
Por Nahuel Lag
Los trabajadores del Bauen suben y bajan las escaleras. Con bandejas de comida, con vasos y jarras, preparan la mesa de recepción. Todos visten su “segunda piel”, la remera que lleva estampada la refundación del hotel, la del “sin patrón”: Buenos Aires una Empresa Nacional. Pero el lunes pasado, ellas y ellos no estaban poniendo a punto el salón principal del edificio de Callao 360 sino que preparaban todo para una nueva acción de resistencia al desalojo y reclamo de “¡expropiación ya!” para poner fin a un conflicto que ya lleva once años, desde aquel 21 de marzo de 2003 en el que decidieron tomar el gigante de 20 pisos y 200 habitaciones enviado a la quiebra por la familia Iurcovich. Esta tarde están en el Gaumont para asistir e invitar al estreno de B.A.U.E.N. Lucha, cultura y trabajo, el documental de Fabián Pierucci que retrata de primera mano la larga pelea por la defensa de los puestos de trabajo.
Las sirenas suenan desde temprano frente al Espacio Incaa frente a la Plaza de los Dos Congresos. Advierten que hay una emergencia ante las puertas del Parlamento. Casualidad o paradoja, el 2 de junio del estreno coincide no solo con el Día Nacional del Cooperativismo sino también con el del bombero voluntario. El acto que convocó a decenas de camiones cisterna le pone sonido de ambiente a la lucha del Bauen. ¿Cómo sonaría el edificio de Callao 360 si pudiera? ¿Qué tipo de grito ensayaría para que los diputados y senadores de todos los bloques tratasen el proyecto de ley de expropiación que ya perdió estado parlamentario una vez y fue presentado nuevamente en abril por el diputado Carlos Heller?
UNA HISTORIA COLECTIVA
María del Valle es cocinera, moza y encargada de Relaciones Humanas de la cooperativa del Bauen y habla con NaN en la previa del estreno para darle voz al edificio y sobre todo a sus 150 compañeros de lucha. María sabe que el fallo de la jueza porteña Paula Hualde en el que se reconoció a la familia Iurcovich como legítima propietaria del edificio ya cumplió siete años y que la nueva orden de desalojo que la magistrada emitió venció el pasado 15 de mayo. Pero también sabe que “hasta ahora no pudieron desalojarnos” y confía en seguir así porque tienen “a gran parte de la sociedad” de su lado. Una semana atrás, cuatro mil personas rebalsaron Callao en un nuevo festival de resistencia. En pocos días, recibieron adhesiones de los concejos deliberantes de varias localidades del país y las firmas de adhesión que juntan en el hall del hotel se encaminan al millón. “Pase lo que pase, estamos de pie y con la frente bien alta. Ya sabemos que somos historia en el mundo, historia en la lucha obrera de la Argentina después del desastre de 2001, y eso nos mantiene muy íntegros”, sostuvo.
Es que como suelen decir los cooperativistas del Bauen, con su lucha revirtieron la historia del hotel, que condensa la historia reciente del país. La familia Iurcovich levantó el edificio con un crédito del extinto banco Banade en la época en que la dictadura cívico-militar buscaba empoderar las comodidades hoteleras para la Copa del Mundo del ‘78. El crédito nunca fue pagado e incluso se le inició un juicio al Estado por supuestas demoras para continuar operando. Los Iurcovich continuaron facturando hasta 1997, cuando vendieron el hotel a una empresa española. Pero 20 días antes del cierre definitivo, que ocurrió el 28 de diciembre de 2001, volvieron a comprarlo a través de Mercoteles SA, que en la actualidad es presidida por Hugo Iurcovich, hijo y heredero de Marcelo Iurcovich. La información surgió de la investigación impulsada por la Unidad Especial creada por el ex defensor adjunto de la Ciudad Roberto Gallardo y es parte fundamental de los argumentos del proyecto de ley que espera ser tratado en el Parlamento. “Pedimos que el Estado ejecute la deuda (alrededor de 19 millones de dólares) que esta familia nunca pagó y que recupere lo que le pertenece para que la cooperativa pueda cogestionar el edificio y mantener los puestos de trabajo”, precisa María. Y lamenta que en charlas con funcionarios y políticos se les diga que “el Bauen es una papa caliente” por el valor simbólico de lo que significaría la expropiación (según el periódico MU, en la legislatura bonaerense existen 130 proyecto similares esperando ser tratados). “En estos 11 años, los trabajadores, con hambre de comida y de justicia, supimos qué hacer con esa papa: la lavábamos, la pelamos, la cocinamos y la hicimos rendir como un modelo de autogestión para todo el mundo”, apunta la cocinera.
MEMORIAS DE UN RECLAMO PENDIENTE
María se muestra dispuesta a quedarse toda la noche hablando sobre la vereda de la calle Rivadavia al 1600, pero reconoce que “todos estos años de lucha no podemos contarlos en diez o quince minutos”. Invita entonces a pasar a la sala. Antes confiesa que aunque sea una movilización, un festival o el estreno de un documental, cuando es protagonista, siempre se pone nerviosa. “Como dijo Julio Bocca, el día que no me tiemblen las piernas antes de salir al escenario me retiro”, bromea. Las luces ya se apagan pero el reflejo de la pantalla, que cubre toda la arcada de un gran escenario, deja leer el cartel colocado pocos metros más abajo: “El Bauen es de todos”. Por ahí merodea el director Pierucci (fundador del Grupo Alavío y de Ágora TV), que logra sortear un desperfecto con el sonido para que el documental empiece a rodar. El material audiovisual que compone el documental fue grabado “en un 99 por ciento” por el Grupo Alavío, que pocos días después de la toma del hotel se unió orgánicamente a la pelea de la cooperativa. El gran desafío de Pierucci fue editar en 70 minutos once años de grabaciones de asambleas, movilizaciones, festivales, audiencias judiciales, festejos de fin de año o cumpleaños y entrevistas a los integrantes de la cooperativa.
Tanto trabajo de registro y prensa permite iniciar el documental con algo tan simple como la prueba de sonido de un festival, que sin duda son un bastión de los espaldarazos que artistas y ciudadanos le dan a la cooperativa cuando las alarmas del desalojo se encienden. La historia de la cooperativa se arma además con pincelazos del día a día: una entrevista mate de por medio, otra mientras se come una plato de lentejas en la cocina, una tercera en el ascenso a la limpieza de los cuartos, otra más en la espera del secado de las sábanas. La sensación de intromisión y complicidad acompaña la reconstrucción, también de a pedazos y de forma no muy lineal, de los momentos claves de la recuperación del hotel y su mantenimiento. “La idea de montaje fue la de revisar qué nos pasa con el paso del tiempo y eso está relacionado con los recuerdos, que aparecen en ráfagas y no tienen un orden cronológico sino que dependen de motivaciones externas como un olor, un color o un gesto que te los trae”, explica el director en diálogo con NaN.
En esta historia del Bauen “sin patrón”, los momentos cálidos del relato se cruzan con momentos de fuerte tensión retratados con material de archivo que son verdaderas perlas y que sólo se explican por la presencia de Pierucci en el riñón de la pelea, aunque sin un orden cronológico dificultan la comprensión para quien no conoce la lucha de la cooperativa. Por ejemplo, en un revelador archivo de la audiencia judicial, Samuel Israel Kaliman, ex director suplente de Mercoteles SA, evita responder qué relación mantenía con el hotel la supuesta empresa que administraba, no sabe indicar en qué dirección se encontraban sus oficinas ni cuándo se había realizado la última reunión directiva para terminar dando la definición de qué es ser un testaferro… de la familia Iurcovich. También aparece el ingreso por la fuerza, y poniéndole el cuerpo a los golpes de la Policía, a la Legislatura porteña en 2005, cuando se votó la recordada “ley Morando” (por el ex legislador del PRO y actual presidente de la Fundación Banco Ciudad, Mario Morando), que desconocía a la cooperativa como operadora del hotel.
Sin dudas, lo que se percibe a lo largo del film es el clima de intimidad de la cámara de Pierucci, cómo cada integrante habla sabiendo que detrás del lente hay un compañero en el paso del tiempo, reflejado en los notables cambios físicos de los cooperativistas y, claro, en la calidad de imagen del archivo. “Cuando un compañero está sentando en una asamblea, está en un contexto determinado; por eso hay escenas que se podrían haber filmado de nuevo para el documental, pero preferimos mantener la imagen original. A pesar de tener un formato de menor calidad, lo importante era quién, cuándo y cómo lo dijo”, rescata el fundador del Grupo Alavío.
El documental corre y las tomas de movilizaciones se repiten. La bandera argentina con la leyenda “¡expropiación ya!” pasea otra vez por las calles: “Hay una circularidad en el relato y esa repetición es central porque tiene que ver con que no está resuelto el motivo central de la lucha. Hay una legitimidad que se va construyendo y acrecentando con el paso del tiempo, y una inequidad legal que después de once años requiere una solución”, señala Pierucci.
Los aplausos le ponen fin al estreno, que volverá a tener cartel los días 9, 10 y 11 de este mes en el mismo escenario. Luego la pantalla se repliega hacia el techo y queda descubierta la mesa que se escondía detrás. En un breve panel, la palabra pasa por el diputado nacional del Frente Nuevo Encuentro Carlos Heller (“Empujamos la expropiación porque creemos en un Estado que intervenga en la economía y no se retire para darle lugar a empresarios especuladores”), el presidente de la Confederación Nacional de Cooperativas de Trabajo (CNCT), Cristian Miño (“El Bauen lucha por el derecho de los trabajadores autogestionados”), y el director del Programa Facultad Abierta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Andrés Ruggeri (“La lucha del Bauen es un ejemplo de autogestión a nivel mundial”). El micrófono da la vuelta para volver a los luchadores del Bauen. La presidenta de la cooperativa, María Eva Lozada, asegura: “No soy yo, somos todos”, y el escenario se puebla de sus compañeros. El vicepresidente Federico Tornelli agradece y asegura: “Falta poco. La victoria está cerca”.