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Pasajero en trance

DACAL_ENTRADA
El músico fue retenido 15 horas en el aeropuerto de Heathrow. “¿Cómo es posible que aún hoy una guitarra resulte peligrosa a los carceleros del mundo?”, se pregunta. El episodio en primera persona. Fotografía: Pablo Abarca

Por Pablo Dacal

Aterricé en el aeropuerto de Heathrow a las 18.30. Caminé por los pasillos con mi equipaje de mano, repasando en mi mente todas las imágenes que Londres había generado en mí durante muchos años. Las nuevas canciones marcaban mis pasos. Completé la tarjeta de inmigración con los datos necesarios, me sumé a la fila, esperé mi turno y me acerqué a la casilla. El oficial de inmigración me preguntó por qué había viajado a Londres.

—Vengo a visitar a mi amigo Juan.
—¿Por qué viaja con su guitarra, si piensa hacer turismo?
—Porque soy músico. Quizás toquemos o grabemos algo, es mi oficio.
—¿Entonces piensa trabajar en Londres?
—No, sólo grabar y conocer la ciudad, no pienso dar conciertos aquí.

El oficial llamó a otra oficial con la que pude hablar en castellano, pero cada respuesta resultó mas sospechosa para ellos. Las preguntas subieron el tono. Los oficiales consideraron que estaba mintiendo. Tomaron mi pasaporte, mi cuaderno de canciones y notas, me pidieron que los acompañase. Abrieron todo mi equipaje con guantes de goma. Abrieron cada paquete, cada regalo, revolvieron la ropa, contaron mi dinero, miraron los discos, cada folleto y carpeta, se llevaron varias cosas para analizar: mi plan de gira por Alemania y un póster con Susie Asado, mi diario de trovador y mi cuaderno de canciones. Me condujeron a la oficina de inmigración, me tomaron las huellas digitales y fotografías con cuatro máquinas diferentes, y me dejaron esperando junto a otros detenidos. Retuvieron mi equipaje, me ofrecieron comida, me preguntaron si tenía alguna enfermedad y me informaron lo que ya era obvio: estaba detenido en el aeropuerto de Londres.

Una hora después regresó la segunda oficial de inmigración, la que hablaba en castellano, que estuvo a cargo de mi caso desde ese momento. Comenzó el tercer interrogatorio, primero por escrito, con las mismas preguntas de rigor y unas cuantas más.

—¿Por qué quiere entrar al Reino Unido?
—Porque quiero conocer la tierra de los Beatles y Oscar Wilde.

Cada respuesta fue perdiendo su gracia frente a la inquietante violencia en las preguntas de nuestra oficial.

¿Usted hace canciones? ¿Cuántas piensa grabar aquí? ¿Ya tiene algo grabado o piensa realizar todo el trabajo en el Reino Unido? ¿De qué vive en su país? ¿Por qué quiere grabar con Juan? ¿Juan tiene estudio en su casa? ¿Las canciones ya están compuestas? ¿No son sólo canciones? Sin embargo en su cuaderno vemos letras de canciones. ¿Usted entiende? Firme aquí por favor.

Luego del interrogatorio me permitieron abrir mi ordenador, entrar a Facebook y buscar el teléfono que Juan me había enviado, pero no pude encontrarlo. Leí los mensajes de Juan, algo preocupado por mi retraso, pero no me dejaron responder hasta unas horas más tarde. Entonces, la curiosa oficial de inmigración quiso leer toda mi conversación con Juan, desde marzo hasta la fecha, frase por frase en el chat. Le dije que eso era ilegal, pero no pareció preocuparse. Al leer que Juan me proponía grabar en su demorado segundo disco, se ofuscó: “Usted dijo que sólo grabaría a Juan en sus canciones, pero aquí Juan lo invita a grabar en su disco. ¿Por qué las mentiras?”

Esperé en la oficina por unas hora más. El oficial de guardia me permitió tomar mi cuaderno y el libro sobre patafísica de mi mochila, pero no un lápiz ni una lapicera: son armas de un posible ataque. Sólo entonces noté que las sillas estaban encadenadas al piso, las mesas fijas y no había elementos peligrosos en la sala. Allí estaba con una americana desorientada y un árabe cansado de esperar, quién sabe por cuántas horas.

Regresó mi oficial a cargo, se sentó y me informó que, junto a sus superiores, habían decidido negarme la entrada al Reino Unido. En su carpeta llevaba impresas varias páginas de Facebook y otros sitios web sobre mí y sobre Juan, mis datos personales y varias cosas más. Me dijo que habían elaborado un informe que quedaría por diez años en sus archivos. Me acusaron de declararme un simple turista cuando en realidad iba a grabar con Juan en forma profesional, tanto en su álbum como en el mío. Tenía pasaje de regreso a Alemania para las 9.30 de la mañana. Llevaba ya seis horas allí y era la medianoche.

Las habitaciones o celdas estaban ocupadas, por lo que podía dormir en la sala en que me encontraba, sobre las sillas o en un diván aún vacío. Las luces altas prendidas, el árabe dormido, la americana mirando divertida algunos programas en la TV (hasta que le informaron que su entrada también era denegada y comenzó a llorar). Guardias blancos, negros, árabes: toda raza y creencia al cuidado del Reino Unido. Unos más simpáticos (“¿Gusta fútbol? ¿Boca?”), otros distantes. Todos aburridos, encerrados en una sala en la que sólo el reloj indicaba el cambio de la noche al día; tomando café de máquina, actuando al servicio de los presos de frontera, ejerciendo la correcta amabilidad que a nadie permita decir que nos han faltado el respeto. Si necesitábamos comida, sólo teníamos que acercarnos a la ventana y dar tres golpes: ellos se acercaban gustosos y serviciales. Estaba preso en el aeropuerto de Londres.

¿Cómo es posible que aún hoy una guitarra resulte peligrosa a los carceleros del mundo? ¿Temen que una canción nos vuelva millonarios y carguemos con todo su dinero? ¿Que nuestro canto atente contra sus buenas costumbres y se desmorone el reino que han unido con tanto esfuerzo? ¿Somos los trovadores esos peligrosos intérpretes de la manzana podrida que crece dentro de las sociedades? Si es así, tenemos un poder que desconocemos y ya es hora de utilizarlo.

Por la mañana me acompañó un oficial por todo el aeropuerto, pasamos los trámites con rapidez, esperamos juntos y entré al avión en primer lugar, antes que los clientes ejecutivos. Nadie dijo nada sobre mi guitarra en los maleteros. Las azafatas me saludaron con su sonrisa habitual, aunque algo desconfiadas por mi aspecto criminal. El oficial me devolvió el pasaporte arriba del avión y se despidió.

Fui detenido en el aeropuerto del Reino Unido, pero ya estoy de regreso en la amigable Berlín. Estuve incomunicado sin disponer de mi equipaje ni poder salir de una habitación por 15 horas. Pero soy libre. Ellos aún no pueden abandonar su puesto, allí estarán ahora investigando la web y preguntando: “¿Por qué quiere entrar al Reino Unido? ¿Tiene familia? ¿Fútbol?”.