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Cartas a mi querido espectador en Café Müller

Una reflexión sobre el tiempo y el espacio que rodean un espectáculo escenográfico. Una puesta en ridículo de los roles que allí se ponen en juego; de las verdades, de las estructuras. Una invitación a jugar de otra manera, a acercarse más, a involucrarse de veras.
 
Por Ailín Bullentini

Fotografía gentileza de Cartas a mi querido espectador

Buenos Aires, mayo 28 (Agencia NAN – 2013).- Una obra de danza en la que las palabras sobrepasan, y por mucho, a los cuerpos en movimiento. Eso es Cartas a mi querido espectador, una propuesta nacida de una de las mentes creativas más interesantes de la escena actual de la danza contemporánea metropolitana que indaga sobre la relación artista espectador cuando es mediada por el escenario, las luces y la estructura de una puesta. “Estoy, estás, nos miramos”, propone al público el coreógrafo y docente Fabián Gandini, acompañado de la intérprete Lucía Disalvo.


Para empezar, no existe en Cartas a mi querido espectador, un espacio delimitado para cada mitad de ese todo que conforma el hecho: espectáculo. No hay escenario separado de butacas, gradas o si quiera un cúmulo de sillas plásticas. La sala de Café Müller Club de Danza (por única vez, en el marco del ciclo “La primer gran mudanza”, del colectivo El Niño Viejo; la obra volverá al teatro El Extranjero en las próximas semanas) fue un híbrido entre artistas y “gente de a pie”, si acaso tan escuetamente se lo pueda catalogar al público, que no paró de ser interpelado desde el mismo instante en que posó un pie en el parquet.

Uno se dispone a zambullirse en la situación artística y se encuentra, de repente, con un montón de hojas de papel escritas dispuestas sobre el total de la superficie. Un proyector promete que algo pasará sobre una de las paredes. Los espectadores pasan de a uno, y se disponen, dudosos, a leer algunas de las hojas. Son cartas. Así, siguen su camino hasta encontrar algún hueco en la sala. ¿Molesto acá? ¿Allá? El intento por buscar a los artistas, por adivinar lo que harán para así verlos mejor y seguir manteniendo la distancia entre unos y otros, predomina.

Es eso precisamente lo que busca quebrar Gandini con ésta, su última creación. De escenograf’ia, nada más que los papeles esparcidos. De vestuario, ropas tales como las que traen puestas los espectadores. De música, tan solo una melodía en la poco más de hora de “show”. ¿Show? Cartas a mi querido espectador es más que eso: se trata de una reflexión. La dupla Gandini-Disalvo invitan a recorrer el mismo camino creativo que ellos transitaron para parir la puesta. Intentan explicitar, explicar, compartir incluso las mismas inquietudes y ¿molestias? que los impulsaron a interpelar directamente a quienes suelen “sentarse a ver”.

“Necesito de vos ahí para hacer esto”, plantea a quienes lo fueron a disfrutar en tanto artista el coreógrafo en el final de una de las cartas que escribió (y reescribió muchas veces) al destinatario por antonomasia: espectador. ¿El problema planteado son los roles preestablecidos? No, tal vez lo sea la formalidad con la que se ejercen en el medio en el que existen: artista/público. Por eso, quizá, rompen casi todas las reglas que revisten esos “ser”. El público se sienta donde quiere, está invitado (obligado, tal vez) a invadir la zona del artista. El silencio al que se regalan los espectadores automáticamente “escenario modo on” es bienvenido al ambiente a propósito, y se aposta tan presente que incomoda, por momentos. Los “artistas” recorren el espacio, se mezclan entre la “gente de a pie”, los interpelan con la mirada, les hablan rompiendo todo tipo de “cuarta pared”.

Entre líneas, bailarín y bailarina descubren, carta a carta, nuevos modos de comprender la relación que se entabla cuando se abre el telón entre quienes se paran sobre las tablas y quienes “esperan” ser “involucrados en algo”, desde abajo. Discuten el “poder del espectador” en el vínculo: “Hablo de lo difícil que es estar frente al público, de la necesidad de diferenciarse”, se sincera Gandini, quien también revela la dificultad que los artistas sufren para ser sinceros: “mostrarme tal cual soy”, insiste Disalvo en el ir y venir de un vínculo que “nunca será profundo”.
 

Cartas a mi querido espectador no resuelve los puntos discordantes que plantea, aunque probablemente tampoco quiera hacerlo. Simplemente los pone en revelado, los sumerge en la batea de químicos que permite ponerlos en concreto, los topetea, los empuja, los apura y les pone el pecho. “Vengan de a uno”, se agranda la propuesta, a la que no le va para nada mal.