
Por Matías Muro
Escrita a catorce manos y con dirección de Juan Coulasso y Jazmín Titiunik, Cinthia interminable es una maquinación de signos estéticos y de gestos actorales juguetones. Estos despliegan un suave y relajado disfrute para el espectador. Así como un videoclip de la interesante y primitiva MTV de los ‘80 o una película de Abel Ferrara (China girl probablemente), la obra “transmite” una pinturita de familia de los años ‘50 vista por el ojo apastelado de los ‘80. El vestuario es alucinatorio por lo kitsch. Los gestos, materializados en coreografía loca de brazos, manos y artillería de guerra imaginaria (metralletas, pistolas, granadas), y un tono muy divertido, de español latino de doblaje, dan a entender, desde la primera escena, que estaremos viendo, durante la hora exacta en que se extiende, una especie de versión siniestra de Los años maravillosos.
Desde la primera escena, el padre, parodia de un ruin patriarca autoritario ridiculizado al extremo (el “exceso” de parodia no le juega a favor en todo momento a la obra), es el portavoz exclusivo de este núcleo familiar cuyos demás integrantes parecen sometidos a una tortura desdibujada en un living que parece una sala de interrogatorios. Los gritos del padre, el silencio de una madre que abrirá la boca sólo para hacer la mímica de una voz en off que ofrece, cual revista de los años ‘50, los secretos para ser una esposa perfecta; dos hijos (uno de ellos es Cinthia) que parecen compañeritos de colegio primario de Bob Esponja y que siguen, con una coordinación alucinante, la locura del padre.
En sentido estricto, la narración por momentos se pierde. Entonces, emerge la escena pura, que es el gran punto a favor de la obra. El problema parece ser que no alcanza con este conglomerado de lindas escenas para cerrar un universo narrativo, ya demasiado incierto de entrada. Mientras uno se queda (con la mitad de los sentidos) esperando que pasen cosas más concretas, (con la otra mitad) se divierte y se entrega al disfrute visual de esta pieza artística como si estuviese ante una instalación escénica en el Moma (o cualquier museo súper posmo que al espectador le parezca afín).
Cuando parece que por hibridez narrativa la obra naufraga, acontece otro naufragio (concreto, presente, escénico, paródico pero esta vez contundente) que hace que Cinthia interminable crezca mucho sobre el final. Pero, así como uno recuerda los vestuarios de Bob Esponja más que sus peripecias, se queda, antes de la escena final, con un sinfín de referencias juguetonas a propósito de una caricatura familiar. La de esa ¿vieja? familia de los ‘50 que quedó impregnada en nuestras retinas de tanto ver TV en los ‘80 y que luego volveríamos a disfrutar, como loco deja vú, al ver en el siglo siguiente el canal Cartoon Network y sus derivaciones neo lisérgicas. Las desmitificaciones de las creencias del pasado no siempre vienen en envases solemnes: ése es el caso de Cinthia interminable.
* Cinthia interminable se presenta los sábados a las 20.30 en Beckett Teatro, Guardia Vieja 3556, Ciudad de Buenos Aires.