/Archivo

El factor humano en Cromañón

CROMAÑÓN_ENTRADA
Apostillas de la cotidianidad en torno a la masacre ocurrida en el boliche de Once. Fotografía: Bernardino Ávila

Por Adrián Figueroa Díaz

A la hora de hablar del incendio del boliche de Once, los medios de comunicación se detienen en los perjuicios lucrativos a la noche porteña y su afectación al underground. O bien en los procesos judiciales contra el fallecido Omar Chabán, la banda Callejeros y el dueño del local, Rafael Levy. Si no, mencionan la caída de Aníbal Ibarra y el advenimiento del macrismo, o algunas reacciones polémicas de una minoría de familiares de las 194 víctimas. Siempre se habla desde las dimensiones económica, judicial y política, pero casi nada se dice de la cotidianidad de aquellos días, las historias mínimas de los que luchan, las rarezas. A diez años de aquella muerte en masa, algunas anécdotas que tal vez sirvan para entender el factor humano detrás de Cromañón.

Diciembre de 2004 estaba “muerto”. Al menos así denomina la jerga periodística a esos meses. La irrelevante agenda mediática oscilaba entre la prohibición de una muestra de León Ferrari que promovía el entonces arzobispo de Buenos Aires y hoy Papa, Jorge Bergoglio; la carta de Néstor Kirchner a Fidel Castro por el caso de la médica Hilda Molina; y la palabra oriental “tsunami”, que irrumpía en el léxico occidental con 230 mil muertos en el sudeste asiático. También se debatían los posibles candidatos para las elecciones de 2005, y de entre ellos sobresalía Aníbal Ibarra, el jefe de gobierno porteño que tenía un 47 por ciento de buena imagen.

LA PRIMERA ACTUACIÓN
—Metimos más de cuatro mil personas.
—¿Muchas bengalas? —preguntó el periodista.
—Muchísimas bengalas. Fueron la frutilla de la torta.
El que hablaba era Eduardo Vásquez, baterista de Callejeros. Lo dijo en una entrevista radial que nunca se emitió pero que se grabó antes del 30. Estaba actuando la evaluación de un recital previsto para esa fecha en el boliche República de Cromañón.

Fotografía: Bernardino Ávila
Fotografía: Bernardino Ávila

METÁFORAS
Aquel 30 de diciembre, Ezequiel Carrizo, un chico de Fiorito, se juntó con amigos. Querían ir al recital de Callejeros, en Once, pero no tenían entradas. Se arriesgaron y pasaron. Tomaron cerveza en la barra y diez minutos después él vio “cómo un pibe encendía una candela, algo así como una varita mágica que largaba fueguitos de colores, que llegaron al cielorraso, que se abrió en forma de medialuna que empezó a crecer”.

LA EXCEPCIÓN
Esa misma noche, Marcelo y María José Ruzyckyj decidieron que su hija Agustina, de 15 años, estaba lista para ir a su primer recital. Cuando se incendió Cromañón dos chicos la rescataron. Agustina agonizó con los pulmones inútiles durante una semana en un hospital. Después sus órganos salvaron la vida de un nene de 6 años en Córdoba, de un joven de 22 en Mar del Plata y de un hombre de 48 en Buenos Aires. “Estuvimos una semana esperando un milagro —dijo Marcelo—. Pero el milagro fue para otros.”

SONIDOS
En medio del humo y la oscuridad, los chicos del entrepiso se arrojaban sobre la montaña de cuerpos de la planta baja. Se oían bofetadas. “Es que los que estábamos despiertos cagábamos a cachetazos a los que se desvanecían para que no se quedaran.” En el fragor, Ezequiel vio una luz y avanzó. “Pisé mucha gente. En un momento sentí ‘crac’, la pierna de uno.” Pudo salir, pero al rato entró para rescatar pibes. Aún no se olvida: “Desde la puerta del boliche sonaban los timbres de los celulares guardados en las mochilas de los chicos que ya habían muerto”.

CROMAÑÓN_ENTRADA2
Fotografía: Bernardino Ávila

LO TRUCULENTO
La cantidad de cadáveres desbordó las instalaciones de la Morgue Judicial, la falta de camillas hizo que hubiera cuerpos acomodados en el piso, los 32 grados de calor derretían las heladeras y la cantidad de familiares demoraba el desfile de reconocimientos. A alguien se le ocurrió colocar en la entrada del edificio dos paneles con las fotos de los rostros de los cadáveres para que cada familia pudiera “acelerar el trámite”.

LA MULTIPLICACIÓN
Mientras padres y madres recibían el año 2005 en guardias de hospitales o hacían filas en la Morgue Judicial, Plaza Once fue el lugar en donde se reencontraban los sobrevivientes: ahí se sabía quién vivía y quién había muerto. Un chico caló en un esténcil la leyenda “Justicia por nuestros callejeros”, otros juntaron las zapatillas tiradas frente al boliche y las amontonaron entre velas pegadas sobre el asfalto de Bartolomé Mitre. En uno de los canteros, dos chicas, Mauge (María Eugenia Macchi) y Nadia, encabezaron una asamblea y propusieron marchar a Plaza de Mayo. Partieron cincuenta. Llegaron tres mil.

AXIOMAS
Avenida de Mayo estrenaba luces navideñas. El calor era insoportable. Durante la marcha no hubo bombos ni cohetes ni agua mineral. Ninguno se detuvo a comprar en un kiosco: la urgencia no lo permitía. Los cantos espontáneos establecieron los axiomas de la lucha judicial y política de los meses siguientes: “Ibarra, Chabán, la tienen que pagar” y “Atención, atención, no los mató el incendio, los mató la corrupción”. Frente a la Jefatura de Gobierno porteño tronó el “An-dá-teibarralaputáqueteparió” y alrededor de la Pirámide de Mayo parieron al “Los chicos de Cromañón… Presentes. Ahora y siempre”. Sergio Burstein, familiar de víctimas de AMIA, los miraba de lejos y pronosticaba: “Los veo muy verdes. Esto se va a organizar cuando los padres entierren a sus muertos”.

CROMAÑÓN_ENTRADA3
Fotografía: Bernardino Ávila

VERDES
La repercusión mediática fue incalculable. Las reuniones eran caóticas: las invadían fotógrafos, periodistas, dirigentes de izquierda, agrupaciones piqueteras, gremios y artistas. Mauge y Nadia eran las caras más visibles, pero Nadia era el centro de los micrófonos. Tenía 17 años, controlaba los comités de prensa y seguridad, el megáfono y las cámaras de televisión. Dijo que en el boliche había muerto su novio y una amiga, pero un mes después desapareció. Se supo que nunca había estado en Cromañón y que no había novio ni amiga muertos. “De ésa ni me hablés”, dice Mauge.

«SON PIBES»
Tres días después volvieron a marchar a Plaza de Mayo. Esta vez fueron seis mil. Mientras miraba la marcha por televisión, el director de un diario porteño calculó: “Esta movilización no se lo carga: no tienen peso político, son pibes”. Semanas después se sumaron los padres. En marzo de 2005 Aníbal Ibarra ya no aparecía en los actos políticos de nadie. Exactamente un año después fue destituido del cargo. Daniel Rozengardt, tío de Julián, dijo: “Para nosotros no fue un triunfo: no ganamos nada, ya perdimos.”

MÁS ALLÁ DE LOS HIJOS MUERTOS
Nilda Gómez encabezó la primera agrupación de padres, Familiares por la Vida. Luego, Mariana Márquez fundó Cofracrom (Comisión de Familiares de Víctimas de Cromañón), que más tarde se llamaría Avisar (Asociación de Víctimas de la Inseguridad Social en Argentina). Les siguió José Iglesias con Que No se Repita, y después surgió el Grupo Paso. Con sus diferencias, confluyeron en el Grupo de Articulación. Pasaron también Aphac (Asociación de Padres de Hijos Asesinados en Cromañón) y Memoria y Justicia por Nuestros Pibes. En estos diez años, todas se disolvieron y algunas se reconvirtieron, salvo Familiares por la Vida. “A pesar de las diferencias —evalúa Nilda— buscamos algo que nos uniera, un hilo, una idea, no algo que nos organizara sino algo en común más allá de los hijos muertos.”

Fotografía: Bernardino Ávila
Fotografía: Bernardino Ávila

EUFEMISMOS
El 5 de enero, en un acto en Casa de Gobierno, el entonces presidente Néstor Kirchner se refirió a los chicos que “murieron masacrados en ese maldito boliche”. Los diarios, las radios y la televisión hablaban de “masacre” de Once. En sus tapas del 19, 24 y 25 de enero de 2005, Página/12 tituló “La masacre de Cromañón” y “La masacre de Once”. Semanas después, cuando la cabeza de Ibarra parecía que empezaba a rodar, los medios de comunicación oficialistas prefirieron referirse a la “tragedia” de Once.

RETROCEDER
“El psicólogo me encaja antidepresivos y cambia de pastillas cada dos por tres, pero las cosas no cambian. Es como retroceder a la vida de mierda que tenía, pero peor.” Cecilia Reale pasó a la fama mediática por ser la chica de 19 años que estuvo inconsciente en una bolsa para cadáveres y que, de no ser por la prudencia de un enfermero, casi trasladan a la morgue. Días antes de la noche negra practicaba boxeo, patín, atletismo, ciclismo y hacía aparatos. Trabajaba con su novio Maxi, que murió. “Ahora ni puedo volver al boxeo porque me agito, sigo escupiendo hollín de mierda”, cuenta.

NEUMOPATÍAS
Mediaba enero y no había llovido aún. El asfalto de Bartolomé Mitre todavía tenía manchas del vómito negro que dejaron los chicos. Cecilia escupía “ese hollín de mierda”. La “Rusa” Agustina murió tras una semana de lucha contra el humo devenido en cianuro que devastó su sistema respiratorio. Algunos sobrevivientes quedaron con un hoyito en la garganta: se los dejó la traqueotomía. Más de 3 mil no volvieron a respirar en paz. A dos semanas del incendio, en una madrugada insoportable de angustia y calor, tres de ellos caminaron desde Once hasta la Jefatura de Gobierno para encender unas velas en las escalinatas. Los corrieron dos policías que no pudieron alcanzarlos. Vencido, uno de los oficiales les gritó: “Ya van a volver, asmáticos de mierda”.

Fotografía: Bernardino Ávila
Fotografía: Bernardino Ávila

CUANDO SOS POBRE
“Cuando sos pobre, las cosas son así” es la explicación a todo que encontró Stella, la abuela de Nico. Su hija, Romina Flores, era madre soltera. Tenía 23 años y entradas para ver a Callejeros, pero no a alguien que cuidara de Nico, su hijo de 4 años. Entonces lo llevó. Fue uno de los niños que dijeron haber visto en esa “guardería” que nunca existió. Romina murió esa noche, pero Nico no aparecía. La TV, los diarios, la Red Solidaria y Missing Children multiplicaron su foto durante un mes. Las hipótesis se agotaban. El pequeño cuerpo que nadie reclamaba en la Morgue desde el 31 de diciembre no era: los Flores ya lo habían visto. La otra opción era que Héctor Zerpa, empleado de seguridad del boliche, hubiera confundido el cadáver de su hijo Gustavo, de 6 años, con el de Nico. Así fue. El 1 de enero, los Zerpa habían velado y sepultado una equivocación. Treinta y tres días después, tuvieron que desenterrar al hijo ajeno y enterrar al propio.

EL HOMBRE DEL CAÑO
Las primeras marchas del 30 de cada mes eran tan numerosas que los familiares y sobrevivientes eran minoría. El acompañamiento social exponía al movimiento Cromañón como emergente y drama social movilizante. El variopinto de manifestantes era incalculable. Pero había un infaltable: un hombre de unos 65 años aparecía siempre solo y golpeaba los postes de luz de metal con un caño de zinc de un metro de largo. Lo hacía en cada cuadra: se detenía y aporreaba la luminaria de turno hasta colapsar los tímpanos. “Dejame en paz que esto me hace bien”, dijo una vez. No era familiar de ningún muerto ni sobreviviente. Hacía catarsis personal. O social. O vaya uno a saber qué.

HUEVOS DE TV
Cuando Omar Chabán fue liberado por primera vez fue a la casa de su madre, en San Martín. Los familiares de las víctimas hicieron llover sobre el edificio docenas de huevos. Algunas llevadas por ellos, otras regaladas por los productores de los programas de TV. Días después Chabán se refugió en la isla de un amigo en el delta del Tigre. Los familiares alquilaron una lancha para ir a escracharlo. Los productores ayudaron. No podían acceder a la isla sino con el consentimiento del dueño, que costó 50 pesos. Los vidrios rotos de la casa salieron en vivo por televisión.

CROMAÑÓN_ENTRADA6
Fotografía: Bernardino Ávila

REFUGIO
Los pibes de las carpas del santuario limpiaban, acomodaban los objetos sagrados y daban clase de ecumenismo: “Hay pibes de la calle que nos hacen el aguante”, cuenta Sole. Una vez llegó un hombre de unos 50 años, desesperado. Dijo que su hija había estado en Cromañón y que no había vuelto a casa. Había pasado un mes del incendio. “Recorrí hospitales, morgues y nada. ¿Puedo quedarme?”, preguntó. Le dijeron que sí. A la semana se confesó: “Fue mentira: mi mujer me echó de casa y no tenía adonde ir”.

SE FUERON LOS NUESTROS
En diciembre de 2005, mientras de las columnas de la Catedral de Buenos Aires colgaba una media-sombra con la leyenda “Un año sin ellos”, Cristina Quevedo, mamá de Jacqueline Santillán, subió al escenario y enmudeció la Plaza de Mayo: “Hace dos años la Policía Bonaerense mató a mi hijo porque no quería vender drogas para ella. Ahora la policía corrupta, los inspectores corruptos y el jefe de gobierno corrupto me mataron una hija. Hace unos años pedimos ‘que se vayan todos’, pero los que se fueron son los nuestros”.

ESCRACHE A ESTELA
Por firmar una solicitada de apoyo a Aníbal Ibarra, a la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, un grupo de familiares le arrojó huevazos contra el auto en que viajaba, y uno le gritó “¡que vuelvan las botas!” Al día siguiente, Mercedes y Pablo Blanco, cuyo hijo Lautaro había muerto en Cromañón a los 13 años, le pidieron disculpas en nombre de un grupo de familiares: “Más allá de que pensamos distinto, todos somos del campo popular y todos venimos a pedir justicia por los desaparecidos y los muertos de Cromañón”, dijo Pablo.

CROMAÑÓN_ENTRADA7
Fotografía: Bernardino Ávila

BRONCA A DIOS
Al año de Cromañón, Pablo habló con un cura que hoy es obispo y le dijo: “Le agarré bronca a Dios”. La respuesta del religioso lo sorprendió: ”Cuánta razón tenés”. Diez años después, Pablo dice que su relación con Dios es contradictoria. “A veces creo que no existe, pero otras veces me conecto y me hace bien, porque pienso que voy a volver a encontrarme con Lauti.” Mucha gente de la Iglesia católica lo ayudó, como los curas villeros, pero “la figura trascendente fue la de Bergoglio”. “Nos acompañó hasta con la mirada. Hablamos con él sobre Cromañón, sobre los desaparecidos y otras víctimas. Siempre fue consecuente con la lucha de los demás, a nosotros nos ayudó mucho.”

CULPA
El hombre era uno de los que el periodismo etiquetador denominó como “los padres explosivos”. Es cierto que sus reacciones eran, al menos, polémicas. Sobre todo cuando se encendían las cámaras de TV. Pero mano a mano era un tipo racional, previsor y muy amable. Una tarde, después de una marcha a Tribunales, le convidó un cigarrillo al cronista y se sentó a hablar de cualquier cosa mirando hacia la nada. Hasta que no aguantó más: “Lo que pasa es que con mi hijo nos peleábamos mucho. Alguna que otra vez nos pegamos. Y me da bronca que se haya ido con esa imagen de mí. Por eso, todo lo que hago es para que descanse en paz, que va a ser como descansar de mí”.

TESOROS QUE SE GUARDAN
“Muchos no pudimos hacer el duelo. Yo no sé lo que es eso”, dice Nilda Gómez. Hace diez años no sabía de dónde sacaba las fuerzas para estar al frente de Familiares por la Vida. “Extraño a mi hijo, la música fuerte, las peleas por ese bendito teléfono y la boleta que venía carísima”, contaba por entonces. Hoy piensa lo mismo. “No me importaría que mi sueldo entero se fuera en la boleta del teléfono con tal de que él estuviera conmigo.” Extraña dos palabras, decirle “bebé” y que él le diga “mmmammmá”, mientras ven una película tirados “en ese sillón al que no le cambié el tapizado”. Nilda tiene 34 años de docente. Cuando Mariano murió era directora de escuela. Luego fue inspectora. Hace un mes se recibió de abogada “para poder luchar por mi hijo y los 193 Marianos más que murieron por el solo hecho de ejercer su derecho de divertirse”.

Fotografía: Bernardino Ávila
Fotografía: Bernardino Ávila

CÁNCER I
Mariana Márquez fue la mujer que le gritó a Aníbal Ibarra “mi hija (Liz) está muerta, pero vos sos un muerto político”. A Mariana la tristeza le agravó un cáncer: “Mi cuerpo no soportó el desconsuelo y la desolación. Haber perdido a mi hija me produjo un tumor que me cubre todo el abdomen y parece un embarazo que lamentablemente no es. La voy a pelear y le voy a ganar a la muerte”, prometió en su última carta. Murió en mayo de 2005.

SIMBIOSIS
El psicólogo social Alfredo Moffat vivía a cuatro cuadras de Cromañón, y no bien oyó del incendio fue para dar contención en lo suyo mediante un abrazo que él llama “maternaje”: un proceso simbiótico entre el terapeuta y el sufriente en el que no median las palabras sino el contacto con el cuerpo del otro, como cuando uno nace. Explica Moffat: “Morir es lo opuesto a nacer: cuando uno nace sale del cuerpo de la madre y cuando uno muere ingresa al cuerpo de los seres queridos como recuerdo. La madre que lo parió vuelve a embarazarse del recuerdo, hasta morir. Qué raro, al chico que pierde a los padres se le llama ‘huérfano’. Pero para los padres que pierden hijos no hay una denominación”.

CÁNCER II
Hay quienes dicen que un shock emocional puede agravar una enfermedad oncológica. Hay quienes dicen que puede provocarla. Como sea, al caso de Mariana le siguieron los de Carmen de Avendaño, mamá de Sergio; María Cristina Camargo, madre de Osvaldo; Francisca Parla de Fernández, mamá de Diego; Mirta de Mansilla, madre de Jorge; Lucía Sergi de Santanocito, mamá de Alicia y abuela de María Belén y Carol Becker; Carlos Lanas, papá de Noelia; María Cristina de Zapata, madre de Osvaldo; Mariano Valsangiácomo, padre de Mariano y Verónica; y Eduardo Juárez, padre de Sebastián. En total, murieron 25 padres y madres de víctimas de Cromañón. Más de la mitad, de cáncer.

Fotografía: Bernardino Ávila
Fotografía: Bernardino Ávila

SOBREMURIENTES
Primero fueron Alejo y Matías. Después, Augusto y Elías. Son cuatro de los 17 sobrevivientes que murieron en estos diez años pero con una diferencia: ellos se suicidaron. La cantidad de suicidios es imprecisa, oscila entre los 4 y los 7, según a quién se consulte. La mayoría murió por neuropatías nacidas en la noche del incendio. “No sé bien cuántos de los que estuvimos esa noche murieron. Lo que sé es que a veces no se aguanta la culpa de haber sobrevivido”, dice Diego mirándose las manos.

LA MARCA
Santiago Morales tenía 14 años cuando estuvo en el boliche con su hermana Sofía, de 17, y su hermano Martín, de 19. Catorce días internado, salvó su vida. Sofía no. Santiago siempre participó de las actividades por Cromañón, pero “recién ahora” empezó a atar cabos con algo que tiene que ver con aquella noche y su hermana. Un 29 de diciembre, durante la vigilia en el santuario de Once en homenaje a los 194 chicos, se le acercó un pibe en situación de calle y reacio al contacto con las personas. “Empecé a jugar con él, llamé a un teléfono del gobierno de la ciudad para que le dieran asistencia, y ahí entendí que de esa forma me conectaba con mi hermana, que en el último año de su secundario participó de un voluntariado solidario con chicos de Villa Jardín. En ese momento sentí que hacía lo que ella hubiera hecho”. Hoy, Santiago tiene 24 años, estudia sociología, militó durante cinco años en la villa Carlos Gardel y ahora lo hace en el barrio Fátima, de Villa Soldati. “Sin saberlo antes —dice—, mi hermana marcó esta parte de mi presente.”

“YO NO SOBREVIVO”
“Cuando pasó Cromañón tenía 16 y mi máximo problema era el chico que me gustaba. Vivía en esa ingenuidad y de repente me encontré con la muerte”, sintetiza Mailín, cuyo hermano, Lautaro, murió por el incendio. Ella estuvo allí y sobrevivió después de casi un mes internada. Luego acompañó a sus padres, caras bien visibles de la lucha, y se sumó a un grupo de sobrevivientes. Allí conoció a Federico Fernández, cuya hermana Laura, de 13, murió en el boliche. Se enamoraron, se casaron y desde hace tres meses son padres de la bella Julieta. “De estar tan cerca de no estar más, pude dar a luz —se emociona Mailín—. A mí, Cromañón nunca me conectó con el dolor ni la bronca. Y ser madre te conecta con la vida. Por eso, después de diez años, no sé cómo es sobrevivir, porque yo no sobrevivo. Yo vivo.”