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“Decir las cosas que de chicos no podíamos decir”

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La hija de Paco le dio vida a Infancia & Dictadura, un blog que pretende construir historias y sueños de quienes vivieron el último golpe de Estado argentino.   Fotografía: gentileza de Ángela Urondo

Por Guillermina Watkins

La mujer se hizo fuerte. Angie, como la llaman los que la conocen, tuvo que tornarse valerosa a la fuerza. Sin embargo, aún hoy a sus 35 años, algo la continúa manteniendo niña. Algo que tiene en su mirada, algo que se cuela en sus palabras, algo que ya la deja dormir pero que aún la mantiene despierta. Esa niña que, como se autodefine, “está desarmada de las palabras aún no aprendidas y es portadora del sinsentido de no poder asignarle contexto a su tristeza”, intenta explicar en conceptos y términos algo más que un proyecto.

Angie es Angela Urondo, la hija menor del poeta, periodista, dramaturgo, funcionario y militante de Montoneros Francisco “Paco” Urondo y de Alicia Raboy, jóven periodista y militante, ambos asesinados durante la última dictadura cívico militar en Mendoza. Por eso también Ángela es la nena de once meses que fue testigo de ese destino que ya había sido trazado semanas atrás cuando desde la cúpula de Montoneros decidieron mandarlos hacia terrenos cordilleranos.

Y ahora cuando sonríe o habla en doble sentido o con el humor más negro que ella desee, puede detener el tránsito, puede atraer como una serpiente y devorar el momento en una sola palabra. Su voracidad se traduce en decir lo que antes era no dicho. No quedan dudas que el gen Urondo, aquel que empuñó las armas para buscar la palabra justa, se traduce en la escritura de Ángela: se nota su vital necesidad de expresarse para sacar máscaras a la luz y desenfundar por primera vez su verdad a través del arte que, claro, nunca deja de ser político.

En diálogo con NaN, Ángela no habla de su infancia de manera directa pero ése es el espíritu que rodea toda la charla sobre su último proyecto virtual, Infancia & Dictadura. Un blog que se posiciona como la continuación de su primer espacio, Pedacitos de Angelita, y como un espacio colectivo que se va acomodando para que todo joven que haya vivido la dictadura de manera directa o indirecta pueda evidenciar su historia a través de relatos o imágenes. Así, el puntapié es la foto que apareció el año pasado de su padre con la cabeza cortada y ella en sus brazos.

—¿Qué te representa esa cabeza cortada hoy?
—Demuestra el comienzo del corte que tuvo mi vida. Por eso ahora que encaré este proyecto no lo hice como hija de desaparecidos sino que empezó a tomar más magnitud lo que viví en primera persona. Hasta hace un tiempo mis relatos siempre iban en el contexto de la muerte de mis padres y por eso empecé mi primer blog, en el que conté mi historia e inicié un período de desapropiación de mi historia para reafirmar mis raíces.

—¿Y cómo viene ese camino?
—Bien. Ahora intento buscar los términos más simples para describir mi historia. Y así fue como llegué, tres años después de empezar a escribirla, a contar fuera de mi ombligo. Me interesó tratar el tema del impacto de la dictadura militar en los chicos. Hablar sobre esos sueños sin sentido y el absurdo. Para empezar a acordarnos de cosas a las que no les podíamos poner palabras por ser, justamente, chicos. Pero los sueños son recuerdos y la recuperación es parte de recuperar la identidad. Entonces, en ese marco, abrí el espacio y la gente se empezó a sumar. Es sorprendente cómo después de dos meses y medio he publicado más de una historia por día.

—¿Cómo surgió el proyecto?
—Hace tiempo tenía ganas de hacer una convocatoria para el proyecto de arte de una muestra colectiva de hijos de desaparecidos, pero cuando pensé bien todo me dije “no tengo ganas de limitarme sólo a hijos”. Entonces, a partir del eje temático “infancia y dictadura”, me di cuenta de que no sólo los que somos hijos tenemos un humor particular sino que mucha gente que en algún punto vivió esos años muy de cerca también tenía secuelas. Hay un montón de pibes que tienen “efectos de la dictadura” sin tener a sus padres desaparecidos. Además, me pareció necesario romper con que sólo somos hijos: vivimos la dictadura en carne propia, en primera persona, igual o no que nuestros padres. Por eso la variedad de textos es amplia y cuando se mezclan esos relatos de afectados y quienes no lo fueron, sale lo interesante. La indagación es cómo esa dictadura dejó un registro. Si hubo 30 mil desaparecidos, entonces hubo 30 mil procedimientos por lo menos, y su hubo 30 mil procedimientos, me imagino que los vecinos, los familiares, los compañeros también son víctimas de la dictadura. Son historias que quedaron sueltas y la consecuencia de que lo sigan estando se mantiene.

—¿Cómo es el proceso de escritura de las historias?
—Mucha gente empezó a mandarme sus historias después de que yo publicase la mía. Y abajo empezaron a comentarme los sueños que habían tenido. Entonces, lo primero que hice fue transcribir esos primeros relatos. Armé el blog, les pedí permiso y los publiqué. Esto hace dos meses y medio. Ahora ya recibí como 75 relatos, más de uno por día. Por el momento me escribieron de muchas provincias: Salta, Jujuy, La Pampa, y de otros países como Chile y México. Saqué además relatos de comentarios y charlas. Hay un gran abanico de historias y ojalá algún día esto pueda ser un libro.

—Lo importante es decirlo, ¿no?
—Sí, creo que ése es el objetivo central: decir las cosas que de chicos no podíamos decir por muchas razones. En mi caso, no podía decir porque cuando era chica no tenía palabras para decirlo y porque recién pude hacerlo de mucho más grande, más que adolescente. No sabía lo que tenía que saber. Además, te decían que tenías que esconder una parte, reconciliarte con otra y, como toda buena niña de modales, agradeciendo siempre. Eso no se habla, eso no se dice, eso no se toca. Todo quedó enquistado en un silencio. De chicos nos dijeron que eso le había pasado a la generación de los más grandes, lo cual no es cierto: también nos pasó a nosotros. Hubo un impacto en todos.

—¿Consideras que está fuertemente arraigado a lo político tu arte?
—Sí, claro. Todo esto es escrito con mucha conciencia y desde que se me ocurrió la consigna estaba segura de que iba a tener respuesta porque la idea era muy clara. Las vivencias tienen que ver con lo simbólico. Es decir, con cómo lo simbólico de la dictadura quedó en los sueños y en los recuerdos. Pero también eso se nota en mi arte fundamental que es la gráfica. Yo me considero dibujante. De hecho he realizado muchísimas obras. La gráfica es mi lenguaje, mi herramienta natural. A través del arte, cuando era chica, salían todo el tiempo un montón de cosas a la superficie que no entendía cómo salían. Recuerdo que en una clase de teatro nos hicieron trabajar sobre un bebé en una cuna y que los profesores se quedaron en silencio cuando me vieron, porque a pesar que yo tuve un corte ahí, había algo en esa relación de madre-bebé que me sensibilizaba y que podía mantener en vilo. En todos los Urondo hay una necesidad de expresarse: muchos somos artistas plásticos, otros músicos y algunos escriben.

—Y ahora parece que la historia se va a empezar a escribir a partir de los juicios en Mendoza por la muerte de tus padres y de otros desaparecidos. ¿Cómo empieza todo el proceso?
—(En tono irónico) El 17 de junio de 1976 íbamos en un Renault 6 y tuvimos un “problemita” con unos milicos asesinos. En ese momento arranca la causa y yo me la pierdo porque estaba con una familia que no era la mía. Pero cuando recuperé a mi verdadera familia, me enteré de todo: que los asesinos estaban sueltos porque (Raúl) Alfonsín y (Carlos) Menem les habían dado el indulto. Entonces me enteré de mi historia en un contexto re “loser” a nivel legal. Y bueno, pasó el tiempo, en el que muchos luchábamos para no reconciliarnos con los asesinos hasta que se abrieron los juicios por la verdad y se inició todo este último proceso. Hoy la causa en Mendoza viene con todos los palos en las ruedas que los milicos vienen poniendo: que nos cambian de juez, que tal y otra, y así no podemos empezar más. Por ahora tenemos fecha para el 17 de noviembre. Ojalá de una buena vez por todas esto arranque. De todos modos, la Cámara Federal de Mendoza está compuesta por jueces que fueron cómplices durante la dictadura en Mendoza y todos tienen casos de haber aceptado la tortura. De ocho camaristas, cinco tienen muchas pruebas en su contra por haber sido cómplices. Están haciendo miles de artilugios para que no los remuevan de sus cargos. Por suerte, somos 18 causas juntas las que tenemos fecha para el 17 y, aunque nos pongan piedras en el camino, ellos ya están muy acorralados por sus propias pruebas. Pero es difícil hablar de justicia en Mendoza cuando estos tipos siguen siendo parte del sistema judicial. Mendoza necesita una purga judicial urgente para seguir adelante.

Ángela continúa hablando de los sueños como espacio donde se puede vivir algo realmente verdadero, a pesar de la realidad. No es casualidad que ella, después de 20 años, haya podido reconstruir la causa de sus angustias a través de los sueños, mucho antes de saber la verdad sobre su primera ruptura fundacional. También habla de collages, de retratos, de caprichos, de pedacitos. Todas palabras en diminutivo, más ligadas a la infancia, pero que en ella siguen resonando fuerte aún siendo adulta, aún siendo madre.

Porque es en los sueños, esos recuerdos o mundos paralelos, en los que lo imposible se vuelve real. Allí, ella es todavía esa nena que siente el calor de su madre que la abraza, plantándola con su amor en el mundo para dejar de sentirse huérfana. Ángela ahora es grande y sabe que su función en el mundo es destapar esos sueños, esas realidades, para buscar la palabra justa con la que nombrar esos abrazos no abrazos, como dijese su padre.