
Por Facundo Desimone
facumdesimone@yahoo.com.ar
“Siento que verme caer no está tan mal”, gritará Lucas Castro, bajista y cantante de Ardilla, reventando las paredes del bar Liverpool, en el barrio de Palermo. La canción —que hace las veces de corte de difusión del primer disco de la banda, a punto de salir del horno— se llama “Del principio de la negación”. Lo único que parece negar es la decadencia del rocanrol. “Primero fue ‘Squirrel’, en inglés, y ahora decidimos que el nombre de la banda sea en nuestro idioma”, revela Mr. Castro. “Nos gustan las ardillas porque son animales exaltados, muy neuróticos, en constante movimiento, y son plaga, se reproducen constantemente, incluso en lugares de donde no son originarias”, amplía. “Porque nada es suficiente para vos”, podría haberle contestado a ese primer grito Ezequiel Sánchez, guitarra y voz de Drommond, si no fuese porque el orden de presentaciones fue al revés el jueves pasado. “El nombre de la banda viene de la serie Blanco y negro”, sorprende Sánchez, descartando teorías de mística cuántica. “El padre de la familia era el señor Phillip Drummond, que es muy parecido al padre de Pablo Bianchi, nuestro baterista”, profundiza. Restaba cambiar la u por otra o, por meras razones musicales.
A veces las cosas se anuncian desde el vamos. El local tiene luz tenue, mesas con velas encerradas en burbujas de cristal, una barra con luz roja, televisores antiguos arriba de heladeras de cerveza, sillones lounge, un escenario con una cortina verde esmeralda translúcida y un extraño mueble con luces cambiantes que parece un piano. Pero lo más importante quizás sea la pared tapizada con fotos y caricaturas de Hendrix, Janis Joplin, Zeppelin, Sabbath y otros monstruos del rock. O los retratos individuales de los Fabulosos Cuatro, con estética parecida a la tapa de With the Beatles. O las banderas de Inglaterra que interrumpen innecesariamente el decorado del local, como si todavía hiciese falta aclarar algo. Antes de que Drommond salga con los tacones de punta, se escucha música de Jamiroquai, Michael Jackson, Beck, Coldplay y un cover de “Across the universe”. Los chicos de la banda se camuflan entre el público. Hay pizzas y tragos, y cuando parece que la noche va a seguir así hasta el amanecer, Drommond aparece sobre el escenario.
“La canción que viene está dedicado a las chicas de la mesa de enfrente”, advierte Sánchez, con una voz grave que podría ser de tenor, después de una eufórica entrada. Es acompañado por Leonardo Yurquina en el bajo y Norman García Cordero en una diestra guitarra rítmica. Detrás de los muchachos, acorazados de luces verdes y violetas, y como en una especie de tarima que parece de teatro de marionetas, termina de dar forma a la escena la batería de Pablo Bianchi. “Eso sí, espero que el título no ofenda, porque se llama ‘De amor y de odio’”, aclara el cantante, presentando el segundo track de Claroscuro, segundo disco de la banda.
“¡Vamos, Leo!”, aclaman desde el público al bajista, que toca por momentos enfrentando a los guitarristas. En el corte del tema, Bianchi marca el ritmo con las baquetas, mientras Yurquina y García Cordero se acercan para intercambiar información que al público se le pierde pero que a ellos les funciona como un reloj suizo, como si en vez de un bajo y una guitarra tuviesen una espada y un bo, y uno de ellos vistiese vincha, muñequera y tobilleras violetas, y el otro sendas prendas en celeste.
Después frenar al batero, que está como loco, la primera guitarra presenta el tema “Money”, que no es el de Pink Floyd. “En un principio se nos hizo más fácil la composición en inglés, principalmente por nuestras influencias musicales y la facilidad para escribir y cantar en ese idioma”, confiesa. Pero también asegura que, para este último disco, tomaron el desafío de escribir en español castizo. Y ahora sí viene un cover, “Love song” de The Cure, en un gran homenaje a la canción original, con los sonidos de los teclados transportados a las guitarras sin ninguna pérdida.

“Ahora la soledad es la fuente de mi inspiración”, concluye Drommond, que se presentará nuevamente el 15 de agosto en Devoto. El grupo no hace bises. En el interludio se puede ver cómo la gente de Ardilla prepara sus instrumentos a través de la cortina verde translúcida, cómo una especie de director de orquesta en pullover les da indicaciones inaudibles. Hay gente tirada en sillones, en la parte lounge del local, esperando tal vez una inyección lisérgica de sonido. La sorpresa que les espera.
Ardilla, con tres guitarristas, arranca haciendo acoples y ruidos medio noise, estilo Sonic Youth y la música glitch. Pero no son más que segundos que degeneran en la canción “Sangre”, cantada por uno de los guitarristas de pelo largo, lookeado en grunge/noventas. Es Juan Ignacio Vazques, que comparte micrófono con el bajista Castro, a quien le pasa la pelota porque el tema se transforma sin ninguna mediación de por medio en el hit “Del principio de la negación”, y la cosa cambia de color radicalmente. “Quizá la mayor influencia es la de la música de fines de 1980 y principios de 1990, que suele definirse como rock alternativo”, admite Castro. “¡Te amo, Lucas!”, se escucha desde el público.
“Queens of the Stone Age”, se le escapa a un joven de la tribuna mientras Christian Verdun descose casi literalmente su eléctrica amiga de seis cuerdas. Alguien un poco más viejo podría pensar en Stone Temple Pilots. El tema se llama “Confusiones de un mono”, y es probable que figure en el primer disco de la banda, planeado para octubre o noviembre de este año. La calcomanía verde limón en la guitarra de Verdun dice: “Punk rock it’s not a crime”. El poético uso del slide y la belleza con la cual este muchacho hace acopio del flanger no lo desmienten.
Y mientras el propio Verdun sube la escalera para tocar junto con el baterista Damián Andrade y el tercer mosquetero de las violas, Federico Lisorki, parece tocar contra el amplificador buscando el acople, Castro y Vazques cantan con todas sus fuerzas, haciendo temblar el lugar y rasgarse las paredes: “Algo está por explotar”. Y explota. El batero da el último golpe, con furia; y pararse y revolear las baquetas son partes del mismo acto. Los chicos de Ardilla abandonan el escenario, dejando un ruido como de insectos metálicos in crescendo, en una tensión ad infinitum. Montados sobre el noise, dos flacos del público y una joven juegan a hacer voces. Cosas que pasan los jueves en esta ciudad: el rock parece emerger del asfalto y de la esencia de la noche.