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cinema paradiso

el último videoclubero

Fotografía: gentileza

“Ésta la tengo, ésta la tengo, ésta me falta, pero te la consigo”, decía a medida que observaba el listado de diez películas con el que dos chicos habían ingresado a su local. De repente se frenó: “¿Pará, qué es esto?”, preguntó Daniel y ellos le contestaron que estudiaban cine. Al instante entendió por dónde venía la mano y les pidió —no con poca voracidad— que le pasaran todas las listas de películas que tuvieran que ver, de la materia que fuere. Hizo un afiche que decía “Zona norte, video clásico para estudiantes de cine” y se lo dio a los chicos para que lo empezasen a girar por la facultad. “Y se empezó a correr la bola”, recuerda Daniel Genna.

 

Aida se llamaba la señora que estaba en el local lindero, a apenas unas baldosas de la estación La Lucila, del tren Mitre. Daniel había logrado hacerse con el suyo —originalmente abocado a la venta de ropa— en 1984 por cerca de quince mil dólares, luego de que lograra una rebaja de dos. Más allá de tener su espacio, él pasaba más tiempo en el de Aida. Ella tenía un videoclub. El verano siguiente, a Aida le entraron ciertas dudas. Quería irse de vacaciones, pero no sabía qué hacer con el negocio. Ante la posibilidad de que lo cerrara durante enero, Daniel se le plantó: “Dejame que te lo atiendo yo. Después me voy de vacaciones y me atendés la ropa a mí”. Al poco tiempo, Aida y Daniel se convirtieron en socios y lanzaron el videoclub Quo Vadis. “Tiramos la pared abajo y unimos los dos locales”, explica Daniel.

 

Desde chico iba con sus amigos al actual Bama Cine Arte de la galería de Diagonal Norte y Avenida Corrientes. La salida consistía en ir a ver una película y después encarar para Pipo a comer tuco y pesto. A veces iban a bailar, pero una vez ahí les terminaba resultando medio embole. Sólo era cuestión de que alguno la tirara: ¿vamos al cine? Es que aclara que “el Arte en un momento tuvo tras-trasnoche, que era a las tres y media de la mañana”. También era un plan que disfrutaba compartir con sus padres. Sus fines de semana consistían en ir cerca de la zona de Lavalle, almorzar e ir a ver algo al cine.

 

Daniel iba investigando. “El centro del video siempre fue Tucumán y Junín, donde estaban productoras como AVH y Transeuropa”. Así empezó a conocer quién tenía el cine clásico, el cine nacional, francés, polaco y ruso. “Ya la gente me decía che, éste edita esto, está en tal lado. Y así empecé a recolectar.” Confiesa que Aida sabía mucho de cine, pero que era muy vaga. “Se sentaba en el silloncito —recuerda— y ahí nomás dirigía con el dedo.” La sociedad duró unos cuatro años, hasta que ella decidió levantar campamento. La pared volvió a dividir los locales. Todas las películas que ella se llevó tuvo que conseguirlas de vuelta. Tiempo después, Aida falleció, lo que llevó a Daniel a hacerse con el local de ella y a alquilar un tercero, al lado. Como los VHS le llegaban hasta el techo, se ahorró la pintura para la pared divisora.

 

Mucho antes de que apareciera el sistema on demand en el servicio premium de cable, en la localidad de La Lucila ya se hablaba de un lugar en el que podías satisfacer cualquier interés que el habitué de Blockbuster pudiera considerar una rareza. “Vos me decís y yo te la traigo”, repetía Daniel desafiante cada vez que surgía la posibilidad de que el pedido no estuviese dentro de su catálogo de más de cuatro mil películas. Los mismos empleados de la otrora cadena de películas solían decirle a ciertos clientes que no, que hicieran diez cuadras para allá y encontrarían otro videoclub. “Ahí tienen todo”, garantizaban los jóvenes trabajadores. Al percatarse, Daniel decidió acercarse al Blockbuster de Paraná y Maipú para agradecer la recomendación. Un chico que atendía le replicó que el agradecido era él: “Yo estoy estudiando cine y lo hago con tus videos”. Era, de hecho, socio de Quo Vadis.

 

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Fotografía: gentileza

La gente pedía y, tarde o temprano, él proveía. No sólo vecinos se acercaban sino personas de Pacheco o Belgrano. En una oportunidad, se acercó el ya fallecido conductor radial Fernando Peña. “¿Ése no es el loco Peña?”, preguntó su sobrino al reconocer su rostro. “Me hablaron mucho de este video y estoy buscando una que seguro no tenés”, lanzó Peña al entrar. Casi con la destreza de un mago, Daniel llevó su mano hacia atrás y sacó el VHS de Querelle, “así, tipo tarjeta roja”. El entonces conductor de El parquímetro se puso de rodillas. Al tiempo, cuando Peña estaba muy enfermo, Daniel se la terminó regalando.

 

 

“Si éste llama por algo es”, pensó cuando —más de diez años atrás— sonó el teléfono y era Luis, su hermano. Por ese entonces, la dictadura cívico-militar entraba en su desenlace y Daniel se encontraba en Taizé, una comunidad monástica ecuménica al este de Francia. Había parado en ese pequeño pueblo luego de haber asistido a un encuentro de la Pastoral Juvenil en el Vaticano, por invitación del mismísimo Juan Pablo II. A propósito de la experiencia que tenía como scout —desde los seis años— y su trabajo con los jóvenes en la iglesia católica, en Roma querían contar con una voz latinoamericana para la masiva ocasión. “Era un pueblito lleno de juventud. Tenían un estilo de oración muy místico, muy oriental. Había monjes protestantes, evangelistas, católicos”, detalla. Con treinta y tres años —y títulos de ingeniero agrónomo y profesor bajo el brazo—, allí tuvo que quedarse casi un año y medio, viviendo con este grupo de monjes que cordialmente lo invitaban en prácticamente todo. Aprovechaba para trabajar en las escuelas rurales y meterse en sus talleres. Los mismos monjes que lo habían recibido en Italia y ahora lo hospedaban en Francia le explicaron a qué se debía la gauchada: “Mirá, te sacamos. Estabas en la lista y te vas a tener que quedar un tiempito. A Daniel le gusta entrecomillar ciertos pasajes de su vida en vez de contar lo que le dijeron. Prefiere interpretar al autor de la línea para situar a su interlocutor en ese preciso momento. Una vez que supo que lo habían “sacado, se dedicó a conocer, disfrutar y juntar plata. No obstante, esos días terminaron cuando, del otro lado de la línea, Luis le pidió que se volviera a Buenos Aires. Al mes de haber regresado, su hermano falleció de un aneurisma cerebral. “Tenía chicos chicos. Siete y cuatro años. Pasé a hacer de tío papá”, cuenta.

 

Sin saberlo, de su país había partido por razones de fuerza mayor. De alguna manera, lo mismo ocurría con su vuelta. Aquel dinero que había conseguido a partir de sus changas en Francia y la generosidad de los monjes anfitriones le sirvió para comprar el local de La Lucila, que con el correr del tiempo se convertiría en una parada habitual para los vecinos, antes de subir al tren o luego de bajar. “La gente venía y se quedaba mirando”, dice estirando la última “a”. Un merodeo que, lejos de impacientarlo, le daba la posibilidad de pensar más ideas para atrapar atenciones, y así en un momento puso un par de mesas. Más tarde, se acercó un socio que trabajaba en la Casa de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires y le dijo que contaba con unos libros de cine que no usaba nadie; se los empezó a traer. Entonces se puso a recorrer las librerías de Corrientes en busca de bibliografía específica de determinados directores. “Los pibes, enloquecidos, viste. Se sentaban, tomaban un café y sacaban datos”, relata entre risas.

 

A medida que el peer to peer y luego el streaming comenzaron a pisar fuerte, los videoclubs se percataron de que se les venía la noche. No hubo DVDs, gaseosas ni golosinas que pudieran torcer el devenir de ciertos hábitos de consumo. Precisamente en la época en la que los videos chicos comenzaban a cerrar, “cayeron dos tipos a ver si tenía copias” al Quo Vadis. Al verlos, Daniel celebró internamente el tener material puramente original. Con él estaban dos chicas de Pacheco y le preguntaron quiénes eran esos dos señores. Él respondió bajito: “Son inspectores que seguro manda Blockbuster”. Una de ellas se dio vuelta y enfáticamente soltó “a este video ni se le ocurra tocarlo” y uno de ellos dijo que se quedaran tranquilos, ya que era todo video histórico. Aquella escena funcionó como una alarma para las chicas: “Al otro día cayeron con una mesita a juntar firmas y juntaron como quinientas. No sólo de La Lucila, sino de todo zona norte, Pacheco, Tigre, Florida, Munro, también Belgrano. Ellas mismas las presentaron en el Concejo Deliberante de Vicente López, salió el Patrimonio y en 2006 me nombraron ciudadano ilustre del municipio”.

 

El hecho de que dos jóvenes hayan sido las que decidieron presentarse ante el Concejo para resguardar su videoclub está lejos de ser una casualidad o un fenómeno aislado. Cuando aún ni barajaba la idea de ponerse un videoclub, su vínculo con los jóvenes y la formación en el grupo scout lo llevaría a comenzar el profesorado, que lo alejaría de la calle Matheu, donde vivía junto a sus padres, María del Carmen y Adrián Luis. A treinta kilómetros de Reconquista (Santa Fe) había encontrado el lugar donde desarrollarse en la docencia, luego de graduarse en 1975. Lo hacía en el marco de las ESFA (Escuelas de la Familia Agrícola), según dice muy vinculadas al Instituto de Cultura Popular. “Son escuelas secundarias para chicos del campo, hijos de chacareros, cosecheros. Y el problema del chico del campo es que a esa edad ya te maneja un tractor, labura a la par del padre. Si quería estudiar, tenía que ir a Reconquista que es la más cerca. El pibe no volvía, no quería saber nada más del campo”, dice.

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Fotografía: gentileza

 

Daniel también fue joven y esa misma pasión por el servicio que todavía ofrece también supo recibirla: “El cura Bernardo para mí es el súmmum y ahora está con 82 años trabajando con los qom en Formosa. Fue el que abrió las puertas, siendo párroco de Santa Cruz, a las madres de Plaza de Mayo. Empezaron a reunirse en la Casa de Nazaret que pertenece a Santa Cruz y ahí fue donde vivimos con el grupo scout el secuestro de doce personas, entre ellas las monjas francesas (1977). Los 8 de diciembre siempre homenajeamos eso”. Recuerda la figura de Carlos Mugica, uno de los mayores emblemas del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, a quien tuvo la oportunidad de conocer por el ’72 y llega a la conclusión de que prefiere a esos curas que andan “en vaqueros, sin sotana y que se sientan todo transpirados después de jugar al fútbol y te escuchan”.

 

Un día suena el teléfono del videoclub y del otro lado escucha la voz de una mujer. Era la madre de un alumno del colegio Lincoln, del bajo de La Lucila. “Mire, me dieron su número, que usted seguro puede conseguir esta película”. Efectivamente, Daniel tenía El viejo y el mar. Es más, “tenía las dos versiones, la más vieja en que trabaja Spencer Tracy, que es en blanco y negro, y la otra con Anthony Quinn”. “Ya vamos para ahí. ¿Las podemos tener una semana?”. Al no haber demasiado tiempo o ganas de leer el texto original de Hemingway por parte de los chicos, una de las madres había decidido encabezar el operativo. Cuando quiso cobrarle los catorce pesos correspondientes por las dos películas, ella se negó: “Le vamos a pagar sesenta, porque la vieron sesenta chicos que se juntaron en distintas casas y gracias a usted no se fueron a examen”.

 

Al recordar aquel episodio del Lincoln, se retrotrae más aún y cuenta que él iba a “un colegio muy concheto también: el San Pablo, en Las Heras y Pueyrredón ahora”. En su época escolar, estaba ubicado en Vicente López y Montevideo. Daniel no tarda más de un segundo en recordar las calles, que le significan algo. “Era una casona, tipo petit hotel. Siempre fuimos una sola división, pocos. No éramos más de quince y había un seguimiento muy personal. Ahí se festejaba a Rosas y no a Sarmiento. De ahí salimos rosistas, también peronistas. Y había todo un trabajo muy personal con cada uno. Ahí era Daniel, no era Genna.”

 

Ahora está sentado a la mesa de una confitería —semi vacía, pero ruidosa— ubicada en la calle Rawson, a apenas cuadra y media del videoclub que tuvo durante treinta años y que en 2016 ha decidido cerrar en forma definitiva. En 2009 dejó de ir al videoclub; sin embargo lo mantenía vivo gracias a la mano que le daba Josefina, una amiga del barrio. Tres años después, Daniel tomó la decisión de cerrarlo, aunque esporádicamente le decía a Josefina de abrirlo para hacer entrega de algún pedido en particular. Finalmente, el bolsillo le terminó indicando que la mejor decisión era alquilar el local. Algunos vecinos pasan hoy rápidamente por la vereda y se ilusionan con una renovación. Deseo que se echa por tierra al escuchar a Valeria, la nueva inquilina del ahora local de co-working, decir que Daniel ya no está más. Él le dejó un proyector de celuloide y un reflector. Valeria aún no pudo concretar la idea de darle un toque cinéfilo a la estética del lugar, pero asegura que más pronto que tarde lo hará. Ya a metros de distancia se puede ver que el aspecto de la ventana que da a la calle ha cambiado, que ir a buscar a Daniel y sus películas no será más que un acto de necedad. En esa calle cortada se recrean como fantasmas los recuerdos: Daniel pasaba allí películas abiertas al público y hacía cine-debates con Eliseo Subiela y Fernando “Pino” Solanas, entre otros, cuando el televisor de muchas pulgadas que ponía dentro del local no era suficiente.

 

 

En la confitería sigue sin haber casi nadie, el sonido ambiente se hace cada vez más notorio. El televisor acompaña de fondo, como una radio. Se escucha lo que parece ser uno de esos canales deportivos que insisten en refrescar la información brindada cinco minutos atrás. A veces, Daniel susurra y tanto el televisor como los pocos movimientos de cubiertos o sillas que hay no colaboran. Lógicamente, el eco agiganta hasta al más imperceptible de los sonidos. A su lado tiene una bolsa amarilla que dice “en todo estás vos. Se lamenta de que así sea, pero con una risa de por medio. Ahí lleva un reproductor de VHS, de esos que meses atrás dejaron de producirse a raíz de la retirada de la japonesa Funai Corporation, última firma en el mercado.

 

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Fotografía: gentileza

 

El mismo año en que Josefina se había puesto al hombro la atención del local junto con Mariana y Andrés, sobrinos de Daniel, lo contactó el Padre “Pepe” Di Paola, quien ya lo conocía por su trabajo con los scouts, para invitarlo a sumarse a una escuela para la recuperación de los jóvenes que salían del paco. “Pepe sabía que podía dar clases, que era agrónomo, y me dice que tiene la idea de hacer una escuela secundaria. Para cuando los chicos vuelven del paco, ofrecerles la escuela”, explica. Del grupo de jóvenes salió Oscar “Coto” Fernández, quien compitió en el programa televisivo MasterChef en 2014. “Después se mandó una cagada”, suelta repentinamente. “Hizo salmón con demasiada cebolla y salió tercero o cuarto.” Al verlo en el taller, Daniel le llamó la atención a propósito del fallido plato, pero Coto no se quedó callado: “Mapache —apodo de Daniel que ya trascendió la frontera scout—, ¿cuánto salmón pude haber hecho acá en la villa? A mí denme guiso, locro, todas esas comidas”. Gracias al apoyo de Donato de Santis, uno de sus maestros en el reality, Oscar logró cumplir su deseo de tener un restaurant, Abundancia Culinaria, en Colegiales, donde vuelve locos con su “Alto Guiso” a todos los comensales. “Fue la gloria”, dice Daniel cuando piensa en su paso por la villa, quizás porque en parte sabía que la oportunidad había surgido en el momento justo en que veía que Quo Vadis estaba entrando en su recta final.

 

A la hora de bajar la persiana, lo que más sueño le quitaba a Daniel era ver adónde irían a parar todas las películas, porque “cerrar el local era fácil”. Las paredes que fueron y vinieron en el videoclub, la extraña rotonda que se generaba en la calle cortada, el ir y venir de la gente cercana a la estación, el saludo diario con los comerciantes aledaños: es consciente de que, a pesar de la corrosión de la memoria, todo eso lo podrá atesorar consigo. Con las películas no ocurre lo mismo. Sabe que ellas tienen que seguir haciendo su parte. Simplemente, tienen que dejarse ver. “Era otro valor más grande todavía”, explica sobre su colección de films, cual director técnico que decide dar un paso al costado por el bien del plantel. La tranquilidad lo invadió cuando recibió el llamado que quería atender. Un chico —para variar— le explicó que en el Centro de Artes Batalla Cultural de Vicente López andaban pensando en pasar películas. “Como hacía usted en su época, en la calle”, le dijo. Y con el pecho tímidamente alzado, Daniel sonríe. Sonríe como si Netflix fuese, para siempre, cosa de ayer.

 

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Nº de Edición: 1653

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