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Aparato reproductor, una crítica a la cosificación de la mujer.-

En el marco de la Muestra de Arte Pospornográfico, una joven artista y diseñadora transformó una muñeca, una de las herramientas más sexista instituida en la niñez, en una obra de arte que cuestiona el modelo estereotipado de socialización de la infancia. “Todos estos patrones impuestos derivan en muchas de las problemáticas que vivimos a diario: la violencia de género, los femicidios, los abusos, las mujeres sumisas que sufren», arriesga Mercedes Peñalva Alaya.
Por Rocío Magnani
Fotografía gentileza de M.P.A.
Buenos Aires, marzo 16 (Agencia NAN-2012).- Cosificar a la mujer en la búsqueda de visibilizar ese manojo de patrones culturales cosidos en la urgencia del aprendizaje, de la niñez. Permitir que el espectador manosee, desnude con la mirada, se atreva a escuchar la música interior. La artista y diseñadora Mercedes Peñalva Alaya trabaja hace más de dos años en transformar una de las armas sexistas más instaladas de la infancia, la muñeca, en un instrumento de crítica. Con ese espíritu, su última obra, Aparato Reproductor, invita a contraponer lo bello de lo individual a la imposición sobre el cuerpo: “¿Sólo sirve para reproducir niños? ¿Es un aparato? ¿Se puede hablar de una parte nuestra como de una cosa? ¿No es igual de importante el deseo que la maternidad? ¿Tenemos una función?”, sugiere la joven artista.
Su criatura yace en una pared del porteño Espacio INCAA, con los ojos delineados en lágrimas y la expresión triste, frágil. Es una muñeca tierna, pero fría; hermosa, pero inerte. Su cuerpo, en blanco y negro, de extremidades delgadas y pechos caídos hasta el ombligo, termina más abajo, a la altura de una entrepierna de flores bordadas, donde nacen un par de auriculares.
El nombre de la obra es un juego de palabras entre dos aparatos que reproducen, uno niños, y el otro, música. Una combinación interesante. “Así como tenemos una idea visual de lo que es una mujer reproduciéndose, también tenemos una idea sonora –sonrie Peñalva Alaya–, y uno va a la expectativa de encontrarse con algo de eso: gemidos, relaciones sexuales o, de repente, los latidos de un bebé, como si el sonido natural en nuestro cuerpo pudiera ser el del ecógrafo. El quiebre está en equivocarse y que la obra rompa con lo predecible. En escuchar que la mujer puede producir otra música.”
Calzarse los parlantes es una sensación que transporta lejos del barullo de la exposición, que se va atenuando despacio. La música que utiliza Aparato reproductor, autoría de la pareja de la artista, Gonzalo Ariel López Brouchud, es una pieza experimental que se sumerge en distintos climas con la mira en indagar en la musicalidad que puede tener un cuerpo. La pregunta, dice la plástica, sería: “¿Qué diría el cuerpo de una mujer si pudiera escucharse desde adentro?”. No hay una sola respuesta. “Por las devoluciones que tuve, siento que a cada uno lo identifica de otra forma. Puede ser paz o una angustia muy profunda”, conjetura.
Cientos de personas pudieron experimentar la instalación entre el 8 y el 10 de marzo último, en el marco de la Primera Muestra de Arte Pospornográfico. El encuentro fusionó cine documental, con fotografía, entre otras modalidades plásticas, y posibilitó el replanteo sobre el género que recién surge en Argentina. La propuesta de la muestra: contribuir al debate sobre la relación entre sexualidad, arte y política, y difundir “el fenómeno subversivo de apropiación de los códigos del porno tradicional, surgido al calor de la militancia feminista más radical”, según los organizadores.
“En mi interpretación, el posporno es la búsqueda individual del deseo, de ser libre en las relaciones sexuales para dejar de guiarse por un mandato social que dice que esto está bien, esto es placentero o aquello es morboso. Y en cuanto a la mujer, también es descosificar. ¿Por qué nos tiene que calentar a todos lo mismo? Capaz me gusta más ver un roce, una insinuación, el erotismo”, define Peñalva Alaya.
Una mujer de remera azul se acerca a la instalación, con gesto asombrado. Se pone los audífonos y mira despacio. Busca a los costados, pero no tiene a quién pedir permiso. De pronto, se decide: le estruja una teta caída a la muñeca. Luego, le levantará un bracito y lo inspeccionará despacio.

“Eso me sorprendió mucho porque nunca la pensé como una instalación, sino como algo más cercano a la escultura. Y, de repente, fue darme cuenta de que la gente quería tocar… Y eso me encanta. Amo meter mano. Quiero que la gente sienta la necesidad de interactuar. Para eso hay que superar el pudor sobre la obra. Agarrar los auriculares, es decir un pedazo de la muñeca, y ponérselo ya es todo un paso”, comenta.

Peñalva Alaya, de 22 años, oriunda de Lomas de Zamora, zona sur, experimentó con varios lenguajes artísticos. Empezó con la pintura, después con el dibujo, pero sentía que esas disciplinas “no terminaban de expresar o no tenía la fuerza que necesitaba para la crítica que quería hacer”.
–¿Cuál es ese cuestionamiento?
–Es una duda, o varias en realidad. Yo soy mujer, pero ¿qué hago acá? Lo que elegí ser, ¿lo decidí yo o la sociedad me lo está imponiendo? ¿Cuál es mi rol en la sociedad? ¿Y con las otras mujeres? ¿Con los hombres? ¿Qué es ser la chica bien, la buena madre, la buena esposa? Siempre creí que una se hace mujer de grande, pero son patrones que impone la sociedad, uno los empieza a mamar desde que es muy chico y a través del juego.
–Con las muñecas…
–Es que es la representación más directa que una nena puede tener con sentirse mujer. La Barbie doctora, la Barbie veterinaria. También está el rincón de la mamá en el jardín, o peinarte, maquillarte, jugar a la princesa… Bueno, también está la muñeca inflable, que es una de las muñecas que se eligen en la adultez. Yo siempre estuve ajena a todo eso. Lo odiaba. Creo que no fui la típica nena. Tal vez porque vengo de una familia en la que mi mamá es asistente social y he escuchado muchas historias.
–¿De ahí la necesidad de resignificar a las muñecas?
–Sí, creo que llevar el concepto de la mujer a cualquier objeto tiene una significación de por sí, a la que se le suma el pensar a la mujer como el objeto muñeca.
–¿Y por qué de tela?
–Pensé en el plástico, pero es un material muy nuevo, y estas imposiciones, muy viejas. Y, por eso, volví al inicio del juguete, que es la muñeca de trapo. Por otra parte, es lo que más se cuadra conmigo en este momento, porque soy diseñadora de indumentaria y la tela es uno de los recursos que mejor manejo. Tenía urgencia de expresar y la tela era lo que tenía más a mano. Es decir, hago mis muñecas con mucho amor, pero también tienen enojo. Me hierve la sangre cuando las estoy haciendo porque todos estos patrones impuestos derivan en muchas de las problemáticas que vivimos a diario: la violencia de género, los femicidios, los abusos, las mujeres sumisas que sufren. Eso me da mucha bronca. Y además está el enojo de saber que yo también soy parte de todo eso. Yo siempre digo: nunca le pude escapar al arroz con leche. Me miro y escucho el “Que sepa coser, que sepa bordar”. Nunca pude salir de esa estructura.
–Tiene una muñeca que lleva ese nombre, ¿no?
–Sí, tiene una máquina de coser. Hay otra que se llama “Me darás mil hijos”, que tiene todos bebitos de plástico en la panza… Siempre trato de relacionar la obra con objetos de la vida cotidiana porque es una herramienta que genera una identificación con el espectador.
–¿Y cómo se le ocurrió la idea de Aparato Reproductor?
–Tuve una conversación con una chica de 35 años que me contaba que ella no quería tener hijos y cómo la castigaba la sociedad cuando ella lo decía, “¿y para cuándo el nieto?, ¿y para cuándo el novio a casa?, ¿no te vas a casar?”, le decían. Porque es cierto: ¡qué bien visto que está decir que una quiere tener hijos, y qué mal visto decir que no los querés! ¿Por qué? ¿El cuerpo de la mujer sólo sirve para reproducir niños? ¿Es un aparato? ¿Se puede hablar de una parte nuestra como de una cosa? ¿No es igual de importante el deseo que la maternidad? ¿Tenemos que tener hijos porque es nuestra función en la vida?