
Por Nahuel Lag
Darío Santillán. Basta con pronunciar su nombre y ya hablamos sobre movimiento piquetero, poder popular, rebeldía, cambio social. También sobre represión policial y, otra vez, injusticia, tras la denuncia hecha por sus familiares y compañeros de militancia de que el ex comisario Alfredo Fanchiotti y el ex policía Alejandro Acosta, condenados a prisión perpetua por asesinar a Santillán y a Maximiliano Kosteki el 26 de junio de 2002 en la estación de Avellaneda, fueron trasladados a penales con régimen abierto. Pero quién era Darío antes de decidir quedarse al lado de Maxi en el hall de la estación a pesar de que las balas picaban cerca, dónde militaba, quiénes lo acompañaban en la lucha y por qué su legado se materializó en un Frente Popular. Miguel Mirra dice que eso fue lo que descubrió cuando se acercó con su cámara a los militantes del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) que laburaron con Darío y a los barrios pobres del sur del conurbano que caminó el ahora mítico San Darío del Andén; cuando accedió a archivos de video con la palabra del protagonista que el movimiento mantenía inéditos. “Su muerte no fue casualidad sino resultado de una militancia, y no fue el final de la historia sino el inicio de otra”, resume Mirra sobre su documental Darío Santillán, la dignidad rebelde.
El puntapié fue el desafío planteado a Mirra por Miguel Mazzeo, investigador sobre movimientos sociales, fundador de la Editorial El Colectivo y docente del “Darío adolescente”: realizar un audiovisual sobre Santillán. La respuesta del documentalista fue reunirse con Pablo Solana, compañero de militancia del protagonista del documental, y luego Alberto, Leonardo y Noelía, padre, hermano y hermana de Darío, respectivamente. Solana y Mazzeo se transformaron en asistentes de producción y Griselda “Grillo” Cugliati, quien se formó políticamente con Darío desde que crearon el centro de estudiantes en el secundario, cerró un círculo íntimo para bucear en la historia de Santillán y traerla al presente. Además, Cugliati le pone voz a un texto de Mazzeo sobre el militante social que traza el eje del film. De esos encuentros cercanos surge un audiovisual de estética simple —porque “ya era muy fuerte lo que se cuenta como para complejizar el mensaje”, apunta Mirra en diálogo con NaN— que pone en foco lo testimonial y construye al joven detrás del mito.
—A diez años de la masacre de Avellaneda, habrás pensado qué más había para decir sobre Darío…
—Sabía que era un buen pibe, un militante barrial, pero más bien lo conocía como víctima de la represión policial, que creo que es lo que la mayoría de la gente piensa o sabe. Pero poco se sabe de quién era, qué había hecho, a excepción de sus compañeros de militancia en el barrio. Cuando empecé a investigar me di cuenta de quién era realmente: no sólo una víctima sino un referente, un líder. Donde estuvo dejó una marca. En el colegio secundario, hizo el centro de estudiantes; en su barrio, Don Orione, armó junto a otros el MTD de Almirante Brown; luego, en Lanús, se unió al MTD de esa localidad y participó de la toma de tierras del barrio La Fe (el material de archivo fílmico aportado por el MTD con el testimonio de Darío en aquellos días es un aporte imperdible, desde lo político y lo emotivo). Era un referente nato. Por eso, la película demuestra que el último gesto, el de quedarse al lado de su compañero en la estación, fue consecuente con toda su vida militante.
—¿Por eso el documental prioriza lo testimonial?
—Con la palabra de su familia y sus compañeros fui avanzando en el tiempo. Lo fui conociendo a través de ellos. En la película no habla nadie que no lo haya conocido de primera mano. No hay sociólogos, politólogos ni políticos porque no quería opiniones. Busqué a los que estuvieron en la lucha, en la calle, en la barricada, para que sea más auténtico. Hay muchos documentales en los que hay gente que opina de segunda mano, hace interpretaciones. Si podía acceder a la mujer que tomó terrenos en el barrio La Fe con Darío, si ella en lugar de interpretar cuenta lo que vivió con él, para mí como documentalista tiene mucho más valor. Tampoco hablo de la Justicia, de los asesinos, de los responsables políticos.

—¿Por qué?
—Quería hablar de Darío, no de Aníbal Fernández (durante la presidencia de Eduardo Duhalde, cuando fueron asesinados Darío y Maxi, Fernández era secretario general de la Presidencia). Siempre te dicen que hay que poner las dos campanas, pero sería igualar a Darío con Aníbal Fernández, o sea una falta de respeto. Si ponía a alguno de ellos, los ubicaba como el polo opuesto. Pero el otro polo de Darío no es Aníbal Fernández, que es un monigote al que le van a dar una patada en el orto cuando no les sirva más, sino el sistema capitalista. Aunque el enano fascista (Duhalde) sí podría haberlo sido porque formó parte del aparato represivo desde la dictadura.
El documental tampoco se detiene en la represión de aquel 26 de junio (que tan bien se encargó de reconstruir el documental La crisis causó 2 nuevas muertes, de Patricio Escobar y Damián Finvarb) más que por unos pocos minutos. Los segundos finales proponen aquel desafío de sentir cualquier injusticia cometida contra cualquiera, al mostrar, sin más, a Darío siendo arrastrado por Fanchiotti a la caja de un patrullero policial. “No es que sea un purista de la imagen, pero el sonido se detiene para resaltar ‘es esto, no hay nada más que decir’”, señala Mirra.
—Hay un aspecto que sí es relevante en el documental: los viajes.
—Son dos viajes. Uno de ida, el nuestro, desde la capital a lo profundo de los barrios (un auto cruza el Puente Pueyrredón, que une Avellaneda con la Ciudad de Buenos Aires, el mismo que Darío y Maxi intentaban cortar por reclamos sociales el día que los mataron) y el otro es el viaje de una muerte anunciada: el recorrido en tren de los compañeros de Darío desde la estación de Claypole hacia el puente. El primer viaje es a los barrios, en tiempo presente. El otro en el pasado (un extenso video de archivo sobre el viaje en el tren), pero actualizado por los compañeros que lo rememoran desde el presente. Creo que es el mayor hallazgo del documental en cuanto a narrativa cinematográfica. La superposición temporal entre los compañeros que hablan desde hoy y las imágenes de la muerte anunciada. Dos tiempos separados por diez años pero unidos por los protagonistas.
De esos condimentos se nutre la “dignidad rebelde” que propone Mirra encontrar entre los testimonios de quienes militaron a la par de Darío y el archivo, que trae de un cachetazo la acción por el cambio reclamado. “La dignidad puede entenderse como algo que se obtiene de manera pasiva. Lo que me interesó marcar es que la dignidad es lucha, transformación, rebeldía”, resalta el integrante del Movimiento de Documentalistas.
—Desde su estreno en mayo, recorriste festivales, universidades y bachilleratos populares con la proyección del documental. ¿Qué reacción encontrás en los jóvenes?
—Hay un entusiasmo terrible, mucha tristeza también, pero llega positivamente. Hubiese sido diferente si el documental terminara con la muerte de Darío, que es la construcción que proponen los medios de comunicación. Pero, justamente, la película retoma el legado, entonces mediatiza la tristeza y el dolor para catapultarlo hacia adelante. Los jóvenes se quedan sorprendidos de lo que han visto y luego se movilizan. Ése es el objetivo. Para muchos, él era una abstracción y con la película se encarna en un proyecto político, que va más allá del Frente Popular Darío Santillán. Como decía él: “No alcanza con 150 pesos para un plan social, lo que queremos es una nueva sociedad”.