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de delito y dolor y pobreza y lucharla

visitar la cárcel

Tengo un amigo en cana y me pide que vaya a visitarlo. Desde el primer momento sé que voy a ir, pero tardo meses en decidirme: nunca entré a un penal como visita común. Siempre fui como docente, periodista o espectadora de alguna función de teatro o música. Algo en mí se resiste, no quiero; me da miedo. ¿Me pedirán que me desnude, como supe que le hacían a una amiga que tenía a su vieja presa? ¿Me van a tratar mal, como si no fuera un ser humano, como hacen con todos a los que encierran? Mi mente se ahoga en imágenes y fantasmas y ninguno es amable, no llego todavía a pensar en mi amigo, en su abrazo, en su sonrisa al verme, en la posibilidad de una de nuestras largas charlas cómplices que se vuelven siempre profundas, en esas charlas sobre nuestras vidas, dificultades y deseos.

 

Lo amo. Sé que tengo que ir, que no irá otra persona a verlo, la cárcel no me queda tan lejos, está en Ezeiza, quiero abrazarlo, pienso en él, en todo lo que está viviendo y no merece, de algún modo estoy enojada y lo condeno por volverse a cagar la vida, pero también sé que a los cinco años ya se drogaba, que vivió debajo de un puente, que su vieja sigue en la calle, que quién soy yo para juzgarlo, sin embargo a veces me tomo el atrevimiento de cagarlo a pedos: soy su amiga y quiero marcarle un límite, un límite de “normalidad” sobre todo para que no vuelva a chocarse contra el muro. Es todo tan cruel, siempre el mismo círculo. Siempre son los mismos los que sufren.

 

Trámites: tengo que hacerlos para entrar al penal y doy vueltas y vueltas como cada vez que tengo que enfrentarme a la burocracia. Doy vueltas, también, porque voy entendiendo que no me animo. No sólo por el lugar en el que de pronto voy a ponerme, sino porque… ¿qué voy a sentir después? ¿Qué significará despedirse, dejar al otro allí, después de una comida y una charla, y separarse hasta quién sabe cuándo? Claramente no va a ser lo mismo que cortar el teléfono, que de por sí tiene su aspereza: cada vez que me llama siento que un elemento extraño se introduce en mi casa. Y tardo en procesar la conversación, en volver a mis actividades normales. A veces no atiendo porque puedo llegar a ponerme muy triste, mi amigo lo sabe y lo entiende. Lo curioso, lo más curioso de todo, es que él me cuida a mí muchísimo más de lo que yo a él.

 

Es como un ángel. Me da muchos consejos, su mirada es alucinante, él me hizo “militante” (no sé bien qué significa esa palabra, ¡es tan amplia!). Desde chica sentí las injusticias, y en algún momento tuve que actuar. Él hizo que encontrara mi lugar en el mundo de las luchas. Un lugar pequeño y humilde, pero un lugar al fin.

 

 

Las vueltas no tuercen la decisión inicial. Dar vueltas es mi modo de atravesar la incomodidad, procastinar, girar sobre lo mismo. Aunque ya sepa dónde voy a terminar.

 

Voy dos días al penal. El primero simplemente hago un tramiterío; detrás de una ventanilla —después de esperar horas y sacar número— realizo este paso necesario. No me animo a ir sola, voy acompañada. Voy pensando que me van a dejar pasar. Pero no: primer obstáculo.

 

(El relato está desordenado, se mezclan imágenes de la primera y la segunda vez que fui, es lo arbitrario del recuerdo que puja por salir).

 

Segunda en la fila quedo para sacar número, a eso de las seis, siete de la mañana, Ezeiza está nublada y todo luce triste, alambrados y cuervos, uniformados alrededor, el silencio mortecino que transmite el color gris. Delante mío espera una joven simpática y sola, con una valija, había viajado desde el interior, recién bajaba del micro, iba a ver a su novio, me cuenta detalles de su estadía en Ezeiza, para verlo varios días. Se arma una fila de mujeres casi todas con bolsas de mandados, pocos hombres, dos o tres; llenas las bolsas de alimentos para compartir. Me enternezco de las madres que cargan milanesas preparadas por ellas mismas y que así llevan a sus hijos algo del calor hogareño. Algo del amor que se transmite únicamente a través de la comida que mamá prepara.

 

El único baño disponible, a la vuelta de las ventanillas enrejadas, es la peor asquerosidad que vi. Tipo el de Trainspotting, en el que Renton sumerge la cabeza. Pienso: esta suciedad, este descuido, es un mensaje dirigido a esta gente, es transmitirle que no es bienvenida. Y ese mensaje está todo el tiempo: porque vos, por tener un familiar preso, vos vas a pagar igual que el tipo al que venís a visitar, sos tan mugre y resaca como él, también merecés un castigo. Así que no queda otra que fumársela: literalmente, el inodoro rebalsa de caca y todo se vuelve una gran metáfora a la Zizek.

 

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No hay papel, detecto semisentada, pero eso es lo de menos. Casi que vomito, la náusea se me vino. El sitio huele como el infierno, intento no respirar y me parece ver una rata. Al fin y al cabo, qué es la cárcel, si no eso. Un tramo del infierno que algunos transitan en vida.

 

Sentada en un banco espero. Me miran no mal, pero raro. Detectan que no soy del palo. Que no soy pobre. Mi vestimenta lo evidencia, por más común que sea, mi ademán entre el asco y la extrañeza. Por si alguien todavía no lo sabe: la cárcel está llena de pobres. Alguien me pregunta, más o menos le explico quién soy, ¿un amigo? —se ve que no es tan común visitar amigos—, comienzo a enterarme de infiernos personales que viven madres, hermanas, novias, esposas y abuelas que ya vivieron un infierno y ahora viven otro, el de la visita y sus pormenores. Veo a una abuela que se tiene que ir porque le falta no sé qué formulario y me carcome la angustia, ella camina con dificultad sin manifestar decepción en su rostro, es un roble la vieja, pese a los impedimentos es evidente que va a volver.

 

Me aconsejan que ni se me ocurra ir un domingo, el día pico, porque se arma bardo, algunas mujeres se agarran de los pelos porque hay una competencia por pasar primero. Por lo visto la cárcel desata furia en todo el que se le acerca, aunque sigue ahí, erigiéndose, con la mentira de la calma o la reforma. En la espera el clima es ambiguo: las jóvenes y las señoras con sus bolsas y algunas con sus hijos conversan de modo distendido, cuentan anécdotas sobre maridos y traslados, ventajas de penales en el interior; por otra parte se cuela cierta agresividad, algunas un toque mandonas quieren avasallar sobre las otras, se vuelven locas cuando los uniformados gritan los números para que pasen.

 

En todas esas horas a la intemperie, en las puertas de la cárcel, recibo historias, me cuentan todo, hasta lo que no pregunto. Yo, cuando me quedo sola —cuando se retira quien me acompaña—, me doy cuenta de que también necesito de esas mujeres. Me aferro a Nelly, una morocha que me parece una madraza; Nelly no me deja sola hasta que voy al encuentro de mi amigo. Me acuerdo de que era militante de un barrio del Conurbano, no me acuerdo de cuál, qué genia Nelly, la verdad es que sin ella todas esas horas de espera sola me hubieran desquiciado.

 

Fumo. Cada vez que tomo contacto con la cárcel fumo como si fuera el último día de mi vida.

 

A mi amigo le llevo cuadernos, libros y fotos de su hijo, además de comestibles y puchos, Nelly me dice que le saque el espiral al anotador, que no permiten ingresarlo, entonces cuando el sol ya salió y nos ilumina, Nelly me ayuda a sacarlo, en realidad lo hace prácticamente ella, tan madre Nelly, evidentemente fue la mía en esa espera, ya tan curtida Nelly de ir al penal y de tanta historia personal urbana marginal de delito y dolor y pobreza y lucharla.

 

 

Me llaman, cantan mi número. Digo número de pabellón y apellido del interno. Ya estoy adentro. Temor por lo que vendrá y alivio. Me topo con un largo mostrador y mujeres apresuradas y nerviosas, retirando cosas de bolsas y valijas. Como en un supermercado marginal, les hacen mostrar todo lo que llevan y separan lo que no se puede ingresar. Lo que antes servía y ahora deja de servir. Hay un protocolo prácticamente para todo lo que se ingresa.

 

A mí me hacen conflicto con los libros. Sí. Con los libros. Parece que no es fácil la relación entre la cultura y la cárcel, cómo iba a serlo… está a la vista el contrapunto y muchos uniformados parecen temer que los presos se instruyan; es más, a veces hasta sienten envidia. Me mandan a una ventanilla, tengo que pasar los libros por ahí, la policía que me atiende me demuestra molestia. Como era esperable los libros escapan de mi control, se supone que entran por otro lado, me despido de ellos con una sensación de pérdida: mi pronóstico es que nunca van a llegar a destino.

 

A mí que no tengo experiencia todo me agota y frustra, me agota remar contracorriente. Estoy acostumbrada a que las cosas fluyan o no. En cambio, a mi alrededor observo que todas estas mujeres están acostumbradas a esto. Reman de modo natural. Deben remar cotidianamente. Son conscientes o llevan en su cuerpo la información de que visitar la cárcel es una cárcel en sí.

 

Paso por un escáner, afortunadamente no me desnudan. Es raro, igual, sentirse escrutado hasta la médula. Todo es con grito, con grito completamente innecesario, despersonalizado —nadie es sujeto allí, todos somos individuos—, todo es medio Full metal jacket, muy matón; todo tiene carácter de orden. Por las mujeres que me rodean siento admiración, a los canas quiero pegarles un grito en la cara, decirles que me dejen en paz y que se vayan a la recalcada concha de su madre. Pero me callo. Sé que mi catarsis va a ser escribir esto. Transito hacia una oficina lúgubre, me piden mis documentos, la oficial me pregunta qué me pasó en el dedo, que lo tengo machucado, casi sangrante; me como a mí misma, le digo, y me devuelve una risita.

 

Tras atravesar puertas y candados, esperamos en otra oficina, otro rato, uf, parece interminable esto, es una tremenda odisea que arrancó a las 6 de la mañana y ya son tipo las dos de la tarde, estamos agotadas, se nos nota en la cara, en las ojeras, hemos dormido muy poco y viajado hasta acá, o sea que todo en realidad empezó antes de las 6. Subimos en manada a un micro del SPF, mujeres de distintas edades van al encuentro de sus hombres, algunas buscan roña para subir primeras, yo espero hasta que suba la última pasajera. Me cuesta entender tal ansiedad, tal competencia. ¿Una demostración más de amor? Tal vez. La visita es una verdadera y palpable expresión de amor, pienso. La más intensa que haya visto. Hay que amar mucho, demasiado, con toda la fuerza del corazón, para pasar por esto una o dos veces por semana y no dejarse aplastar.

 

 

Circulamos en micro por las calles de la unidad para reunirnos con los que queremos y cambiar de tiempo, porque ahora el tiempo va a pasar rápido, se nos va a escurrir, nada que ver con la lentitud de las horas previas, vamos a almorzar con ellos, quizá comer postre, abrazarlos y charlar de la vida, tratando de obtener cierta intimidad en el espacio compartido que es el SUM, intentando evitar miradas entre nosotras, esquivándonos, teniendo presente que el momento es más que especial porque ya va a llegar el grito que separa el adentro y el afuera, con nitidez descarnada, tan concreto como un muro de cemento o un alambre de púa.