
Por Loreta Neira Ocampo
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Buenos Aires tiene una aceleración particular. Buenos Aires tiene una intensidad desbordante que se refleja en sus calles, en su gente, en su movimiento, en sus relaciones fugaces y a la vez eternas. Buenos Aires tiene ese mágico qué-se-yo doloroso, rítmico, ansioso y placentero. Buenos Aires tiene ruidos ensordecedores, fiestas alegremente angustiosas y felicidad torcida por doquier. Buenos Aires tiene y es música compuesta por motores de bondis, raíces que se asoman entre el asfalto, desgarradores gritos llenos de búsquedas y corazones rotos en espera de romperse de nuevo para así crear hermosos y terribles rompecabezas de paisajes sentimentales. Estamos en Buenos Aires, es seguro, y sin embargo la pregunta “¿usted está aquí?” le toca la puerta a la duda.
El sábado pasado por la noche el Club Cultural Matienzo se convirtió en la casa de excéntricos personajes que ofrecieron un show plagado de reflexión mundana y cotidiana, colores, estampados y mucho estilo. “¿Usted está aquí?”, preguntaba un visual movedizo que ocupaba la pared central del Matienzo, lugar que recibiría a un chico muy delgado con una bombilla gigante y roja en la cabeza. Ezequiel Borra, cantautor rioplatense, junto a su banda La Sandanga Vietnamita, invitaba a conocer y/o reconocer su último trabajo discográfico, llamado como esa pregunta en la pantalla que interpela y da para pensar.
Un clarinete, un clarón, una guitarra, un bajo, batería, percusión y chiches varios, un cello, la voz de Ezequiel en armoniosa conexión con las voces de apoyo y una teatralidad muy divertida: motivos más que suficientes para que el público se muestre atento y entusiasta. Lo lúdico generado por el cantante y su banda provoca desde el primer momento un clima amistoso, abierto y alegremente reflexivo, sin mencionar lo “cool bizarro” de la estética libre y psicodélica de los integrantes de la Sandanga Vietnamita.
Con la luz en la cabeza, Borra sale a escena e invita —medio en serio, medio en chiste— a ser conscientes de todo, a responder con la frase “con conciencia” a afirmaciones que lanza al aire, para que se vaya entendiendo la propuesta que plasma en su última placa. Accedemos al juego y entramos en un universo musical de canciones gigantes que combinan elementos latinoamericanos con ritmos caribeños y sonidos rockeros. La multiculturalidad abraza, al igual que la comprensión y lucha contra el enajenamiento, movimiento que el cantautor propaga. Incluso para quien no haya escuchado antes el trabajo de Borra no resulta difícil entender cuáles son sus intenciones, de qué va, qué es lo que le molesta, qué es lo que lo mueve, pues sus canciones son una clara protesta interior (como él mismo ha mencionado en varias entrevistas) y su show es una experiencia grupal transparente y juguetona cuyo fin es afrontar de bellas maneras lo brutal que puede ser la ciudad, con sus ritmos agitados y sus bélicas relaciones interpersonales, a las cuales parecemos ser adictos. Las letras y los ritmos que transmiten los siete músicos en escena llaman a despertar y a ganarle al tiempo, a rechazar que éste nos gane a nosotros.

“¡No se vayan lejos!”, les grita Ezequiel a sus compañeros, quienes luego de cinco animosos temas se retiran del escenario dando pie para que Borra comience con un set más íntimo. Quedan él y su guitarra para cantar canciones crudas, de esas que ayudan en momentos sensibles. “¡Desgarranos, Eze!”, exclama una chica del público. Es curioso compartir un mismo momento de crueles y sabrosas revelaciones con desconocidos y constatar que la búsqueda de la catarsis en la música es un claro elemento en común. Hermosas melodías con tintes folklóricos incitan a pensar en el origen, así como también recuerdan y homenajean a figuras emblemáticas como Luis Alberto Spinetta o Eduardo Mateo. Una atmósfera introspectiva envuelve ahora al público. “Tal vez estés mirando vibrar un recuerdo. Tal vez estés mirando una chica pasar. Amigo que hoy estás tan lejos, estás acá”, entona la letra de “Estás acá”, y un murmullo colectivo repite esa frase melodiosamente. Borra se da cuenta de que el set más intimista conmueve, lo que lo lleva a quedarse en silencio un segundo y observar: “Les gusta sufrir, eh”. Entre risas, nadie responde. El que calla, otorga, dicen.
Luego Borra ofrece “Madre”, canción que viene con explicación: la concibió en un viaje a Colombia a modo de agradecimiento a la Pachamama. Suena “Fuera de foco”, tema en el que Ezequiel es acompañado por Lucio Mantel. Enciende los corazones el exquisito juego de voces con Lola Membrillo (de Perotá Chingo) en “Corazón en la trinchera”, momento para guardar en la mesita de luz.
Vuelve la banda de amigos de Borra y, con ellos, el ambiente más distendido y ecléctico. Suena “Lo peor”, una especie de bolero que cualquiera podría dedicar, y “El anti-hit”, pegadiza canción que hace que los menos tímidos (o lo más borrachos) comiencen a bailar. Borra y La Sandanga Vietnamita la pasan bien, disfrutan sobre el escenario y dan la sensación de ser una especie de tribu intercontinental en conexión constante con lo citadino, de lo cual son parte, críticos y transformadores a la vez.
La presentación de cada uno de los músicos, con rimas y chistes, da la pauta de que el show está por finalizar. Canciones animosas son escogidas para la despedida. Los inquietos “sandangos” cantan “Quiero dejar de querer” con una aparente liviandad, lejos del dramatismo exorbitante que se le suele dar a una frase como esa. La banda sale, Borra invita al pianista Martín Bianucci al escenario y entona sentidamente junto al público “Nada es mío, nada es mejor”. Hay conexión y comprensión.
La Sandanga Vietnamita reaparece y junto a Borra interpreta “Ese qué se yo”, mezcla de ritmos diversos que hace bailar y viajar por nuestro presente. Hacer canciones es un remedio contra el aplastamiento provocado por edificios y trabajos petrificantes, y escuchar las composiciones de Borra y disfrutar de su show es salirse del letargo. Todavía no es medianoche y concluye la presentación, entre aplausos y agradecimientos. “Regálenle el disco a alguien que lo necesite”, sugiere el cantautor. Buenos Aires cría personajes mágicos, diversos, y hubo que estar ahí para comprobarlo.