
Por Gonzalo Bustos
Cuando Diego Casalves pisó Brasil, tenía un peso con setenta en el bolsillo. Nada más. Era 2010 y había llegado a la tierra de Pelé, el jogo bonito y la caipirinha para tocar sus canciones. Apenas el micro cruzó la frontera empezó con eso. No podía hacer mucho más: sacó su viola y, mientras el resto de los pasajeros comía algo, se puso a tocar. “Ahí un ciruja me ve y se acerca”, cuenta ahora, mientras toma un café presumiblemente frío en un bar del centro porteño. “El tipo agarra y me da medio sánguche que estaba morfando.” El frontman de Quemacoches transmite una sensación especial. Primero pasa con su imagen: pelo largo y lacio peinado para el costado, sonrisa que deja ver los dientes separados y mirada de ojos caídos. Parece uno de esos niños repletos de inocencia pero de dimensiones mayores. Al oírlo, llega la confirmación: pronuncia suave y con una tonada de provincia que no es de aquí ni de allá, es suya. Habla rápido pero con claridad conceptual. Casalves es un tipo genuino.
Había grabado unas canciones, editado un LP y tenía la propuesta de girar por Brasil. Sólo debía llegar allí. Cargó sus ropas en un bolso y se fue de Campana a Buenos Aires, donde empezó casa por casa a ofrecer su disco a diez pesos. “Se lo vendía a señoras mayores que ni siquiera tenían nietos para regalárselo”, reseña. En un día consiguió juntar la plata para el pasaje. “Me saqué el boleto, me comí un pancho en Retiro y salí. El productor que me contrató allá me tiró que estaba loco cuando le dije que no tenía un mango”, dice y se ríe. Ése que lo creyó fuera de sus cabales lo hizo recorrer desde Porto Alegre a Río de Janeiro en algo más de un año. “Me subían a un auto, un bondi o una combi y me llevaban a tocar.” Con la banda que formó en suelo carioca, Jersey Killer, atravesó más de tres mil kilómetros. Todo a bordo de canciones indie de líricas melancólicas y sonoridad despojada.
Allá, Casalves se reinventó. Paró en espacios culturales, en casas de desconocidos, en camas de okupas. “Viví hasta en las favelas”, confiesa en un tono que mezcla épica y humildad, pero que exige respeto. “Ahí uno se despoja de todo tipo de prejuicios y exigencias para convertirse en un tipo tolerante.” Curtido, volvió a la Argentina. El regreso fue en avión gracias a la gira. Cuando llegó, fue a ver a su padre y lo invitó a cenar. “Mi viejo siempre me tira de tirado, pero cuando fui a pagar saqué un toco de dólares que me traje de allá”, dice con sonrisa pícara. Y el padre se dijo: “¡Cómo hizo este hijo de puta!”
LO QUE SE HEREDA NO SE ROBA
Casalves padre nació en la provincia de Córdoba y en los ‘60 se fue a Buenos Aires a tocar folklore. Cayó con sus ropas y su guitarra. Nada más. Vivía en la plaza de Retiro y le tenía miedo a los edificios. Tocaba en bodegones por comida. Cinco años estuvo así. Pero esa vida terminó cuando conoció en una pensión a la que sería la madre de sus hijos, una entrerriana que se había ido de su hogar a los 9 años para trabajar en casas de familia. “Cuando se cruzó con mi vieja abandonó sus sueños para formar una familia, como hacen muchos”, dice Casalves hijo. El hombre se puso a trabajar de pintor y juntó para comprar un terreno. Formó su hogar. Más tarde, del caos económico del Rodrigazo salió favorecido y se puso un comercio, que hoy conserva.
Fue ese padre folklorista quien le enseñó los primeros acordes de viola a Diego. “Se había mandado un moco conmigo y medio que lo hizo para recomponerse.” Los Casalves vivían en Guernica y el Diego de 11 años ayudaba al padre con unos labores domésticos, sosteniendo algo que estaban arreglando. El sol pegaba fuerte esa tarde de verano cuando don Casalves dijo “ahora vengo”. No volvió más. Al rato cayó la madre y lo vio a Diego transpirando con ese algo pesado en las manos.
—¿Qué hacés? —le preguntó.
—Papá me dijo que le tenga esto, que ahora volvía.
—¡Si tu padre está tocando la guitarra en el fondo!
Diego largó la pieza al carajo y fue en busca de papá, que no le dijo nada. Simplemente le dio la criolla, le colocó los dedos sobre el traste y le dijo: “Tocá”. El primer contacto real con la música fue ése. Al menos si se elude que Diego jugaba mucho con los vinilos que había en casa. De modo compulsivo, les aceleraba la velocidad de reproducción. “Los escuchaba más rápido y me emocionaba”, dice. “Me ponía a cantar a los palos.”
En los ‘90 empezaron a llegarle los primeros discos de Attaque 77 y Flema. “No sabía que eso era punk, eh”, confiesa. “Ahí me di cuenta que podía cantar encima de esa música.” Empezó a buscar bandas que sonaran así. Iba a las disquerías y decía: “Quiero escuchar rock”. Y un día tuvo una revelación: su padre lo llevó a Abraxas. “Vi que había mil discos de Attaque 77 y esas bandas que estaba escuchando. Entonces le digo al chabón que vendía ‘dame, esto, esto…’, y me dice ‘ah, te gusta el punk’. ‘¿Qué es punk?’, le respondo.” Ese día se llevó uno de Sex Pistols.
El círculo cerró cuando un primo de Entre Ríos llegó a casa de visita. El pibe estaba más curtido: traducía las letras, estaba más politizado, participaba en marchas, protestaba contra McDonald’s, pedía por la liberación animal, era vegetariano, cargaba con decenas de fanzines de la escena. Diego arrancó con las mismas movidas. Dice que ahí “empezó la maldición”.
EL FESTIVAL DE LOS VIAJES
Asegura que estaba cansado de la escena, que por eso se tomó el palo. Con poco y nada se fue vivir a La Rioja hace unos 6 años. Todo empezó con un intercambio de cartas con una chica. Luego hubo una visita esporádica. Más tarde se fue para allá. No le importó dejar todo. Ya en esa provincia, recibió ayuda de un amigo que tenía una casilla en una villa que no habitaba porque se había mudado al centro. En esa casa no había televisión, sólo libros. Diego se la pasaba leyendo. Se los comió todos.
Cuando llegó el verano, comenzó a visitar más seguido a esa chica, tanto que se instaló en el techo de su casa con una carpa. Seis meses vivió así, hasta que un día de frío y lluvia el padre de la muchacha lo invitó a pasar. Se quedó varios años. Formó una familia con la chica y la hija de ella. “No lo había planeado así. Las cosas se dieron. Pero la vida me puso luego en otro camino, de vuelta en el del punk.” La vida, como él dice, hizo que se separara de esa chica. Ahí comenzó un periodo que recuerda con la tristeza de quien perdió algo valioso. Un amigo, una vez más, le dijo que no se fuera de La Rioja y lo ubicó en una casa en construcción en la montaña. Allí se la pasaba todo el día fumando, andando en skate, viendo dos DVDs (Blade y Dragon Ball) en un televisor blanco y negro, y escribiendo. Escribía mucho. “Textos en primera persona que hablaban de desamor, de dolor”, explica Diego. “Trataba de decirme que tenía que dejar de pensar.” Fueron años duros para Casalves. Al contarlos, su voz se hace pequeña. Al desamor se sumó la muerte de su madre. Cayó en la cuenta del abandono. Incluso confiesa que por esos años intentó quitarse la vida.
Con el dolor a cuestas volvió. “Pero no quería ir a la casa de mi viejo derrotado.” Cayó en Campana, en la casa de Pablo Piatti (cantante de Los Caídos). Hizo muchas canciones cuyas líricas vinieron de esos textos que había escrito en La Rioja, aunque fueron pasados al inglés. Pablo se entusiasmó tanto con esas composiciones que se las grabó. Alguien lo escuchó en Brasil y le propuso ir a girar allá.

—No dudaste un segundo en irte a Brasil aunque haya sido sin un mango. ¿Tuvo que ver con tu estilo de vida nómade?
—Sí. Desde los 19 años soy así, cuando dejé la escuela para irme de gira con la banda que tenía en ese momento.
—¿Y cómo tomaron eso tus viejos?
—El dejar la escuela lo tomaron bien. Mi viejo me dijo: “Si vas a hacer algo, hacelo bien, no a medias”. En cuanto a la vida nómade, al principio sufrían mucho que yo fuera así.
—¿Cómo te iba en la escuela?
—De pibe sufrí bullying. Llegó un punto en que pensé llevar una navaja y clavársela al primero que me jodiera, pero nunca tuve las pelotas. No era el lindo de la clase, no tenía nada que llame la atención, era el último que elegían para jugar. De esa manera, ¿cómo llegás a los 14 años? Querés mandar a todos a la mierda y te preguntás por qué te hicieron eso. Así la rabia se acumula. Y uno encuentra la manera de hacer algo con ella. O sea, no tengo una navaja pero tengo una banda punk.
PRENDIDO FUEGO
A la vuelta de su aventura brasileña, Casalves se sentía vacío. Sus canciones indie en inglés no lo representaban del todo. “Quería hacer algo genuino y el idioma era una traba”, dice a pesar de que casi todo su recorrido con la música fue con letras anglo. “No me importó tirar todos los temas que tenía compuestos sin registrar.” También sintió la necesidad de retornar al punk. Quería volver a comenzar. Lou Baumann (guitarrista de Fusibles), muy cercano a Diego a mediados de 2012, lo ayudaría a grabar en el estudio de Carlos Alonso (líder de Uno X Uno, banda fundamental de la escena noise en los ‘80). “Cuando le pregunté cuánto salía grabar ahí, me tiró un precio que no iba a poder pagar en mi vida. Pero después de charlar me dijo que grabe y se lo pague como pueda. Le copó la propuesta”, cuenta Casalves, que estaba ensañado en hacerlo ahí porque tenía equipos analógicos, a cinta. Nada mejor para una propuesta cuyo principal motor era lo artesanal.
La mañana de la grabación Casalves y Baumann fueron con bocetos de canciones. Registraron todo con un micrófono de aire. “Fue muy improvisado y espontáneo”, califica. Con las pistas en las cintas, comenzaron a saturar el sonido. Le dieron hasta que saltó un fusible de un equipo. “Así tiene que sonar”, dijeron. Y así nació Quemacoches. De esa mañana de furia, parieron tres EP de sonido mugriento a más a no poder. Por momentos, se escucha mal. Pero ahí reside la esencia: punk rabioso salido de las entrañas y tocado a los palos.
Con el material en mano, faltaba formar la banda para las presentaciones en vivo. Luego de unos idas y vueltas, Quemacoches quedaría conformado por Casalves en voz, Baumann en viola, Lozi Lozano en bajo y Ariel García (ex batero de Gamexane) en los parches.
—¿Cómo definirías a Quemacoches?
—Es como una droga pesada, no podés salir. Aunque duela. Somos tipos grandes, nos cuesta tocar con mucho ritmo. Pero en los 40 minutos de show dejamos todo. Somos gordos y viejos hechos mierda haciendo lo que podría hacer un adolescente.
—¿Por qué quisiste volver al punk?
—Porque si no te gusta algo tenés que hacerlo vos. Eso es Quemacoches: no nos gustaba lo que había y lo hicimos nosotros. Le puede gustar o no a la gente, a nosotros nos chupa un huevo.
Diego Noschese es el encargado del sonido de Massacre. Y es también quien produjo y premezcló Puro veneno, el primer LP de Quemacoches. Se copó con la banda al verla en vivo: la criticó por haber grabado EPs tan sucios y la invitó a su estudio a registrar el disco. Hubo algunos tirones (Noschese decía que de su estudio no iba a salir nada que sonara mal, Casalves no quería perder la espontaneidad ni sonar genérico, “igual a todos”) pero grabaron. “Y quedó todo muy limpio. Típico. Como dije que iba a pasar”, zanja Casalves. Para la mezcla definitiva, que hicieron ellos mismos, usaron una bajada de bata y, del otro lado, la guitarra con las voces. “Unimos eso, metimos una voz más, ecualizamos, y eso es el disco.” Son diez canciones punk que suenan primitivas: crudas, violentas, agitadoras. La gracia reside en lo genuino del mensaje, sea melódico o lírico.
Respecto a las letras, Casalves dice: “Al principio me sonaba feo escucharme. Entonces investigué otras bandas: cómo hacían para meter sus mensajes ahí, cómo usaban las silabas, qué palabras caían mejor con la voz. Eso con un texto que me identifique. Estaba pasando por un época en la que tenía mucha bronca con el mundo. De hecho, me atrevo a decir que tengo problemas mentales. Porque lo que pienso que está bien, para el mundo está mal. Lo que para mí sería natural, para ellos es de enfermo. Por ejemplo, trabajar para un patrón ocho horas para que después no puedas hacer un carajo, que tu hijo no te conozca la cara y que la guita no te alcance está mal. O trabajar de cosas que no te gustan está mal. Ver a alguien tirado en la calle y que no se te caiga una lágrima está mal. Veo que todos están en una carrera de acumulación de cosas.” Diego dice que su mensaje lo identifica, que eso busca. Hace más de diez años vive cada día sin saber si va a comer. Va de la casa de un amigo a la de otro, pregonando.
Pero no se limita a sus vivencias al momento de escribir. Una vez le dijo Lou que “la realidad no puede limitar al autor”. Entonces toma de los que lo rodean. Un buen ejemplo es “Como Menudo, pero drogados”, que cuenta la historia de “un pibe que había caído en cana y que me decía que estaba más bueno ahí que afuera porque estaban todo el día de falopa”, cuenta. “No sé ni quién soy”, le decía. “El pibito tenía novia y cuando lo iba a ver estaba re duro. ‘No puedo ni dormir y estoy todo el día pensando en eso’”. Por historias como esa sumadas a la crudeza de su sonido, Quemacoches es una de las bandas más relevantes de la escena punk argentina. Estos cuatro pibes que sólo tienen sus instrumentos (“No tenemos equipos”, remarca Diego), que van a los escenarios en bondi o en autos de amigos a los que les pagan la nafta, sienten que la pegaron porque hacen todos los días lo que quieren. “Y aunque no tengamos un mango.” No se equivocan.
* Quemacoches toca el sábado 3 de mayo a las 21 en Club GBA de Villa Adelina, Lamadridad 2388, San Isidro.