argentina intentaron adaptarse a la sociedad o se cerraron en guetos?
— El caso turco es distinto del judío. Estos últimos se cerraron como forma de poder sobrevivir casi doscientos años. Los judíos y los gitanos son experiencias únicas en la humanidad. A los indígenas de América les quitan la tierra y a los cincuenta años no existen más. El Islam se integró bastante, en la medida de lo posible, pero no había una actitud de cerrarse, sino de integrarse a la sociedad. Salvo los pocos casos que venían del sector ilustrado, migrantes por razones políticas, se repetía hasta la forma de incursión en el mercado local: primero eran vendedores ambulantes, después ponían su tienda. Es difícil encontrar sirio-libaneses que tengan relación con las Letras. En cambio, muchos judíos han sido escritores, han dado cuenta de su experiencia inmigratoria en Argentina y se han proyectado incluso como intelectuales. Eso llama la atención. Por eso, esta novela es de alguna forma la primera “crónica” que combina la inmigración con todo el esplendor de la tradición sirio-libanesa.

— A pesar de venir todos de clases populares, en particular los inmigrantes árabes fueron “no deseados”. En una edición de 1902 de la revista Caras y caretas, un artículo dice: “Hace años empezaron a verse en las calles grupos de hombres de tez bronceada y fez rojo, ocupados, como sus mal vestidas mujeres, en el ingrato oficio de ‘mercachifle’, ofreciendo al transeúnte su banal muestrario de baratijas y menudencias industriales.”
— Cuando los árabes se consolidaron comercialmente, se fortaleció la leyenda de que eran explotadores. Lo eran en la medida en la que hay abusadores italianos, judíos y argentinos. El mito se fundamentó en su afán de acumular. No obstante, los almaceneros turcos tenían una forma de proceder que no estaba nublada por el afán de acumulación. El nativo no la tiene porque tiene una contención comunitaria. Los bolivianos que viven en Argentina también tienen esa cosa: no te dan un centavo de más, pero nunca se quedan con uno que no sea suyo. Los bolivianos y peruanos tienen esa idea de lo justo porque vienen de una cultura comunitaria.

— ¿Y cómo se produjo el paso de una concepción positiva del inmigrante al grado de xenofobia actual?
— La idea del crisol de razas estaba dirigida más al europeo que a los indios. Lo que se quería era generar un argentino que fuera la fusión de todas las matrices culturales que estaban llegando. Cuando ese núcleo de nacionalidad extranjera llegó a ser casi la mitad de Buenos Aires, se consolidó lo que se presenta como identidad argentina, que tiene bastante de híbrido. No es, entonces, un crisol de razas, sino una cultura más cosmopolita. Cuando el proletariado “ascendió” a clase media económicamente poderosa, pasó a ser dueña del país, aunque algunos de sus integrantes son bastante brutos. ¿Quiénes son los Macri? Uno sabe que son los dueños de casi todo, una familia que se mata por disputas de poder y revela la baja estofa de la que está hecha. Esa gente discrimina a nuevas poblaciones que tienen una mayor legitimidad como americanos, como los paraguayos y bolivianos, que tienen siglos y siglos de anclaje en estas tierras. Aquí crecimos con el paradigma de civilización o barbarie, y en lo segundo inscribimos lo que nos es más propio.

— ¿Qué valor tiene la tradición frente al exilio?
— La abuela es la que tiene el sentido de la tradición, en cambio Yasmine se embala con eso, queda seducida, pero no lo ve como una raíz. Más que exiliada de una cultura, ella está exiliada de un mundo narrativo. Es decir, está en el lugar donde nació, pero se siente exiliada de su propia tierra, como nos pasa a muchos: a veces pienso que debería haber nacido en otro país de América, que se han equivocado. Vivo en el lugar de América latina en el que menos interesa América latina, que es Buenos Aires.