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Cortos: “La inviolabilidad del domicilio se basa en el hombre que aparece empuñando un hacha en la puerta de su casa” (Alex Piperno, 2011).-

El director y poeta uruguayo propone un poema con imágenes en movimiento para describir a una máquina kafkiana que se apodera de las personas.

Por Juan Manuel López Baio

Buenos Aires, septiembre 23 (Agencia NAN-2013).– En un único plano general constituido por una larga toma continua de una quinta se desarrolla la acción del corto La inviolabilidad del domicilio se basa en el hombre que aparece empuñando un hacha en la puerta de su casa, de Alex Piperno. Podemos decir algunas cosas: vemos cuerpos que salen del interior de la casa, a través de amplias puertas-ventanas, hombres en gabardina de aspecto misterioso que con gran parsimonia se disponen a ejecutar una tarea, tarea cuya naturaleza se ignora. Pero hasta aquí el alcance de reproducir punto por punto un argumento. Cualquier intento posterior sería un despropósito, porque si hay algo que se aprecia con contundencia, luego de ver el corto completo, es la sinergia del lenguaje y los procedimientos de Piperno en tanto cineasta y poeta, o más bien, poeta-cineasta.

Piperno, en este corto, de alguna manera hace poesía. Lo que vemos es un poema que no está hecho de palabras, sino de imagen en movimiento (retomando el concepto de Gilles Deleuze de la imagen cinematográfica como corte móvil del devenir, del fluir temporal). Los elementos habituales propios de esta imagen que utiliza el director son concretos y concreta es la imagen que produce. Pero no los utiliza para construir una narrativa convencional o tradicional, sino que a partir de su misma concreción los combina con gran sutileza para obtener la abstracción inesperada, el salto poético por el cual la materia más habitual para nuestros sentidos se distancia, y su poder de evocación se eleva para disparar asociaciones sensibles, emocionales y psíquicas a las cuales no podemos poner un nombre concreto sin reducirlas irremediablemente. Es decir, poesía.

La disposición y el movimiento de los cuerpos impactan en su simpleza, en su fuerza. El plano general prescinde de las individualidades, del detalle de los rostros, de la definición de las intenciones. Sin embargo se respira un ambiente ominoso. La casa pareciera ser el personaje más singularizado. Respira con el flujo de la tarde que avanza, y en su respiración exhala hombres que preparan una suerte de sacrificio ritual. Habrá un sacrificio, y la víctima debe prepararse. Voluntariamente.

También habrá resistencias, tentativas de liberación, encarnadas en la única aparición de un cuerpo femenino que trazará la fuga. La tensión crece a medida que el cielo se oscurece en matices de azul profundo, tenebroso. El agua de la pileta refleja la acción como el espejo de un oráculo. Tal vez detrás de este espejo destellen los matices de un horror que no se puede nombrar, sólo aludir. Esta acumulación se verá potenciada por la composición artesanal del plano sonoro: los roces de los cuerpos, el canto de los pájaros, el sonido de un tren lejano que se acerca, intermitente, hasta irrumpir brutalmente en el momento del paroxismo. Los elementos más pequeños, como por ejemplo el movimiento ondulante de un felino que avanza y se paraliza, a un lado del cuadro, testigo ignorado de la  escena, componen unos con otros para profundizar el encanto sobre la mirada.

En el fondo, lo que se mueve es el desarrollo de una ley irrecusable, cruel e inhumana. Una máquina kafkiana aggiornada que se apodera de los cuerpos y dispone de ellos según un ciego antojo. Se podría, un tanto arbitrariamente, poner en serie este hipnótico cortometraje con algunos universos imaginarios, con algunos personajes: aparece Antígona, la Casa Tomada de Cortázar o la casa de Usher de Poe. Pero estas series son puras resonancias libres, colores que se contagian involuntariamente por caminos inexpresables de la sensibilidad.

Por otro lado, por las características del comportamiento de los personajes, por la situación que se configura sin cesar aunque nunca llegue a determinarse, por nuestra propia idiosincrasia e historia regional, es ineludible que emerja la asociación con los centros clandestinos de detención y la desaparición de personas. No obstante, no hay un tratamiento directo del tema. El corto manifiesta una potencia de apertura que habilita múltiples sentidos sin clausurar dentro de ninguno.

La recomendación es que experimenten sus propias resonancias, que vean esta pieza que desafía los géneros y tiene el mérito de atraparnos en lo siniestro de un mundo cuya superficie reconocemos, pero que no deja de constituirse como singular e inclasificable, cargado de oscuras preguntas.

El cortometraje Piperno ―joven cineasta y poeta uruguayo residente en Buenos Aires― ha pasado por el Berlinale Talent Campus, un evento especial del Festival Internacional de Cine de Berlín que, con conferencias y talleres, se constituye como un foro de artistas emergentes.